EL LENGUAJE DE LA SALVACIÓN

  EL AMOR DE DIOS

En las Sagradas Escrituras se nos dicen tres cosas acerca de la naturaleza de Dios.
Primero, que “Dios es Espíritu” (Juan 4:24). En el griego no hay artículo indeterminado, por lo que decir “Dios es un espíritu» sería en extremo censurable, puesto que le igualaría a otros seres. Dios es “Espíritu” en el sentido más elevado. Por ser “Espíritu” no tiene sustancia visible, es incorpóreo. Si Dios tuviera un cuerpo tangible, no sería omnipresente, y estaría limitado a un lugar; al ser “Espíritu” llena los cielos y la tierra.
Segundo, que “Dios es luz” (1Juan 1:5) lo cual es lo opuesto a las tinieblas. Las tinieblas, en las Escrituras, representan el pecado, el mal, la muerte; la luz representa la santidad, la bondad, la vida. Que “Dios es luz” significa que es la suma de todas las excelencias.
Tercero, que “Dios es amor” (1Juan 4:5). No es simplemente que Dios “ama”, sino que es el Amor mismo. El amor no es simplemente uno de sus atributos, es su misma naturaleza. Muchos hoy en día hablan del amor de Dios, pero son ajenos por completo al Dios de amor.
El amor divino es considerado comúnmente como una especie de debilidad afectuosa, una cierta indulgencia cariñosa; es reducido a un simple sentimiento enfermizo, copiado de las emociones humanas. Sin embargo, la verdad es que en esto, como en todo lo demás, nuestras ideas han de ser reguladas de acuerdo con lo que las Sagradas Escrituras nos revelan. Esta es una urgente necesidad que se hace evidente, no sólo por la ignorancia general que prevalece, sino también por el estado tan bajo de espiritualidad que, triste es decirlo, es característica general de muchos de los que profesan ser cristianos.
¡Qué poco amor genuino hay hacia Dios! Una de las razones principales es que nuestros corazones se ocupan muy poco de su maravilloso amor hacia los suyos.
Cuanto mejor conozcamos su amor -su carácter, plenitud, bienaventuranza más fuerte será el impulso de nuestros corazones en amor hacia él.

1. EL AMOR DE DIOS ES INHERENTE.

Queremos decir que no hay nada en los objetos de su amor que pueda provocarlo, ni nada en la criatura que pueda atraerlo o impulsarlo. El amor que una criatura siente por otra es producido por algo que hay en ésta; pero el amor de Dios es gratuito, espontáneo, inmotivado. La única razón de que Dios ame a alguien reside en su voluntad soberana. “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque vosotros erais los más pocos de todos los pueblos; sino porque Jehová os amó” (Deut. 7:7,8). Dios ha amado a los suyos desde la eternidad, y, por lo tanto, nada que sea de la criatura puede ser la causa de lo que se halla en Dios desde la eternidad. El ama por sí mismo “según el intento suyo” (2Tim. 1:9).
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1Juan 4:19). Dios no nos amó porque nosotros le amábamos, sino que nos amó antes de que tuviésemos una sola partícula de amor hacia él. Si Dios nos hubiera amado correspondiendo a nuestro amor, no hubiera sido espontáneo; pero, porque nos amó cuando no había amor en nosotros, es evidente que nada influyó en su amor. Si Dios ha de ser adorado, y el corazón de sus hijos probado, es importante que tengamos ideas claras acerca de esta verdad preciosa.
El amor de Dios hacia cada uno de “los suyos» no fue movido en absoluto por nada que hubiera en ellos. ¿Qué había en mí que atrajera al corazón de Dios? Nada absolutamente. Al contrario, todo lo que le repele, todo lo que le haría aborrecerme -pecado, depravación, corrupción estaba en mi corazón; en mí no había ninguna cosa buena.

2. ES ETERNO

Necesariamente ha de ser así. Dios mismo es eterno, y Dios es amor; por tanto, como él no tuvo principio, tampoco su amor lo tiene. Es cierto que este concepto trasciende el alcance de nuestra mente finita; sin embargo, cuando no podemos comprender, podemos adorar. ¡Qué claro es el testimonio de Jeremías 31:3 “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia!” ¡Qué bendito conocimiento el saber que el Dios grande y santo amó a sus hijos antes de que el cielo y la tierra fuesen creados, y que había puesto su corazón en ellos desde la eternidad!
Esto es prueba clara de que su amor es espontáneo, porque él les amó innumerables siglos antes de que tuviesen el ser. La misma maravillosa verdad queda expuesta en Efesios 1:4,5: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado”. ¡Qué de alabanzas debería producir el corazón al pensar que si el amor de Dios no tuvo principio tampoco puede tener fin! Si es verdad que “desde el siglo hasta el siglo” El es Dios y es “amor” entonces es igualmente verdad que ama a su pueblo “desde el siglo y hasta el siglo”.

3. ES SOBERANO

Esto, también, es evidente en sí mismo. Dios es soberano, no está obligado para con nadie; Dios es su propia ley, actúa siempre de acuerdo con su propia voluntad real. Así, pues, si Dios es soberano, y es amor, se desprende necesariamente que su amor es soberano. Porque Dios es Dios, actúa como le agrada; porque es amor, ama a quien quiere. Tal es su propia explícita afirmación: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Rom. 9:13). No había más objeto de amor en Jacob que en Esaú. Ambos habían tenido los mismos padres, habían nacido al mismo tiempo, puesto que eran gemelos; con todo, ¡Dios amó al uno y aborreció al otro! ¿Por qué? Porque le agradó hacerlo así.
La soberanía del amor de Dios se desprende necesariamente del hecho de que no es influido por nada que haya en la criatura. De ahí que el afirmar que la causa de su amor reside en El mismo es sólo otra manera de decir que ama a quien quiere. Supongamos, por un momento, lo contrario. Supongamos que el amor de Dios fuera regulado por algo externo a su voluntad. En tal caso su amor se regiría por unas reglas, y, siendo así, El estaría bajo una regla de amor, de manera que, lejos de ser libre, sería gobernado por una ley. “En amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según” -¿qué? ¿Algún mérito que vio en nosotros? No; sino, “según el puro afecto de su voluntad” (Efe. 1:4,5).

4. ES INFINITO

Todo lo referente a Dios es infinito. Su sustancia llena los cielos y la tierra. Su sabiduría es ilimitada, porque él conoce todo el pasado, el presente y el futuro. Su poder es inmenso, porque no hay nada difícil para él. Asimismo, su amor no tiene límite. Tiene una profundidad que nadie puede sondear; una altura que nadie puede escalar; una longitud y una anchura que están más allá de toda medida humana.
Esto se nos indica en Efe. 2:4: “Sin embargo, Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó”; la palabra “mucho” aquí es sinónima de “de tal manera amó Dios” en Juan 3:16. Nos habla de un amor tan sobresaliente que no puede ser calculado. “Ninguna lengua puede expresar fielmente la infinitud del amor de Dios, ni ninguna mente comprenderla: “excede a todo conocimiento” (Efe. 3:19). Las más vastas ideas que la mente finita puede formarse del amor divino están muy por debajo de su verdadera naturaleza.

5. ES INMUTABLE

Del mismo modo que en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17), tampoco su amor conoce cambio o disminución. El indigno Jacob ofrece un ejemplo poderoso de esta verdad: “A Jacob amé”, declaró Jehová, y, a pesar de toda su incredulidad y desobediencia, El nunca dejó de amarle. En Juan 13:1 se nos da otra hermosa ilustración.
Aquella misma noche, uno de los apóstoles diría: “Muéstranos al Padre”; otro le negaría con juramentos, todos iban a ser escandalizados y le abandonarían. Así y todo, “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. El amor divino no está sujeto a vicisitudes de ninguna clase. El amor divino “fuerte es como la muerte... las muchas aguas no podrán apagarlo” (Cant. 5:6,7). Nada puede apartarnos del mismo (Rom. 8:35-39).

6. ES SANTO

El amor de Dios no lo regula el capricho, ni la pasión, ni el sentimiento, sino un principio. Del mismo modo que su gracia no reina a expensas de la misma, sino “por la justicia” (Rom. 5:21), así su amor nunca choca con su santidad. “Dios es luz” (1Juan 1:3) se encuentra antes que “Dios es amor” (1Juan 4:5). El amor de Dios no es una simple debilidad afectuosa, ni una especie de muelle ternura. La Escritura declara que “el Señor al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo” (Heb. 12:6). Dios no cerrará los ojos al pecado, ni siquiera al de sus hijos. Su amor es puro, sin mezcla de sentimentalismo sensiblero.

7. ES BENIGNO

El amor y el favor de Dios son inseparables. Esto se pone de relieve en Romanos 8:32-39. Por la idea y alcance del contexto se percibe claramente que es este amor, el cual no puede haber separación: es la buena voluntad y la gracia de Dios que le determinaron a dar a su Hijo por los pecadores. Ese amor fue el poder impulsor de la encarnación de Cristo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16),
Cristo no murió para hacer que Dios nos amara, sino porque amaba a su pueblo. El Calvario es la demostración suprema del amor divino. Siempre, que seamos tentados a dudar del amor de Dios, recordemos el Calvario. He aquí, abundante motivo para confiar en Dios, y para soportar con paciencia la aflicción que envía, Cristo era el amado del Padre, y aun así no estuvo exento de pobreza, afrenta y persecución. Sufrió hambre y sed.
De ahí que, al permitir que los hombres le escupieran y le hirieran, el amor de Dios hacia Cristo no sufrió menoscabo. Así pues, que ningún cristiano dude del amor de Dios al ser sometido a pruebas y aflicciones dolorosas. Dios no enriqueció a Cristo con prosperidad temporal en este mundo, ya que “no tenía donde recostar su cabeza”. Pero sí le dio el Espíritu sin medida. Siendo así, aprendamos que las bendiciones espirituales son los dones principales del amor divino. ¡Qué bendición es el saber que, aunque el mundo nos odie, Dios nos ama!

3. LA GRACIA Y EL MÉRITO DE DIOS EN ELLA.

LA GRACIA DE DIOS

1. “Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. (Rom. 11:6) Esta perfección del carácter divino es ejercida sólo para con los elegidos.
Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se menciona jamás la gracia de Dios en relación con el género humano en general, y mucho menos en relación con otras de sus criaturas.
En esto se distingue de la “misericordia”, porque ésta es “sobre todas sus obras” (Sal. 145:9). La gracia es la única fuente de la cual fluye la buena voluntad, el amor y la salvación de Dios para sus escogidos. Abraham Booth, en su libro “El Reino de la Gracia”, describe así este atributo del carácter divino: “Es el favor eterno y totalmente gratuito de Dios, manifestado en la concesión de bendiciones espirituales y eternas a las criaturas culpables e indignas”.
La gracia divina es el favor soberano y salvador de Dios, ejercido en la concesión de bendiciones a los que no tienen mérito propio, y por las cuales no se les exige compensación alguna. Más aún; es el favor que Dios muestra a aquellos que, no sólo no tienen méritos en sí mismos, sino que, además, merecen el mal y el infierno. Es completamente inmerecida, y nada que pueda haber en aquellos a quienes se otorga puede lograrla. La gracia no puede ser comprada, lograda ni ganada por la criatura. Si lo pudiera ser, dejaría de ser gracia. Cuando se dice de una cosa que es de “gracia”, se quiere decir que el que la recibe no tiene derecho alguno sobre ella, que no se le adeudaba. Le llega como simple caridad, y, al principio, no la pidió ni la deseó.
La exposición más completa que existe de la asombrosa gracia de Dios se halla en las epístolas del apóstol Pablo. En sus escritos, la gracia se muestra en directo contraste con las obras y méritos, todas las obras y méritos, de cualquier clase o grado que sean. Esto aparece claro y concluyente en Rom. 11:6: “Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”.
La gracia y las obras no pueden mezclarse, como tampoco pueden la luz con las tinieblas “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8,9). El favor absoluto de Dios no es compatible con el mérito humano; ello sería tan imposible como mezclar el agua y el aceite: veamos Rom. 4:4,5. “Al que obra, no se le considera el salario como gracia, sino como obligación. Pero al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia.” La gracia divina tiene tres características principales.
En primer lugar, es eterna. Fue ideada antes de ser empleada, propuesta antes de ser impartida: “Que nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2Tim. 11:9). En segundo lugar, es gratuita, ya que nadie jamás la adquirió: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia” (Rom. 3:4). En tercer lugar es soberana, puesto que Dios la ejerce y la otorga a quien él quiere: “Para que... la gracia reine” (Rom. 5:21).
Si la gracia “reina”, es que está en el trono, y el que ocupa el trono es soberano. De ahí “el trono de gracia” (Heb. 4:16). La gracia, al ser un favor inmerecido, ha de ser concedida de una manera soberana. Por ello declara el Señor: “Tendré misericordia del que tendré misericordia” (Efe. 33:19). Si Dios mostrara su gracia para con todos los descendientes de Adán, éstos llegarían en seguida a la conclusión de que Dios estaba obligado a llevarles al cielo como compensación por haber permitido que la raza humana cayera en pecado. Pero el gran Dios no está obligado para con ninguna de sus criaturas, y mucho menos hacia las que le son rebeldes.
La vida eterna es una dádiva, y por, lo tanto, no puede conseguirse por las obras, ni reclamarse como un derecho. Si, pues, la salvación es una dádiva, ¿quién tiene derecho alguno para decir a Dios a quien debería concederla? Y no es que el bendito Dador niegue este don a quien lo busca con todo el corazón, y según las reglas que él ha prescrito. No, él no rechaza a nadie que vaya con manos vacías y por el camino que ha establecido. Pero si Dios decide ejercer su derecho soberano de escoger de entre un mundo lleno de pecadores e incrédulos un número limitado para salvación, ¿quién puede sentirse perjudicado? ¿Está obligado Dios a dar por la fuerza su dádiva a aquellos que no la aprecian? ¿Está obligado a salvar a los que han resuelto seguir sus propios caminos?
Así y todo, nada hay que ponga más furioso al hombre natural y que más saque a la superficie su enemistad innata arraigada contra Dios, que el hacerle ver que su gracia es eterna, gratuita y absolutamente soberana. Para el corazón no quebrantado es demasiado humillante el aceptar que Dios formó su propósito desde la eternidad, sin consultar para nada a la criatura. Para el que se cree recto es demasiado duro el creer que la gracia no puede conseguirse ni ganarse por el propio esfuerzo. Y el hecho de que la gracia separa a los que quiere para hacerles objeto de sus favores provoca las protestas acaloradas de los rebeldes orgullosos.
El barro se levanta contra el Alfarero y pregunta: “¿Por qué me has hecho tal?” El rebelde desaforado se atreve a disputar la justicia de la soberanía divina. La gracia distintiva de Dios se muestra al salvar a los que él, en su soberanía, ha separado para ser sus predilectos. Por “distintiva” entendemos la gracia que distingue, que hace diferencia, que escoge a algunos y pasa por alto a otros. Fue esta gracia la que sacó a Abraham de entre sus vecinos idólatras, e hizo de él “el amigo de Dios”.
Fue esta gracia la que salvó a “publicanos y pecadores”, y dijo de los fariseos religiosos “dejadlos” (Mat. 15:14). La gloria de la gracia gratuita y soberana de Dios brilla de manera visible más que en ninguna otra parte, en la indignidad y diversidad de los que la reciben. “La ley entró para agrandar la ofensa, pero en cuanto se agrandó el pecado, sobreabundó la gracia” Rom 5:20. Manases fue un monstruo de crueldad porque pasó a su hijo por fuego y llenó a Jerusalén de sangre inocente, fue un maestro de iniquidad porque, no sólo multiplicó, y hasta extremos extravagantes, sus impiedades sacrílegas, sino que corrompió los principios y pervirtió las costumbres de sus súbditos, haciéndoles obrar peor que los idólatras paganos más detestables; véase 2Crónicas 33.
Con todo, por esta gracia superabundante, fue humillado, fue regenerado, y vino a ser un hijo perdonado por amor, un heredero de la gloria inmortal. “Consideremos el caso de Saulo, el perseguidor cruel y encarnizado que vomita amenazas, dispuesto a hacer una carnicería, acosando a las ovejas y matando a los discípulos de Jesús. La desolación que había causado y las familias que había arruinado no eran suficientes para calmar su espíritu vengativo. Eran sólo como un sorbo que, lejos de saciar al sabueso, le hacía seguir el rastro más de cerca y suspirar más ardientemente por la destrucción. Estaba sediento de violencia y muerte. Tan ávida e insaciable era su sed que incluso respiraba amenazas y muerte (Hech. 9:1). Sus palabras eran como lanzas y flechas, y su lengua como espada afilada. Amenazar a los cristianos era para él natural como el respirar.
En los propósitos de su corazón rencoroso no había sino deseo de exterminio. Y sólo la falta de más poder impedía que cada sílaba y cada aliento que salía de su boca no esparcieran más muerte, y no hiciera caer más discípulos inocentes. ¿Quién, según los principios de justicia humana, no le hubiera declarado vaso de ira preparado para una condenación inevitable?
Más aun: ¿quién no hubiera llegado a la conclusión de que, para este enemigo implacable de la verdadera santidad, estaban reservadas forzosamente las cadenas más pesadas y la mazmorra más oscura y angustiosa? Con todo, admiremos y adoremos los tesoros insondables de la gracia; este Saulo fue admitido en la compañía bendita de los profetas, fue contado entre el noble ejército de los mártires, y llegó a ser figura destacada entre la gloriosa comunión de los apóstoles. Veamos otro ejemplo: “La maldad de los corintios era proverbial.
Algunos de ellos se revolcaban en el cieno de vicios tan abominables, y estaban acostumbrados a actos de injusticia tan violentos, que eran reprochables incluso para la naturaleza humana. Con todo, aun estos hijos de violencia, estos esclavos de la sensualidad, fueron lavados, santificados y justificados (1Cor. 6:9-11). “Lavados” en la preciosa sangre del Redentor; “santificados” por la operación poderosa del Espíritu bendito; “justificados” por las misericordias infinitas y tiernas del buen Dios. Los que en otro tiempo eran aflicción de la tierra, fueron hechos la gloria del cielo, la delicia de los ángeles.” La gracia de Dios se manifiesta en el Señor Jesucristo, por él y a través de él. “Porque la ley por Moisés fue dada; más la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha” (Juan 1:17).
Ello no quiere decir que Dios hubiera actuado sin gracia para con nadie antes de que su Hijo se encarnara; Génesis 6:8, Éxodo 33:19, etc., muestran claramente lo contrario. Pero la gracia y la verdad fueron reveladas plenamente y declaradas perfectamente cuando el Redentor vino a esta tierra, y murió por los suyos en la cruz. La gracia de Dios fluye para sus elegidos sólo a través de Cristo el Mediador. “Mucho más abundó la gracia de Dios a los muchos, y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo... mucho más reinarán en vida por Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia, y del don de la justicia... la gracia reine por la justicia para vida eterna por Jesucristo Señor nuestro” (Rom. 5:15-17,21).
La gracia de Dios es proclamada en el Evangelio (Hech. 20:24), que es “piedra de tropiezo” para el judío que se cree justo, y “locura” para el griego vano y filósofo. ¿Cuál es la razón? La de que en el Evangelio no hay nada en absoluto que halague el orgullo del hombre. Anuncia que no podemos ser salvos si no es por gracia. Declara que, fuera de Cristo, don inefable de la gracia de Dios, la situación de todo hombre es terrible, irremediable, sin esperanza.
El evangelio habla a los hombres como a criminales culpables, condenados y muertos. Declara que el más honesto de los moralistas está en la misma terrible condición que el más voluptuoso libertino; que el religioso más vehemente, con todas sus obras, no está en mejor situación que el infiel más profano. El Evangelio considera a todo descendiente de Adán como pecador caído, contaminado, merecedor del infierno y desamparado.
La gracia que anuncia es su única esperanza. Todos aparecen delante de Dios convictos de trasgresión de su santa ley, y, por lo tanto, como criminales culpables y condenados; no esperando a que se dicte la sentencia, sino aguardando la ejecución de la sentencia dictada ya contra ellos (Juan 3:18). Quejarse de la parcialidad de la gracia es suicida. Si el pecador persiste en valerse de su propia justicia, su porción eterna será en el lago de fuego. Su única esperanza consiste en inclinarse a la sentencia que la justicia divina ha dictado contra él, reconocer la absoluta rectitud de la misma, abandonarse a la misericordia de Dios, y presentar las manos vacías para asirse de la gracia de Dios que el Evangelio le presenta.
La tercera Persona de la divinidad es el comunicador de la gracia, por lo cual se le denomina el “Espíritu de gracia” (Zac. 12:10). Dios Padre es la fuente de toda gracia, porque designó el pacto eterno de redención. Dios Hijo es el único canal de la gracia. El Evangelio es el promulgador de la gracia. El Espíritu es dador o aplicador. El es quien aplica el Evangelio con poder salvador al alma: vivificando a los elegidos cuando todavía están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos, limpiándoles de la lepra del pecado.
De ahí que podamos decir, como G.S. Bishop: “La gracia es la provisión para hombres que están tan caídos que no pueden levantar el hacha de justicia, tan corrompidos que no pueden cambiar sus propias naturalezas, tan opuestos a Dios que no pueden volverse a él, tan ciegos que no le pueden ver, tan sordos que no le pueden oír, tan muertos que él mismo ha de abrir sus tumbas y levantarlos a la resurrección”.
La cuestión del mérito y la gracia está en el corazón del debate histórico entre la teología romana católica y el protestantismo. La declaración principal de la Reforma fue sola gratia -la salvación es únicamente por la gracia de Dios. Los creyentes no traen ningún mérito propio delante del juicio de Dios, sino que descansan exclusivamente sobre la misericordia y la gracia de Dios.
El mérito se define como aquello que se gana o se merece. La justicia requiere que el mérito sea otorgado allí donde es merecido.

EL MERITO.

2. El mérito es algo que una persona merece por su actuación. Si no se recibe el mérito debido, se comete una injusticia.
La teología romana católica habla del mérito de tres maneras. Se refiere al mérito merecido, algo que es tan meritorio que impone la obligación de ser recompensado. También habla sobre un mérito congruente, en el que si bien no es tan elevado como el mérito merecido, la recompensa de Dios sería "congruente o apropiada". El mérito congruente se logra al realizar buenas obras en conjunto con el sacramento de la penitencia.
Un tercer tipo de mérito es el mérito supererogatorio, que es el mérito que trasciende el llamado al deber. Es el mérito en exceso logrado por los santos.
Este mérito es depositado en la tesorería del mérito de donde la iglesia puede retirarlo para suplir las cuentas de aquellos que carecen del mérito suficiente para progresar del purgatorio al cielo.
La teología protestante niega y "protesta" contra todos estos tipos de mérito, declarando que el único mérito que tenemos a nuestra disposición es el mérito de Cristo. El mérito de Cristo nos llega por medio de la gracia por la fe. La gracia es el favor inmerecido de Dios. Es una acción o disposición de Dios hacia nosotros. La gracia no es una sustancia que puede morar en nuestras almas.
Crecemos en la gracia, no por una medida cuantitativa de alguna sustancia dentro de nosotros sino por la ayuda misericordiosa del Espíritu Santo que mora en nosotros, actuando en su gracia a favor nuestro y en nosotros. Los medios de la gracia de Dios que nos ayudan en la vida cristiana incluyen la Escritura, los sacramentos, la oración, la comunión, y las enseñanzas de la iglesia.
RESUMEN
1. Nuestra salvación es sola gratia, solo por la gracia.
2. No tenemos ningún mérito propio que obligue a Dios a salvarnos.
3. La teología romana católica distingue entre el mérito merecido, el congruente y el supererogatorio. Estos tres tipos de méritos son rechazados por el protestantismo.
4. La gracia es el favor inmerecido o la misericordia de Dios hacia nosotros.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Juan 15:1-8, Romanos 4: 1-8, Romanos 5:1-5, 2 Corintios 5:17-19, Efesios 2:8-9, Tito 3:4-7.

4. LA FE

Al cristianismo se lo suele llamar una religión. Más apropiado sería llamarlo una "fe". Solemos hablar de la fe cristiana. Se la llama una fe porque consiste en un conjunto de conocimientos que es afirmado o creído por sus adherentes. También se la llama una fe porque la virtud de la fe es central a su entendimiento de la redención.
¿Qué significa la fe? En nuestra cultura suele confundirse con una creencia ciega en algo irrazonable. Llamar a la fe cristiana una "fe ciega", sin embargo, no es solo rebajar a los cristianos sino que es una afrenta a Dios. Cuando la Biblia habla de ceguera está utilizando esta imagen para las personas que, por su pecado, caminan en la oscuridad. El cristianismo llama a las personas a abandonar la oscuridad, no a venir a la oscuridad. La fe es el antídoto a la ceguera, no la causa de la ceguera.
En su raíz, la palabra que significa "confianza". Confiar en Dios no es un acto de creencia irracional. Dios nos ha demostrado que es eminentemente digno de confianza. Nos ha dado razones más que suficientes para confiar en Él. Él nos ha probado que es fiel y que es digno de nuestra confianza.
Existe una enorme diferencia entre la fe y la credulidad. Ser crédulo es creer en algo por ninguna razón valedera. La superstición está hecha y prospera en base a la credulidad. La fe, en cambio, se establece sobre un razonamiento coherente y consistente y sobre evidencias empíricamente valederas. Pedro escribe: "Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad" (2 Pedro 1: 16).
El cristianismo no descansa sobre mitos y fábulas sino sobre el testimonio de quienes vieron con sus propios ojos y oyeron con sus propios oídos. La verdad del evangelio se basa sobre acontecimientos históricos. Si el relato de estos acontecimientos no es digno de confianza, entonces sin duda que nuestra fe es en vano.
Pero Dios no nos pide que creamos en cualquier cosa en base al mito.  El libro de Hebreos nos proporciona una definición de la fe: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (Hebreos 11:1). La fe comprende la esencia de nuestra esperanza para el futuro. En términos sencillos, esto significa que confiamos en Dios para el futuro en base a nuestra fe en lo que Él ha logrado en el pasado. Creer que Dios seguirá siendo digno de confianza no es una fe gratuita. Existen múltiples razones para creer que Dios seguirá siendo tan fiel a sus promesas en el futuro como ha sido en el pasado. Existe una razón, una razón sustancial, para la esperanza que tenemos dentro de nosotros.
La fe que es la evidencia de las cosas ocultas tiene una referencia primaria, pero no exclusiva, hacia el futuro. Nadie tiene una bola de cristal que funcione. Todos nos encaminamos hacia el futuro por la fe y no por la vista. Podemos hacer planes y proyectos, pero hasta nuestras mejores previsiones estarán basadas sobre conjeturas inteligentes. Nadie de nosotros cuenta con el conocimiento de la experiencia del mañana. Contemplamos el presente y recordamos el pasado. Somos expertos en la percepción tardía de lo sucedido. La única evidencia sólida que tenemos para nuestro futuro surge de las promesas de Dios. Es aquí donde la fe nos ofrece la evidencia para las cosas no vistas. Confiamos en Dios para el mañana.
También confiamos o creemos que Dios existe. Y si bien Dios mismo no puede ser visto, las Escrituras dejan en claro que el Dios invisible se ha hecho manifiesto por las cosas visibles (Romanos 1:20). Aunque Dios no es visible para nosotros, creemos que Él está ahí porque se ha manifestado en la creación y en la historia.
La fe incluye el creer en Dios. Sin embargo este tipo de fe no es particularmente loable. Santiago escribe: "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan" (Santiago 2:19). El sarcasmo emana de la pluma de Santiago.
Creer en la existencia de Dios solo nos califica para ser demonios. Una cosa es creer en Dios, y otra cosa es creerle a Dios. Creerle a Dios, confiar en Él para nuestra propia vida, en eso consiste la esencia de la fe cristiana.
RESUMEN
1. El cristianismo es una fe porque está basado en un conjunto de conocimientos revelados por Dios.
2. La fe no es un salto ciego en la oscuridad, sino una confianza en Dios que nos transfiere de la oscuridad a la luz.
3. La fe es simple, pero no es simplista.
4. La fe no es credulidad. Está basada sobre razones valederas y evidencias históricas.
5. La fe nos proporciona la sustancia para nuestra esperanza futura.
6. La fe implica confiar en lo que no se ve.
7. La fe implica más que creer en Dios; significa creerle a Dios.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Romanos 1:16-32, Romanos 5:1-11, Romanos 10:14-17, Gálatas 3:1-14, Efesios 2:8-9, Santiago 2:14-26.

5. LA FE SALVIFICA

Jesús en una ocasión señaló que si no tenemos la fe de un niño no podemos entrar en el reino de los cielos. Una fe como la de un niño es un requisito previo para ser miembro del reino de Dios.
Existe una diferencia, sin embargo, entre una fe como la de un niño y una fe infantil. La Biblia nos llama a ser niños en la malicia, pero maduros en nuestro entendimiento. La fe salvífica es simple, pero no es simplista.
Como la Biblia nos enseña que la justificación es por la fe sola, y que la fe es condición necesaria para la salvación, resulta imperativo que entendamos en qué consiste esta fe salvífica.
Santiago nos explica claramente en qué no consiste esta fe: "Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?" (Santiago 2:14).
Santiago está distinguiendo entre la profesión de fe y la realidad de la fe. Cualquiera puede decir que tiene fe. Si bien hemos sido llamados a profesar nuestra fe, la profesión por sí sola no salva a nadie. La Biblia deja bien en claro que las personas son capaces de honrar a Cristo de labios mientras sus corazones están lejos de Él. La fe de los labios para fuera, sin ninguna manifestación del fruto de la fe, no es fe salvífica.
Santiago continúa diciendo: "Así también, si no tiene obras, es muerta en sí misma" (Santiago 2: 17). Santiago describe la fe muerta en sí misma como una fe sin ningún provecho. Es fútil y vana y no justifica a nadie.
Cuando Lutero y los demás de la Reforma declararon la justificación solo por la fe, se dieron cuenta que era necesario dar una definición detallada sobre la fe salvífica. Definieron la fe salvífica en función de determinados elementos constituyentes.
La fe salvífica está compuesta de la información, el consentimiento intelectual, y la confianza personal.
La fe salvífica implica el contenido. No somos justificados por creer en cualquier cosa. Algunos han dicho: "No importa lo que uno cree, siempre y cuando sea sincero". Este sentimiento es radicalmente opuesto a la enseñanza de la Biblia. La Biblia nos enseña que lo que creemos es muy importante. La sinceridad por sí sola no es suficiente para la justificación. Podemos estar sinceramente equivocados. La sana doctrina, al menos en lo que concierne a Las verdades fundamentales del evangelio, es un ingrediente necesario de la fe salvífica.
Creemos en el evangelio, en la persona y la obra de Cristo. Esto es una parte integral de la fe salvífica. Si nuestra doctrina es herética en los fundamentos, no seremos salvos. Si, por ejemplo, decimos que creemos en Cristo pero negamos su deidad, no poseemos la fe que justifica.
Aunque es necesario tener un correcto entendimiento de las verdades fundamentales del evangelio para poder ser salvos, un entendimiento correcto de ellas no es suficiente para ser salvos.
Un estudiante puede sacar las notas máximas en un examen de teología cristiana, entendiendo todas las verdades del cristianismo, sin afirmar personalmente que son verdad. La fe salvífica incluye la afirmación de la mente a la verdad del evangelio.
Pero aun si las personas entienden el evangelio y afirman o confirman su verdad, todavía pueden llegar a no alcanzar la fe salvífica. El diablo sabe que el evangelio es verdad, pero lo odia con todas las fibras de su ser. Hay un elemento de confianza en la fe salvífica. Implica una confianza y una dependencia personal sobre el evangelio. Podemos creer que una silla va a soportar nuestro peso, pero no exhibimos una confianza personal en la silla hasta el momento en que nos sentamos sobre ella.
La confianza comprende la voluntad además de la mente. Tener la fe salvífica requiere que amemos la verdad del evangelio y que deseemos vivirla. Confiamos de corazón en la dulzura y el amor de Cristo.
Considerada técnicamente, la confianza personal podría ser un corolario o una proyección del consentimiento intelectual. El diablo puede aceptar la verdad de ciertos hechos relacionados con Jesús, pero no los acepta a todos. No acepta el amor de Cristo, ni lo anhela. Pero ya sea que diferenciemos o que combinemos la aceptación intelectual y la confianza personal, el hecho sigue en pie de que la fe salvífica requiere lo que Lutero llamó una fe viviente una confianza vital y personal en Cristo como el Salvador y el Señor.
RESUMEN
1. La fe salvífica es como la de un niño pero no es infantil.
2. La mera profesión de fe no es suficiente para justificar a una persona.
3. La fe salvífica requiere la aceptación intelectual de la verdad del evangelio.
4. La fe salvífica implica una confianza personal en Cristo y el amor a Cristo.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Mateo 18:3, Romanos 10:5-13, Efesios 2:4-10, 1 Tesalonicenses 2: 13, Santiago 2:14-26.
ITRODUCCIÓN
SALVADOR: soter (swthvr,), salvador, liberador, preservador. Se utiliza: (a) de Dios (Lc 1.47; 1 Ti 1.1; 2.3; 4.10, en el sentido de preservador, ya que Él da «a todos vida y aliento y todas las cosas»; Tit 1.3; 2.10; 3.4; Jud 25); (b) de Cristo (Lc 2.11; Jn 4.42; Hch 5.31; 13.23, de Israel; Ef 5.23, el sustentador y preservador de la Iglesia, su «Cuerpo»; Flp 3.20, a su vuelta para recibir la Iglesia a sí mismo; 2 Ti 1.10, con referencia a su encarnación: «los días de su carne»; Tit 1.4, título compartido, en el contexto, con Dios el Padre; 2.13: «nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo», donde el pronombre «nuestro», que viene en inmediata relación con «Dios», involucra la inclusión de ambos títulos como referentes a Cristo, lo mismo que en el pasaje paralelo en el v. 11: «nuestro Señor y Salvador Jesucristo»; estos pasajes son por tanto un testimonio a su deidad; 2 P 2.20; 3.2, 18; 1 Jn 4.14.
Nota: Para «Salvador» en Lc 1.69 (RVR), (1) (RV: «salvación»).
Pedían que los salvaran de la muerte. Todavía no estaban fuera de peligro, pero pronto lo haría. Los gabaonitas veían en Israel su única esperanza de salvación.
Yasha se usa en otras ocasiones como cuando Jefté se quejó a los de Efraín de que no habían acudido en su ayuda: «Teníamos un gran conflicto mi pueblo  y yo con los amonitas; os pedí ayuda y no me librasteis de sus manos» (Jue 12.2).
Aquí el énfasis está en «poner en libertad» o «librar» de una situación que ya era real. En términos militares, puede significar unir fuerzas para construir un ejército más potente. No es buscar ayuda a última hora. Joab le dijo a Abisai: «Si los sirios pudieren más que yo, tú me ayudarás» (2 S 10.11; cf. 2 S 10.9).
En cuanto a la justicia y la ley civil, Yasha representaba una obligación de prestar ayuda cuando se escuchaba el clamor de una persona que estaban tocando:
«Porque él [el violador] la halló en el campo; dio voces la joven desposada, y no hubo quien la librase» (Dt 22.27; cf.28.29). Por lo tanto, uno podía apelar especialmente al rey, quien tenía la obligación de proteger los derechos individuales: «Entró, pues, aquella mujer de Tecoa al rey, y postrándose en tierra sobre su rostro, hizo reverencia, y dijo: ¡Socorro, oh rey!» (2 S 14.4. 2 R 6.26). El rey también «salvó» al pueblo de sus enemigos (1 S 10.27. Os 13.10).
Jeremías dice del rey mesiánico: «En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado» (Jer 23.6). Aquí yasha aparece paralelamente con «habitará confiado»,  lo cual identifica el significado de yasha como «librar de peligro». A la postre, Dios es el Gran Rey que «va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvarnos [librarnos de peligro]» (Dt 20.4) y el Juez de todo Israel. La palabra aparece en muchas peticiones de oración: «Levántate, Jehová; sálvame, Dios mío» (Sal3.7). Vemos, pues, una combinación de énfasis militar (oración por liberación de un enemigo mediante el uso de la fuerza) y énfasis judicial (oración por lo que es deber del suplicante y obligación del suplicado; en el caso de Dios la obligación es auto impuesta al establecerse un pacto; cf. Sal 20.9). En otros casos la obligación judicial es clara: el rey ungido  de Dios «juzgará a los afligidos del pueblo, salvará a los hijos del menesteroso,  y aplastará al opresor» (Sal 72.4). En este pasaje la palabra que aparece en el paralelismo es shapat: «ver que la justicia se aplique».
Muchas veces el salmista tiene en mente el aspecto espiritual del pacto  eterno de Dios. Esto se ve claro en pasajes como el Salmo 86, donde David confiesa que, aunque es el rey de Israel, está humillado (piadosamente) y que, aunque disfruta las riquezas de la realeza, está en necesidad (esperando en Dios).En base a estas condiciones espirituales,  ora que Dios responda según el pacto: «Guarda mi alma, porque soy piadoso; oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía» (Sal 86.2). Las bendiciones que implora son a la vez eternas (Sal 86.11–13) y temporales (Sal 86.14–17).
B. NOMBRE
Yeshû a (ישְועהָ), «salvación, liberación».
Hay 78 casos de este vocablo en el Antiguo Testamento; predomina en Salmos (45 veces) e Isaías (19 veces). Se usa por primera vez en ocasión de las últimas palabras de Jacob: « ¡Tu salvación esperé, oh Jehová!» (Gn 49.18). «Salvación» en el Antiguo  Testamento no se entiende como salvación del pecado, puesto que el término denota una amplia gama de sentidos relacionados con la «liberación»: de aflicción, guerra, servidumbre o enemigos. Las liberaciones son humanas y divinas, pero con el vocablo yeshuah contadas son las ocasiones en que seres humanos  son los que efectúan la «salvación liberación».
Un par de excepciones: cuando Jonatán trajo respiro de la presión de los filisteos contra los israelitas (1 S 14.45), y cuando Joab y sus hombres se ayudaron mutuamente en el campo de batalla (2 S 10.11).
«Salvación y liberación» se usa generalmente con Dios como el que la efectúa. Se le conoce como la«salvación» de su pueblo: «Engordó Jesurún, y dio coces  (tanto engordó que brillaba de gordo), y abandonó a Dios su creador;  despreció a su protector y salvador» (Dt 32.15 LVP; cf. Is 12.2). Dios realizó muchas maravillas en favor de su pueblo: «¡Cantad a Jehová un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas! Su diestra lo ha salvado, y su santo brazo» (Sal 98.1).
Yeshuahse usa ya sea en un contexto de regocijo (Sal 9.14) o en el caso de una oración por «salvación» y «liberación»: «Yo estoy afligido y dolorido. Tu liberación, oh Dios, me ponga en alto» (Sal 69.29 RVA).Habacuc describe al Señor montado en carros de salvación  (3.8 LBD) para librar a su pueblo de sus opresores. El peor reproche que se  podía lanzar contra una persona era que Dios no había acudido para Socorrerle: «Muchos dicen acerca de mí: « ¡Dios no lo librará!» [Literalmente, «para él no hay salvación en Dios» LBA]» (Sal 3.2 RVA).Muchos nombres personales  contienen una forma de la raíz, tales como Josuı («el Señor es ayuda»), Isaƒas («el Señor es ayuda») y Jesħs (una transliteración griega de yeshuah).
Yesha (ישֵעָ), «salvación, liberación». Este sustantivo aparece 36 veces en el Antiguo Testamento. Uno de estos casos es en Sal 50.23 (RVA):  «El que ofrece sacrificio de acción de gracias me glorificará, y al que ordena su camino le mostraré la salvación de Dios». Tesuah(8668 , תשְועהָ ), «salvación, liberación».
Tesuah aparece 34 veces. Tenemos un ejemplo en Is 45.17 (RVA): «Israel será salvado por Jehová con salvación eterna. No os avergonzaréis, ni seréis afrentados, por los siglos de los siglos».Las traducciones en la Septuaginta son: soteria y soterion («salvación; preservación; liberación»)y soter («salvador, libertador»).
Las revisiones de la RV traducen el vocablo como «salvación, libertad, liberación». Soter (swthvr,), salvador, liberador, preservador. Se utiliza:
(A) de Dios (Lc 1.47; 1 Ti 1.1; 2.3; 4.10, en el sentido de preservador, ya que Él da «a todos vida y aliento y todas las cosas»; Tit 1.3; 2.10; 3.4; Jud 25);
(B) de Cristo (Lc 2.11; Jn 4.42; Hch 5.31; 13.23, de Israel; Ef 5.23, el sustentador y preservador de la Iglesia, su «Cuerpo»; Flp 3.20, a su vuelta para recibir la Iglesia a sí mismo; 2 Ti 1.10, con referencia a su encarnación: «los días de su carne»; Tit 1.4, título compartido, en el contexto, con Dios el Padre; 2.13: «nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo», donde el pronombre «nuestro», que viene en inmediata relación con «Dios», involucra la inclusión de ambos títulos como referentes a Cristo, lo mismo que en el pasaje paralelo en el v. 11: «nuestro Señor y Salvador Jesucristo»; estos pasajes son por tanto un testimonio a su deidad; 2 P 2.20; 3.2, 18; 1 Jn 4.14.
Nota: Para «Salvador» en Lc 1.69 (RVR), (RV: «salvación»).

SALVACIÓN

1. soteria (swthriva,), denota liberación, preservación, salvación. La salvación se usa en el NT:
(A) de liberación material y temporal de peligros y aprehensión:
(1) nacional (Lc 1.69: «cuerno de salvación», RV; RVR traduce «poderoso Salvador»; v. 71; Hch 7.25: «libertad», RVR; RV: «salud»);
(2) personal, como del mar (Hch 27.34: «salud», RV, RVR); de la cárcel (Flp 1.19: «liberación»; RV: «salud»); del diluvio (Heb 11.7: «que su casa se salvase», RV, RVR; VM: «la salvación de su casa»);
(B) de la liberación espiritual y eterna concedida inmediatamente por Dios a aquellos que aceptan sus condiciones de arrepentimiento y fe en el Señor Jesús, en quien únicamente se puede obtener (Hch 4.12), y en base de la confesión de Él como Señor (RO 1.16; EF 1.13; VÉASE MÁS BAJO SALVAR);
(C) de la experiencia presente del poder de Dios para liberar de la servidumbre del pecado (p.ej., Flp 2.12, donde la referencia especial, aunque no total, es al mantenimiento de la paz y de la armonía; 1 P 1.9). Esta presente experiencia por parte de los creyentes es virtualmente equivalente a la santificación; para este propósito, Dios puede hacerlos sabios (2 Ti 3.15); no deben descuidarla (Heb 2.3);
(D) de la futura liberación de los creyentes en la parusía de Cristo por sus santos, salvación que es el objeto de su confiada esperanza (p.ej., Ro 13.11; 1 Ts 5.8, y v. 9, donde se les asegura la salvación, siendo la liberación de la ira de Dios destinada a ser ejecutada sobre los impíos al final de esta era, véase 1 Ts 1.10; 2 Ts 2.13; Heb 1.14; 9.28; 1 P 1.5; 2 P 3.15);
(E) Cristo en la época de «la epifanía (o resplandor) de su parusía (2 Ts 2.8; Lc 1.71; Ap 12.10); (1) en sentido inclusivo, recapitulando todas las bendiciones otorgadas por Dios sobre los hombres en Cristo por medio del Espíritu Santo (p.ej. 2 Co 6.2; Heb 5.9; 1 P 1.9, 10; Jud 3);
(G) ocasionalmente, como virtualmente significando el mismo Salvador (p.ej., Lc 19.9; cf. Jn 4.22, véase SALVADOR);
(H) en ascripciones de alabanza a Dios (Ap 7.10), y como aquello que es prerrogativa suya de otorgar (19.1).
2. soterion (swthvrion,), neutro del adjetivo soterios, se utiliza como nombre en Lc 2.30; 2.6, pasajes ambos en los que denota al Salvador, como en Nº 1
(G); en Hch 28.28, como en Nº 1
(B); en Ef 6.17, donde la esperanza de salvación  es descrita metafóricamente como un yelmo.
Nota: El adjetivo soterios, que trae salvación, portador de salvación, se usa con el propósito de describir la gracia de Dios (Tit 2.11: «para salvación»; VM: «que trae salvación»); F. Lacueva, en Nuevo Testamento Interlineal, loc. cit., traduce así: «Porque ha aparecido la Gracia de Dios salvífica a todos los hombres».
SALVACION. A Dios se le llama Salvador (Oseas 13:4; Lucas 1:47) y es presentado como el Dios de salvación (Salmo 68:19, 20; Lucas 3:6; Hechos 28:28).
En el AT, la salvación se refiere tanto al tipo de liberación diaria, regular como de los enemigos, enfermedades y peligros (ver 1 Samuel 10:24; Salmo 72:4) como a las de grandes liberaciones que se interpretan específicamente como siendo una parte categórica de la participación única y especial de Dios en la historia humana así como también a las revelaciones especiales de su carácter y voluntad. El ejemplo supremo de esto es el éxodo (Éxodo 14:13, 30, 31; 15:1, 2, 13; 18:8), lo que incluyó la liberación de la esclavitud de Egipto, el viaje seguro hacia la Tierra Prometida y el establecimiento allí como un pueblo nuevo en una relación nueva con Dios (Deuteronomio 6:21-23; 26:2-10; 33:29).
Existen dos aspectos más en relación con la salvación en el AT. Primero, la salvación se refiere a la acción futura de Dios cuando él librará a Israel de todos sus enemigos y enfermedades y creará un nuevo orden de existencia (ver Isaías 49:5-13; 65:17 ss.; 66:22, 23; Hageo 2:4-9; Zacarías 2:7-13). Segundo, esto es la esperanza del Mesías, quien librará a su pueblo de sus pecados (Isaías 43:11; 52:13; 53:12).
Además, en el AT, cuando Dios actúa para liberar a Israel, él actúa en justicia, y su acto es también uno de salvación (Isaías 45:21; 46:12, 13).
La salvación futura de Dios incluye una nueva creación, el rehacer y el renovar el viejo orden creado (Isaías 9:2-7; 11:1-9; 65:17 ss.).
En el NT, a Jesús se le presenta como el Salvador de los pecadores (Lucas 2:11; Juan 4:42; Hechos 5:31; 13:23; Filipenses 3:20; 2 Pedro 1:1, 11; 1 Juan 4:14). El título reservado para Dios en el AT se le transfiere a Jesús. Cuando una persona se arrepintió y creyó, esa persona recibió la salvación (Marcos 2:5; Lucas 7:50; 19:9, 10).
Por causa de la vida, muerte y exaltación de Jesús, la salvación es una realidad presente. Es la liberación del dominio del pecado y de Satanás; es la libertad para amar y servir a Dios ahora (Hechos 4:12; 2 Corintios 6:2; Hebreos 2:3). La salvación también es, sin embargo, una esperanza futura (Romanos 5:9; 1 Pedro 1:5; Apocalipsis 19:1).
Veamos ahora el componente de lo que enseña la escritura a través de todo su panorama doctrinal en cuanto a la salvación.

PRINCIPALES DOCTRINAS DE LA SALVACIÓN

1-ARREPENTIMIENTO, 2-CONVERSIÓN, 3-REDENCIÓN, 4-JUSTIFICACIÓN
5-SUSTITUCIÓN 6-REGENERACIÓN 7-SANTIFICACIÓN 8-RECONCILICIÓN
9-IMPUTACIÓN 10-GLORIFICACIÓN 11-PROPICIACION 12-ADOPCIÓN
13-COSERVACIÓN 14-REMISIÓN 15-SUPLICA 16-ORIGEN

1. ARREPENTIMIENTO

(heb., naham, desistir, subh, volverse; gr., metanoia, de meta, cambio, y noieo, ejercicio de la mente). Es el proceso por el cual uno cambia de parecer o de opinión. A Dios se le describe como arrepintiéndose (Éxodo 32:14; 1 Samuel 15:11; Jonás 3:9-10; 4:2, usando naham), en el sentido de que él cambió su actitud hacia un pueblo por causa de un cambio dentro del pueblo. Dios como deidad perfecta no cambia en su naturaleza esencial, más cambia su relación y actitud de ira a misericordia y de bendición a juicio, como lo requiera la ocasión. El arrepentimiento humano es un cambio para lo mejor, y es un cambio consciente del mal o de la desobediencia o pecado o idolatría hacia el Dios viviente (2 Reyes 17:13; Isaías 19:22; Jeremías 3:12, 14, 22; Jonás 3:10, usando subh).
En el NT, el arrepentimiento y la fe son los dos lados de una misma moneda (Hechos 20:21). Ellos son una respuesta a la gracia. Jesús predicó la necesidad que tenían los judíos de arrepentirse (Mateo 4:17), y requirió que sus apóstoles discípulos predicaran el arrepentimiento a los judíos y a los gentiles (Lucas 24:47; Hechos 2:38; 17:30). El arrepentimiento es un profundo cambio de mente que involucra el cambio de dirección de vida. El lado positivo del arrepentimiento es la conversión, el genuino volverse a Dios o a Cristo en busca de gracia.
Palabras que en las lenguas modernas expresan una verdad central en la historia de la Revelación de Dios a los hombres. Tanto en el hebreo como en el griego bíblico hay varias palabras para expresar la conversión del pecador a Dios. La necesidad del arrepentimiento para entrar en el reino de Dios es algo que el Nuevo Testamento afirma tajantemente (Mt. 3:8; Lc. 5:32; Hch. 5:31; 11:18; 26:20; Ro. 2:4, etc.).En el Antiguo Testamento, este término se aplica también a Dios, mostrando cómo Dios, en su gobierno sobre la tierra, expresa su propio sentimiento acerca de los sucesos que tienen lugar sobre ella. Pero esto no choca con Su omnipresencia. Son dos los sentidos en que se habla del arrepentimiento con respecto a Dios.
(1) En cuanto a Su propia creación o designación de objetos que después no corresponden a Su gloria. Se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra y de haber puesto a Saúl como resobre Israel (Gn. 6:6, 7; 1 S. 15:11, 35).
(2) En cuanto a castigos de los que ha amenazado bendiciones que ha prometido. Cuando Israel se apartaba de sus malos caminos y buscaba a Dios entonces Dios se arrepentía del castigo que Él había dispuesto (2 S. 24:16, etc.).
Por otra parte, las promesas de bendecir al pueblo de Israel cuando estaba en la tierra fueron condicionadas a su obediencia, de manera que
Dios, si ellos hacían lo malo, se arrepentiría del bien que Él les había prometido. Tanto a Israel como, de hecho, a cualquier otra nación (Jer. 18:8-10). Entonces alteraría el orden de Sus tratos hacia ellos. En cuanto a Israel. El Señor llega a decir:
«Estoy cansado de arrepentirme» (Jer. 15:6). En todo esto entra la responsabilidad humana, así como el gobierno divino. Pero las «promesas incondicionales» de Dios, dadas a Abraham, Isaac y Jacob, no están sujetas a arrepentimiento. «Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables» (Ro.11:29). «Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» (Nm. 13:19;1 S. 15:29; Mal. 3:6). Y esto tiene que mantenerse así con respecto a cada propósito de Su voluntad.
Con respecto al hombre, el arrepentimiento es el necesario precursor de su experiencia de la gracia de Dios. Se presentan dos motivos para el arrepentimiento: la bondad de Dios que guía al arrepentimiento (Ro. 2:4), y el juicio que se avecina, en razón del cual Dios manda a todos los hombres ahora que se arrepientan (Hch. 17:30,31); pero es de Su gracia y para Su gloria que se abre esta puerta de retorno a Él (Hch. 11:18). Él allega para sí al hombre en Su gracia en base a que Su justicia ha quedado salvaguardada por la muerte de Cristo. De ahí que el testimonio divino es «del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hch. 20:21). El arrepentimiento ha sido definido como «un cambio de mente hacia Dios que conduce al juicio de uno mismo y de los propios actos» (1 R. 8:47; Ez. 14:6; Mt. 3:2; 9:13; Lc. 15:7; Hch. 20:21; 2Co. 7:9, 10, etc.). Esto no sería posible si no fuera por el reconocimiento de que Dios es misericordioso.
También se habla de arrepentimiento en relación con un cambio de pensamiento y de acción allí donde no hay mal del que arrepentirse (2 Co. 7:8).
En la predicación apostólica el arrepentimiento es uno de los temas centrales; ya desde la predicación de Jesús lo encontramos como una de las exigencias del reino, y el día de Pentecostés, en su sermón, Pedro termina invitando a los oyentes a arrepentirse de sus pecados y convertirse a Cristo (Hch. 3:19; 2 Co. 7:9; He. 6:1; Ap. 2:21).
En el Nuevo Testamento la palabra «arrepentimiento»es, por lo general, la traducción de la palabra «metanoia», que significa cambio de actitud, cambio de modo de pensar o de plan de vida (Mt.3:2; 4:17; 11:20; Mr. 1:15; 6:12; Lc. 10:13; 11:32;Hch. 2:38; 8:22; 17:30; 2 Co. 12:12; Ap. 2:5, 16).Éstos y muchos otros pasajes del Nuevo Testamento nos indican la centralidad de esta realidad y de esta doctrina en el mensaje de Cristo y de los apóstoles. La traducción de «metanoia» por «penitencia» que hacen algunas ediciones católicas romanas no solamente es un error, sino que contradice el Nuevo Testamento.

2. CONVERSION

(heb., shuv, gr., epistrophe). Una vuelta, lit. O figurada, ética o religiosa, ya sea de Dios o, más frecuentemente, a Dios. Implica tanto una vuelta de como una vuelta a algo. En el NT algunas veces está asociada con el arrepentimiento (Hechos 3:19; 26:20) y fe (hechos 11:21); negativamente vuelta del pecado y positivamente creencia en Cristo (Hechos 20:21). Aunque la conversión es un acto del hombre, la causa el poder de Dios (Hechos 3:26).
CONVERSIÓN: (gr. «epistrophë» = «volverse a»).
En las Escrituras es el efecto que acompaña al nuevo nacimiento, un volverse hacia Dios. Se expresa, magnamente en el caso de los tesalonicenses, mostrando cómo «os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Ts. 1:9). Pablo y Bernabé pudieron informar a los santos en Jerusalén de «la conversión de los gentiles» (Hch.
15:3). En el discurso de Pedro a los judíos dice él: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hch. 3:19). Sin convertirse, no podrían entrar en el reino de los cielos (Mt. 18:3). Se usa este término en un sentido algo distinto con respecto al mismo Pedro. Sabiendo el Señor que Pedro iba a caer bajo las sacudidas de Satanás, le dijo: «Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos»; esto es, cuando hubiera vuelto en contrición, o hubiera sido restaurado.
En el AT los términos hebreos que significan lo mismo, «ser vuelto», «volverse», aparecen en pasajes como Sal. 51:13; Is. 6:10; 60:5; cp. 1:27.
La conversión es un concepto muy importante en el Antiguo Testamento. Debe entenderse en sus tres tipos básicos: conversión individual, conversión comunitaria y conversión como parte de un proceso permanente en la vida del creyente.
En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que se traduce «conversión» es shub , que significa «regresar, volverse» y es un llamado de atención para dejar de lado prácticas idolátricas y volver a Dios. Todo lo que ocupe en el corazón del creyente el lugar destinado a Dios es idolátrico, y el llamado a la conversión implica echar a un lado todo lo que aparte al creyente de Dios. Tal es el mensaje, por ejemplo, de los profetas en su llamado a dejar los ídolos (Is 46), las injusticias (Is 5.8) y toda forma de inmoralidad.
El aspecto comunitario de la conversión en el Antiguo Testamento se manifiesta de dos modos: primero, en que Dios insta personalmente o a través de los profetas a que todo el pueblo se convierta (Os 14.12); y segundo, que esto parece ser un requisito para una conversión que produzca frutos de arrepentimiento manifiestos en obras de solidaridad y justicia hechas evidentes en el seno de la misma comunidad. Por ejemplo, Amós 2.6–8 relaciona la idolatría de Israel con las inmoralidades y la injusticia social de las que hay que arrepentirse cambiando la conducta. El llamado individual a la conversión está íntimamente relacionado con la responsabilidad del creyentes ante el pueblo de Dios, y los profetas llaman a que el creyente cambie su existencia en términos de solidaridad y de justicia con el prójimo (por ejemplo, que sea honesto en términos comerciales, usando balanzas y pesas justas como en Miq 6.11), así como también con la íntima relación entre Dios y cada individuo (Zac 1.3).
En el Nuevo Testamento las palabras que expresan conversión son metanoia (en los Sinópticos y Apocalipsis) y epistrefo (en Hch, y 1 P). El concepto shub del Antiguo Testamento se complementa con la noción de proceso de conversión (metanoia), por ejemplo en Mateo 3.8 , y se continúa con la idea de conversión como manifiesta en actos externos (epistrefo) en Hch 26.20 (también en Mt 3.8 ). La conversión es una vuelta de algo hacia algo. En su lado negativo es el arrepentimiento (Hch 26.20) y en su fase positiva es la fe (Hch 11.21). La verdadera conversión se levanta sobre el arrepentimiento y la fe, que llevan al creyente no solamente a observar una nueva forma de vida, sino a una transformación espiritual completa (2 Co 3.18).
El Nuevo Testamento enseña que la conversión no es pasiva (algo que se tiene o se siente), sino dinámica (algo que se hace). Es la respuesta que una persona da al evangelio en forma incondicional y que le afecta en su totalidad. Significa comprometerse con Cristo y vivir para Dios en novedad de vida, mediante el poder que da el Espíritu Santo (Ro 6.1–4; Col 2.10–16; 3.1). Entonces la conversión en el Nuevo Testamento es un activo compromiso con Cristo mediante el poder del Espíritu Santo, que continúa durante toda la vida del creyente y que conduce al hombre a la liberación de estructuras de injusticia, violencia, mentira y esclavitud. La verdadera conversión libera al individuo de toda forma de idolatría y restaura su relación con Dios.

3. REDENCIÓN

(heb., gueulaj; gr., lutrosis, apolutrosis). Es una metáfora usada tanto en el AT como en el NT para describir la misericordia y acción costosa de Dios a favor de su pueblo (seres humanos pecaminosos). El significado básico de la palabra es soltar o dejar en libertad por el pago de un precio, liberación o salvación por medio de un método costoso. Cuando se usa en relación con Dios, ello no sugiere que él haya pagado un precio a alguien, sino más bien que su misericordia requirió todo su poder e involucró la profundidad más grande de sufrimiento posible. De este modo, Dios redimió a Israel de Egipto liberando al pueblo de la esclavitud y colocándolo en una nueva tierra (Éxodo 6:6; 15:3; Salmo 74:2; 77:15 ss.; 106:10; Isaías 43:1, 3,14-16; 48:20; 51:10, 11; 63:16; Jeremías 31:11).
El verbo padaj, en su uso secular, se utiliza para expresar precio de rescate (p. ej., Levítico 27:27; Números 18:15-17; Salmo 49:7). Cuando se usa en relación con la obra de rescate del Señor, 13 de las 39 referencias aluden al éxodo (p. ej., Deuteronomio 9:26; 2 Samuel 7:23; Nehemías 1:10). Tres referencias hablan específicamente del perdón de pecados (Deuteronomio 21:8; Salmo 130:8; Isaías 1:27).
Para apreciar el tema de la redención del NT, tiene que asumirse la posición de los seres humanos como esclavos del pecado (Juan 8:33, 34). Por lo tanto, ellos tienen que ser puestos en libertad para llegar a ser sirvientes liberados del Señor (Marcos 10:45). Esta redención pagada por el costoso sacrificio de la vida de Jesús es un acto completo en cuanto a Dios atañe.
Más los resultados de la redención en cuanto a nosotros atañe son experimentados en parte ahora y en su totalidad en la resurrección de los muertos (Lucas 21:27, 28; Romanos 8:23; Efesios 4:30).mediante el pago de un rescate». Dios, habiendo pasado juicio sobre los primogénitos de los egipcios, reclamó los primogénitos de los israelitas para Su servicio (Éx. 13:2). Después del episodio del becerro de oro, Dios eligió a los levitas en lugar de a los primogénitos (Nm. 3:5-8,12, 44-51; cfr. Éx. 32:26-29). Los primogénitos demás que no podían ser sustituidos por los levitas fueron rescatados por precio; así quedaron libres(Dt. 3:46-51). De la misma manera, se podía redimir la tierra enajenada o a alguien que se hubiera vendido por deudas (Lv. 25:23, 24, 47, 54). Los israelitas fueron redimidos de Egipto por el gran poder de Dios (Éx. 15:3;)
De ahí, el tema pasa a la redención del alma o de la vida, perdida a causa del pecado. El hombre no puede dar a Dios rescate por su hermano: porque la redención del alma es de gran precio, y no se logrará jamás: esto es, se tiene que abandonar toda esperanza de dar uno mismo el rescate. El precio es imposiblemente alto para el hombre (cfr. Sal. 49:7-8). En el NT hay dos términos que se traducen«redención»:
(A) «lutrosis», y sus derivados, «apolutrosis» y el verbo «Iutroo», «desatamiento, liberación, desatar», indicándose la liberación mediante el pago de un rescate, redención, redimir.
(B) «Exagorazo», «comprar en un mercado». Cristo ha redimido a los creyentes de la maldición de la Ley (Gá. 3:13; 4:5).
Los cristianos son exhortados a que rediman el tiempo, esto es, a que compren o se aseguren cada oportunidad que les sea posible (Ef. 5:16; Col. 4:5). Un término relacionado con éste, «agorazo», se traduce «comprar» en todos los pasajes de la versión Reina-Valera, a excepción de en 2 P. 2:1, «rescató»; Ap. 5:9, «redimido» (y Ap. 14:3, 4 en la revisión 1960, «REDIMIDO»).
En realidad, debiera traducirse con el verbo «comprar». La diferencia de concepto se aprecia mejor en pasajes como el de 2 P. 2:1, donde no se puede decir«redimido», porque los mencionados son los que niegan los derechos de Cristo, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina, aunque sí habían sido «comprados». Cristo compró todo, pero sólo los creyentes son «redimidos». Los cristianos hablan, en ocasiones, de la «redención de alcance universal» sin realmente significar este concepto, no distinguiendo apropiadamente entre «comprar» y «redimir».
En Ef. 1:14 se hallan ambos conceptos: «la redención de la posesión adquirida».«Redención» se usa en ocasiones en el sentido del derecho o título a redimir (Sal. 130:7; Ro. 3:24); este derecho Dios lo ha adquirido con toda justicia en Cristo, y en virtud de él se presenta al hombre como Aquel que justifica. Así, Dios se aseguró la redención antes de que el hombre entrara en su esfera. Los creyentes disfrutan ahora de ella por rafe, en el sentido del perdón de los pecados, en Cristo, donde se halla la posición del creyente (Ef.1:7). Así, el creyente es puesto en Cristo, en quien tiene redención por Su sangre. Como resultado de ello, la redención se extiende al cuerpo (Ro. 8:23; Ef. 4:30) y a la misma creación (cfr. Ef. 8:19-21ss.). En su aplicación, el término redención denota el poder en el cual es hecha efectiva, así como la base o condición sobre la que se basa.
Los israelitas llamaban «REDENCIÓN» al acto de vengar la sangre de un pariente; al que lo hacía llamaban «redentor» (Nm 35. 12 , 19 , 21 , 27; Dt 19.6, 12, 13). Pagar para que dejaran en libertad a uno que estaba vendido era también redimir o rescatar (Lv 25.48). Redentor era asimismo el que compraba las tierras de un pariente difunto, para que no se perdieran (Rut 4.1–7). Entre los israelitas se podía redimir la vida de una persona o de un animal, como en el caso de los primogénitos (que a Dios había que entregar). Para ello era necesario pagar un precio, el cual se debía entregar al sacerdote (Éx 13.13 , 15 ; Lv 27.27 ; Nm 18.15 , 16 ).
En su obra a favor de los hombres, Dios es redentor por excelencia. La liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto es un acto de redención (Éx 6.6) de parte de Jehová Dios. La idea principal en la redención es soltar o liberar. El PECADO mantiene al hombre en servidumbre y, por tanto, la salvación incluye el librarlo de esa esclavitud.
En Cristo Jesús, Dios pagó el precio completo de la redención del género humano (Col 1.13 ). Redención es liberación del poder de las tinieblas, a fin de vivir bajo la soberanía o el reino del amor de Dios. En el Antiguo Testamento, la esperanza de Job está puesta en Dios su redentor (Sal 19.25). Asimismo, David considera a Dios su redentor (Sal 19.14), y el profeta Isaías destaca este concepto; trece veces aparece el término en ese libro profético (por ejemplo, 41.14 ; 43.14 ; 44.6).
En el Nuevo Testamento la doctrina de la redención es cardinal. Todos las personas están esclavizadas por el pecado, y son «hijos de ira» (Ef 2.1–3; 2 Ti 2.26); necesitan, por tanto, ser redimidos. Entre los del pueblo de Dios eran muchos los que esperaban la redención divina. Ana, la viuda profetisa, confió y declaró que el niño Jesús, a quien logró conocer en el templo, era quien satisfaría esa esperanza (Lc 2.36–38). Jesucristo realiza esta redención (Ro 3.24; Gál. 3.13) por medio de su SANGRE vertida en la cruz (Ef 1.7; Col 1.14). El mismo habló de «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20.28); y Pablo dice que Cristo «se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Ti 2.6) para una redención que es eterna (Heb 9.12).
Él, pues, tomó nuestro lugar, y recibió el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Por tanto, un efecto justo y lógico de esta obra redentora en nosotros debe ser glorificar a Dios mediante una vida pura y fructífera, tanto en lo material como en lo espiritual. La redención abarca al hombre como un todo y como tal lo transforma (1 Co 6.20). La redención culminará gloriosamente en la RESURRECCIÓN (Hch 26.18; Ro 8.15–23 ; 1 Co 15.55–57).

4. JUSTIFICACIÓN

(heb., tsedheq, tsadheq; gr., dikaioo, validar, absolver, vindicar, rectificar). La palabra justificación puede ser definida como el acto judicial de Dios por medio del cual, basado en la obra meritoria de Cristo imputada al pecador y recibida por fe, Dios declara al pecador absuelto de pecado, liberado de su pena y restaurado como justo. Significa estar establecido por Dios en una relación recta con él. Esta doctrina se encuentra en las epístolas de Pablo, especialmente las de Gálatas y Romanos.
Como un revés de la actitud de Dios hacia el pecador dada la nueva relación del pecador con Cristo, justificación es:
(1) Un acto declarativo por el cual se declara al pecador libre de culpa y de las consecuencias del pecado (Romanos 4:6-8; 5:18, 19; 8:33, 34; 2 Corintios 5:19-21);
(2) Un acto judicial en el cual la idea de juicio y de salvación se combinan para representar el cumplimiento de la ley por parte de Cristo a favor del pecador (Mateo 10:41; Romanos 3:26; 8:3; 2 Corintios 5:21; Gálatas 3:13; 1 Timoteo 1:9; 1 Pedro 3:18);
(3) Un acto remisivo en el cual Dios en realidad remite el pecado en un perdón completo (Romanos 4:5; 6:7); y.
(4)Un acto restaurativo por el cual el pecador perdonado encuentra nuevamente el agrado de Dios al imputársele la justicia de Cristo (Romanos 5:11; 1Corintios 1:30; Gálatas 3:6).
Las Escrituras enseñan cuatro puntos básicos e indispensables acerca del acto de justificación. La justificación implica:

A: REMISIÓN DEL CASTIGO:

Por medio de la cual el creyente justificado es declarado libre de las demandas de la ley ya que ellas han sido satisfechas en Cristo (Romanos 4:5) y no está expuesto más a la pena de la ley (Romanos 6:7).

B. RESTAURACIÓN AL FAVOR DE DIOS:

En que el creyente justificado es declarado personalmente justo en Cristo. Una mera absolución o remisión dejaría al pecador en la misma condición de un criminal puesto en libertad.
Justificación da a entender que el trato de Dios con el pecador es como si él nunca hubiera pecado. El pecador es considerado ahora personalmente justo en Cristo (Gálatas 3:6). No hay sólo absolución sino también aprobación; no sólo perdón, sino también promoción.

C. IMPUTADA LA JUSTICIA DE DIOS:

La cual es impartida al creyente justificado por medio de la presencia de Cristo. La salvación en Cristo imparte al creyente la calidad y el carácter de la justicia de Cristo (Romanos 3:22-26; Filipenses 3:9). Cristo llega a ser el Justificador por medio del cual una nueva vida es inaugurada en el creyente (1 Corintios 1:30).

D. NUEVA CONDICIÓN LEGAL ANTE DIOS:

En la cual, en lugar de estar bajo la condenación del pecado, el creyente justificado se encuentra ante Dios en Cristo. Cristo toma el lugar del pecador, el lugar de maldición (Gálatas 3:13), siendo hecho pecado (2 Corintios 5:21) y siendo juzgado por el pecado; el creyente se encuentra ahora en la justicia de Cristo (Romanos 3:25) y es considerado como un hijo (Gálatas 4:5).
La base sobre la cual depende la justificación es la obra redentora en la muerte de Cristo. La justicia intrínseca de Cristo es la única base por la cual Dios puede justificar al pecador (Romanos 3:24; 5:19; 8:1; 10:4; 1 Corintios 1:8; 6:11; Filipenses 3:9; Tito 3:7).
La causa instrumental de justificación es la fe, siendo esta la respuesta del alma a la gracia redentora de Dios (Romanos 3:28).
La fe es la condición de la justificación pero no puede ser considerada meritoria, sino que solamente como la condición por medio de la cual la obra meritoria de Cristo es aceptada por el pecador. La base definitiva de la justificación es la obra de Cristo completada, acabada y adecuada que como sacrificio expiatorio para bien del pecador obtuvo él en su obra redentora en la cruz. La justificación es un acto por el cual el Dios tres veces santo declara que el pecador que cree viene a ser justo y aceptable ante Él, por cuanto Cristo ha llevado su pecado en la cruz, habiendo sido «hecho justicia» en su favor (1 Co. 1:30).
La justificación es gratuita, esto es, totalmente inmerecida (Ro. 3:24);sin embargo, se efectúa sobre una base de total justicia, por cuanto Dios no simplemente pasa el borrador sobre nuestros pecados con menosprecio de su santa Ley. Las demandas de su santidad han quedado plenamente satisfechas en Jesucristo que, no habiéndola jamás quebrantado, sino siendo Él mismo totalmente santo y justo, llevó en nuestro lugar toda la ira por la Ley quebrantada y por toda la iniquidad del hombre.
En el tiempo de «su paciencia» (el AT), Dios podía parecer injusto al no castigar a hombres como David, p. ej.; ahora, al haber mantenido en la cruz su justicia y amor, puede justificar libremente al impío (Ro. 3:25-26; 4:5). Jesús nos justifica por su sangre (Ro. 5:9) y por su pura gracia (Tit. 3:7). Así, la justificación se recibe por la fe, y nunca en base a las obras (Ro. 3:26-30; 4:5; 5:1; 11:6; Gá. 2:16; Ef. 2:8-10).Se trata de un acto soberano de Aquel que, en Cristo, nos ha llamado, justificado y glorificado: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Ro. 8:30-34).
El pecador acusado por la Ley (Gá. 3:10-14), por Satanás (Zac. 3:1-5; Ap. 12:10-11) y por su conciencia (1 Jn. 3:20), no queda solamente librado del castigo por el Juez Soberano: es declarado justo, y hecho más blanco que la nieve (Is. 1:18). Para él ya no hay condenación (Ro. 8:1), por cuanto Dios lo ve en Cristo, revestido de la justicia perfecta de su divino hijo (2 Co. 5:21). El punto más controvertido en el curso de los siglos con respecto a esta maravillosa doctrina es el siguiente: ¿Es la fe realmente la única condición de la justificación, o no son necesarias las buenas obras junto con la fe para llegar a ella? Se encuentran acerca de este tema las opiniones más extremas. Ya entre los primeros cristianos los había que pensaban que se podían contentar como una adhesión sólo intelectual a la doctrina evangélica, sin consecuencias prácticas en cuanto a su vida moral y servicio.
Pablo tuvo que refutar constantemente este grave error (Ro. 16:1). Los capítulos 12 a 16 de Romanos completan su magistral exposición de la salvación por la fe insistiendo en la realidad de las obras que son el fruto necesario de la justificación (cfr. Gá. 5:16-25; Tit. 2:14; 3:1, 5, 8, 14, etc.). En cuanto a Santiago, dice exactamente lo mismo al afirmar que «la fe sin obras es muerta».
La fe que justificó a Abraham era viva, por cuanto produjo obras; fue por ello que la fe «se perfeccionó por las obras» (Ro. 2:17-26). Se puede resumir de la siguiente manera la argumentación de los dos autores inspirados: el pecador es justificado gratuitamente por la sola fe, antes de haber podido llevar a cabo obra alguna de ningún tipo (Pablo); desde el momento en que recibe la gracia de Dios, su fe produce obras que constituyen la demostración de la realidad de su justificación (Santiago). Si su fe permaneciera sin obras, ello demostraría que la pretensión de tener tal fe era vacía: «si alguno "dice" que tiene fe...» (Stg. 2:14). Un árbol silvestre tiene que ser injertado a fin de que produzca buenos frutos; el creyente recibe una nueva naturaleza precisamente con el objeto de que pueda dar buenos frutos, y no porque poco apoco haya ido produciendo frutos satisfactorios.
Pero si no produce buenos frutos, es que no hay naturaleza capaz de producirlos. No hay fe, se trata de una fe muerta. Es muy común el error de confundir la justificación con la santificación. Se aduce que no es posible aceptar que uno está justificado cuando siguen patentes las imperfecciones e incluso caídas en la vida espiritual. El hecho es que la justificación nos es dada desde el mismo momento en que creemos, desde el mismo momento de nuestro nuevo nacimiento.
Dios, en su gracia y por causa de la cruz, borra nuestros pecados y nos regenera. Desde aquel momento empieza el crecimiento del recién nacido en Cristo. Cada día se darán progresos a conseguir, victorias a ganar; el cristiano se halla en la escuela de Dios, donde día a día será corregido por las faltas cometidas, a fin de llegar a ser partícipe de la santidad de Dios gracias a la plenitud y poder del Espíritu Santo (1 Jn. 1:6-2:2). E
n el curso de la Edad Media, en las iglesias. Romana y Ortodoxa Griega, la doctrina de la justificación por la fe quedó oscurecida por una falsa concepción del papel de las buenas obras. La cruz de Cristo no era ya considerada como suficiente para satisfacer toda nuestra deuda: el hombre debía al menos satisfacer una parte por sus obras meritorias, sus peregrinaciones, por los ritos de la iglesia, y sus propios sufrimientos en el purgatorio. Fue al volver a descubrir las luminosas enseñanzas de Pablo, particularmente en las epístolas a los Romanos y a los Gálatas, que los Reformadores devolvieron a los creyentes la certidumbre de la salvación y les señalaron la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
La solución de Dios al problema del pecado, según nos la presenta la palabra de Dios, es como sigue: No condona el pecado (no hace la vista gorda ante el pecado), pero tampoco condena al pecador, sino que lo sustituye por Su Hijo (2 Co. 5:21).

1. DIOS TIENDE EL «PUENTE»

Por lo dicho (ver Is. 59:2) se ve que la sima que separa al pecador miserable del Dios justo y misericordioso es, en cierto modo, infinita en su «anchura»; hace falta un puente de infinita «largura» como para poder unir las dos orillas.
Pues bien, Dios, en su infinita misericordia ha tendido ese puente en Cristo (ver 2 Co. 5:19-21), para que todo aquel que cree (Jn. 3:16b) pueda pasar del reino de las tinieblas al reino de la luz (Col. 1:13). Cristo es el gran Pontífice, el único Pontífice, ya que «Pontífice» es un vocablo latino que significa: «el que hace de puente», o «el que hace puentes».

2. ¿CUÁL HA SIDO EL COSTO DE ESE «PUENTE»?

Por lo dicho se deduce que el «puente de salvación» le ha salido al hombre demasiado barato, tan barato que le ha sido otorgado totalmente gratis; y eso, cuando él no lo apetecía, sino que más bien se mantenía en rebeldía contra Dios (Ro. 5:6-10).
Pero lo que al hombre le ha salido otorgado gratis, a Dios le ha resultado extremadamente caro, porque «fuimos rescatados... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo».
Para evitar confusiones (como la que ocasiona la lectura de Ro. 3:25 en la RV), es preciso añadir de inmediato que no fue la sangre misma, sino el derramamiento de esa sangre, lo que tuvo el necesario valor sacrificial. Ya he dicho en otro lugar que era necesario derramar la sangre suficiente para causarle normalmente la muerte, y no más; pero él dio una prueba más de su generoso amor hacia nosotros, haciendo que saliese hasta la última gota de esa preciosa sangre.
De este modo, triunfó Dios en Cristo contra todos los poderes del mal (el diablo, el pecado, la muerte) y lo que parecía una derrota se ha convertido en una grandiosa y espectacular victoria (ver Col. 2:14-15).

3. EL DESAMPARO DEL HIJO DE DIOS

La sustitución efectuada en el Calvario alcanza honduras insondables que la palabra de Dios nos ayuda a vislumbrar: 2 Corintios 5:21 sirve para explicar el grito de Cristo en Mateo 27:46; Marcos 15:34 «Dios mío, Dios mío, ¿a qué fin me desamparaste?» (vers. literal).
Antes de pasar adelante, ruego al lector que advierta la diferencia entre lo que suelen decir las versiones y lo que dice el original:
A) Las partículas griegas hinatí = ¿para qué? (en Mt.) y eis tí = ¿hacia qué? (en Mr.), de ningún modo significan «¿por qué?» (diremos algo más sobre esto en las preguntas).
B) El verbo no está en pretérito perfecto («me has desamparado»), sino en aoristo («me desamparaste»), lo que sirve para entender que el eclipse mental de Cristo había pasado.
Si fue precisamente entonces cuando lanzó el grito, es porque el tormento de verse desamparado por el Padre fue tan intenso que no tuvo fuerzas para pronunciar palabra.
Hay versiones que traducen «abandonaste» o «has abandonado», en lugar de «desamparaste». Creo que, en cosas tan graves, hemos de procurar la mayor precisión posible. «Abandonar» tiene una connotación de ausencia física, mientras que «desamparar» tiene connotación de repugnancia moral. Lo explicaré con una ilustración: Una madre «abandona» a su hijo cuando se ausenta de él o lo despide de casa; pero lo «desampara» cuando no le presta la necesaria ayuda, aunque esté físicamente cerca de él.
En el Calvario, el Padre estaba tan físicamente al lado del Hijo que compartía con él (como siempre) la misma Deidad; en cambio, lo desamparó como si volviese la cara al otro lado ante la repugnancia que le causaban los pecados con que estaba cargado, a pesar del amor permanente entre las tres Personas de la Deidad.
Después de lo dicho, me apresuro a prevenir contra una posible confusión. En efecto, el hecho de que Dios Padre continuase en todo momento amando al Hijo, máxime cuando este Hijo estaba dando el supremo ejemplo de su «obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8), no es óbice para entender el desamparo en toda su negrura hasta el quebrantamiento de su eterna comunión espiritual con el Padre, ya que 2 Corintios 5:21 no dice que Dios hiciese a Cristo «víctima por el pecado», sino que «lo hizo pecado», ya que en la Cruz, Cristo estaba envuelto por el pecado de la humanidad, aunque su interior se conservaba completamente puro y santo, de lo contrario no habría estado debidamente cualificado para ofrecer su sacrificio de expiación (ver He. 7:25).

4. ¿FUE NECESARIA PARA NUESTRA REDENCIÓN LA MUERTE DE CRISTO EN CRUZ?

A esta pregunta tenemos que responder afirmativamente: Fue necesario que Cristo muriera crucificado, porque, de lo contrario, habría muerto apedreado conforme a la Ley de Moisés (ver Dt. 21:18-23), con lo cual:
A) No le habría salido sangre, necesaria para el sacrificio (véase Lv. 17:11; He. 9:22).
B) Le habrían roto los huesos, contra Juan 19:36-37, a la luz de Salmos 22:16-17.
Es muy notable el que, muy pocos años antes de la muerte de Cristo (ver Jn. 10:31-33), el poder romano había quitado a los judíos la facultad de ejecutar la pena capital por lapidación (ver Jn. 18:31-32).

5. «Y POR SU LLAGA FUIMOS NOSOTROS CURADOS» (IS. 53:5)

Así vierte este lugar la RV. La Biblia de las Américas vierte: «y por sus heridas (margen: o, llagas) hemos sido sanados». Pedro (1 P. 2:24) vierte el hebreo de este modo: «con cuya herida fuisteis sanados», pero siguiendo a la Septuaginta (LXX), donde leemos: «y con la herida de él nosotros fuimos sanados».
Sin embargo, resulta sumamente interesante, y teológicamente importante, examinar el texto hebreo, que dice literalmente: «y con su azotaina (hubo) curación para nosotros». Pongo a continuación el hebreo, en su pronunciación castellana, porque nos ayudará en la explicación: «Ubajaburató («y con su azotaina») nirpá («curación») –se suple el verbo «haber»– lánu («para nosotros»)».
Dos detalles son dignos de análisis en ese pequeño fragmento de tres vocablos hebreos:
A) Tras la primera U, que es el vau copulativo, convertido en b (o, v), porque la palabra siguiente (bajaburató) comienza por b (preposición de ablativo); queda así jaburat (azotaina, en singular), en estado constructo, por estar «aglutinado», no suelto, y la o final que es el sufijo de 3ª persona singular masculina.
Ahora bien, jaburah (en estado absoluto) viene de la raíz jabar, que significa «unir», y así tenemos el nombre común jaber, que significa «asociado» con lo que jaburató lleva también, al menos, implícita la idea de «solidaridad de Cristo con nosotros», de acuerdo con Hebreos 2:14. Los dos conceptos de «sustitución» y «solidaridad» se unen así, dándonos la medida del amor con que Cristo se entregó voluntariamente por nosotros (ver Jn. 10:18; 2 Co. 8:9).
B) El otro detalle, más importante todavía, es que el hebreo no dice: nirpánu («fuimos curados») ni anájnu nirpánu («nosotros énfasis fuimos curados »), sino nirpá lánu = «curación para nosotros».
La diferencia es muy grande, pues, si dijese «fuimos curados», daría a entender que todos (Isaías se engloba a sí mismo con los rebeldes hijos de Israel) fuimos curados en la cruz de Cristo, lo cual es falso, pues sólo alcanzan curación los elegidos (implícitos en el «nosotros» de 1 P. 2:24); en cambio, si se traduce como debe hacerse según el original– «hubo curación para nosotros», estamos afirmando que Cristo, en la cruz, hizo provisión de salvación abundante para todos, aunque no todos se aprovechen de tal provisión a causa de la incredulidad.
Este segundo detalle nos servirá mucho en la lección 15. Me alegra ver que Alec Motyer, uno de los mejores expositores de lengua inglesa, en su magnífico comentario a Isaías (The Prophecy Of Isaiah, Inter-Varsity Press, pág. 429), dice: «it was “at the price of his wounds” that we have healing» (la cursiva es mía) = «fue al precio de sus heridas como tenemos curación».

5. SUSTITUCIÓN

La sustitución nos enseña que Dios suplió tolo lo necesario para nuestra Salvación.
Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;  (1Pe 3:18)
Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.  (Heb 10:4)
Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial;  (2ª Co 5:2)  pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. (2ª Co 5:3) veremos lo que significa mediador para ampliar este  termino

MEDIADOR

(gr., mesites, un intermediario). Una persona que hace posible relaciones amistosas entre dos o más personas distanciadas o separadas.
Corresponde al árbitro de (Job 9:33). El NT utiliza mesites dos veces en relación con Moisés como el mediador de la ley (Gálatas 3:19, 20) y cuatro veces refiriéndose a Jesús (1 Timoteo 2:5; Hebreos 8:6; 9:15; 12:24).
En el AT, Jonatán fue el intercesor de David ante Saúl (1 Samuel 19:4).
Abraham intercedió en nombre de Abimelec (Génesis 20) y Sodoma (Génesis 18:23-33). Moisés fue un mediador en nombre de faraón (Éxodo 8:8-13; 9:28-33) y de Israel (Éxodo 33:12-17). Samuel fue un intermediario cuando Israel recibió un rey (1 Samuel 9:15-27) y cuando se volvió corrupta (1 Samuel 12:19).
Los ángeles actuaron como mediadores a través de los cuales la voluntad de Dios se dio a conocer al hombre (Génesis 22:15; 24:40; 32:1; Jueces 6:11). A veces Dios apareció en forma humana (Génesis 12:7; 17:1; 35:7, 9; Daniel 8:17). En algunos casos, el ángel de Jehovah parece haber sido una manifestación de Dios, quizá una aparición temporaria del Mesías (Génesis 16:7-13). Luego, la clase sacerdotal actuó como mediadores entre el hombre y Dios (Levítico 1—7).
Este término se puede definir de una manera amplia como aquel que actúa entre dos partes, bien para reconciliarlas, bien entre partes en las que no se dé hostilidad, con el propósito de que concierten un acuerdo o pacto. Evidentemente, el mediador debe estar en relación con ambas partes.
En su sentido bíblico, el mediador es aquella persona que interviene entre Dios y el hombre, con el fin de comunicar la mente de Dios al hombre, y con el fin de representar al hombre a Dios abogando por su causa. Todos los mediadores del AT son tipos que señalan al Mediador único y definitivo, el Señor Jesucristo. Desde la Caída, el hombre ha estado moralmente separado de Dios; la distancia es infinita. Esta distancia ha sido cubierta por Cristo, como revelación de Dios, en su encarnación, y reconciliando al hombre con Dios, mediante su sacrificio expiatorio en la cruz.

(A) LA MEDIACIÓN EN EL AT.

En el AT hallamos una rica expresión de mediación en diversos tipos: Noé (Gn. 8:20), Abraham (Gn. 12:7, 8; 15:9-11), Isaac (Gn. 26:24),Jacob (Gn. 31:54; 33:20) actuaron como mediadores por sus familias ante Dios, y también dando a sus familias, en ocasiones, mensajes y proclamaciones proféticas de parte de Dios.
Melquisedec, el rey-sacerdote de Salem, nos es presentado como el tipo del rey teocrático ideal y verdadero tipo del sacerdocio de Jesucristo (Sal.110; cfr. He. 7).Moisés vino a ser el primer mediador nacional entre Dios e Israel. Su misión fue la de ser el portavoz del Señor ante el pueblo, y el representante del pueblo ante Dios. Sólo él podía acercarse a Dios, y fue con él con quien el Señor habló directamente, cara a cara (cfr. Éx. 33:11).
Y él se presentó a Dios para comunicarle las palabras del pueblo a Él, como a un soberano a quien sólo puede tener acceso su ministro designado (cfr. Éx. 19:8). Su mediación intercesora queda dramáticamente ejemplificada en el episodio del becerro de oro. Dios estaba dispuesto a destruir a todo el pueblo de Israel, pero Moisés se interpuso, orando a Dios para que mostrara misericordia en el juicio (Éx. 32:12-14).
Otros ejemplos de mediación los tenemos en el sacerdocio levítico, y que tenía su mayor énfasis en su función de representar al hombre ante Dios (esp. Lv. 16), aunque se daba también el ministerio profético (la representación de Dios ante el hombre), puesto que el pueblo podía consultar al sumo sacerdote, que conocía la voluntad de Dios por medio del Urim y Tumim (Éx. 28:30; 1 S. 28:6; Esd. 2:63; Neh. 7:65).
Otros mediadores cuya principal función era representar a Dios ante el pueblo y dar a conocer su voluntad y propósitos fueron los profetas. El advenimiento de la monarquía llevó del reinado directo de Jehová sobre Israel al reinado por mediación de un rey, responsable ante Jehová del recto gobierno de su pueblo (1 S. 8:4-9). A partir de entonces el rey es considerado como «el ungido de Jehová». El rey teocrático tuvo su realización más aproximada en David, el hombre según el corazón de Jehová (cfr. 1 S. 13:14), y de cuya dinastía surgiría Aquel que reuniría en Sí el oficio de Mediador de un Nuevo Pacto, último y definitivo, en el triple aspecto de Sacerdote,
Profeta y Rey. Como Sacerdote, prefigurado por Melquisedec (Sal. 110); como Profeta, preanunciado por el mismo Moisés (Dt. 18:15); y como Rey teocrático, prefigurado por David (conquistador) y Salomón (rey de paz), y prometido por Dios al mismo David (cfr. 1 Cr. 17:11-14, que evidentemente van más allá de Salomón, y contempla ya al Rey mesiánico; cfr. asimismo Jer. 30 y 31).
Otro aspecto de gran importancia en la figura del Mediador es el de «Siervo Sufriente». Como Mediador, buscando abrir el camino a un perdón justo por parte de Dios, de manera que «él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro. 3:26, véase JUSTIFICACIÓN), para obrar la reconciliación (2 Co. 18:21). Esta obra la efectuó siendo «herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:56). Fue tomando nuestro lugar bajo la ira de Dios contra el pecado, habiendo asumido la naturaleza humana, excepto el pecado, que pudo venir a ser «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29). Un Hombre capaz, Dios hecho carne, dando satisfacción infinita a Dios Juez por todos los pecados de la humanidad. Es sobre la base de esta redención efectuada que tiene lugar en el presente la actividad mediadora de Cristo en el cielo.

(B) LA MEDIACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO.

Por su encarnación (véase ENCARNACIÓN), Cristo vino a revelarnos al Padre (Jn. 1:49). Por sus palabras de amor, por sus actos de misericordia y poder, podemos conocer el corazón del Padre de una manera entrañable y directa. Por mediación de Cristo, Dios el Hijo encarnado, podemos llegar a conocer verdaderamente que el Dios justo del Sinaí es asimismo AMOR (1 Jn. 4:8).
Así, el concepto de mediación, que se va desarrollando a través de las páginas de la Biblia, desde el gemido de Job: «No hay entre nosotros [Dios y Job] árbitro que ponga sus manos sobre nosotros dos» (Job 9:33, cfr. v. 32) y a través de todos los tipos y sombras, llega hasta su máxima y definitiva expresión en Cristo, Dios y Hombre verdadero, aquel que no sólo es Redentor capaz en base a su doble naturaleza, humana y divina, sino que también es Mediador capaz, en base a la misma razón. Por ello es que Pablo destaca: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5).
En efecto, se trata de Jesucristo como un verdadero hombre individual que asume nuestra representación ante Dios, de la misma manera que es como verdadero Dios eterno (cfr. Jn. 1:1, etc.), que se nos revela en su Encarnación y obra de Redención. Cristo viene a cumplir así el profundo deseo de Job, poniendo, por así decirlo, sobre el hombro de Dios y sobre el hombro de cada hombre, y aproximando al hombre enemistado con Dios a un Dios que ha querido obrar y ha obrado la reconciliación (cfr. Col. 1:20), reconciliación que ofrece a todos por el Evangelio de Su gracia, con un llamamiento entrañable en busca de sus enemigos para ofrecerles la salvación, que alcanza un carácter de lo más solemnemente patético, mostrando lo infinito del amor y de la compasión de Dios hacia sus pérdidas y errantes criaturas: «así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios» (2 Co. 20).

(C) LA SINGULARIDAD DE CRISTO COMO MEDIADOR.

Una cuestión de gran importancia a considerar es la afirmación bíblica de que Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres. El apóstol Pablo lo deja muy claro en su primera carta a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5).
Cristo mismo ya lo había afirmado en diversas maneras y bajo diferentes figuras de lenguaje: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Jn. 14:6), «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo» (Jn. 10:9). «Yo soy el buen pastor... » (Jn. 10:14).
Es solamente por medio de Cristo, y sólo Cristo, que podemos llegar a la salvación, a la vida, y a la comunión con Dios, «y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hch. 4:12). Por ello mismo, se deben rechazar todas las doctrinas que pretenden que el hombre necesite de la mediación de otros para llegar a Dios. Ni instituciones, ni hombres, ni santos, ni ángeles, ni María la madre del Señor, a quien la Iglesia de Roma atribuye el título de «mediadora de todas las Gracias», enfrentándose a la clara verdad que nos es presentada en las Escrituras.
En efecto, si ponemos a cualquier otro mediador entre nosotros y Dios, o a María para que incline el corazón de su Hijo en nuestro favor, como lo enseña la Iglesia de Roma, se contradice la liza afirmación de 1 Ti. 2:5 de que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. (Véase MARÍA).
La intercesión constituye una parte constante de la mediación. Cristo, el mediador del Nuevo Pacto, está en su ministerio celestial intercediendo por los suyos Intermediario entre un hombre y otro (2 S 14.1–23) o entre Dios y el hombre, por quien el uno y el otro se comunican. En la Biblia, donde se acentúa la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre, la idea de mediación involucra  EXPIACIÓN de los pecados, PROPICIACIÓN de la justicia divina y RECONCILIACIÓN de las dos partes. Aunque el término mediador aparece con poca frecuencia, todas las Escrituras están saturadas del concepto del Dios que busca a sus criaturas, valiéndose de una mediación adecuada a la madurez de su pueblo.
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO: Aunque el Antiguo Testamento concibe a Dios de manera concreta y antropomórfica, y le atribuye una intervención personal en la vida de la naturaleza y de los hombres, reconoce también otros mediadores entre Dios y la humanidad. (Solo en un pasaje, Job 9.33, aparece el término.)
Hay mediadores que pertenecen al mundo celestial. Los ÁNGELES son mensajeros de Dios, sobre todo el ÁNGEL DEL SEÑOR. Sin embargo, la idea de esta mediación con un sentido salvífico aparece en una época muy tardía (Job 5.1; Dn 6.22; 10.13; 12.1s; Zac 1.12s) y en forma bien delimitada. En esta época, gracias a un nuevo énfasis sobre la trascendencia divina, adquirieron cualidades divinizadas la SABIDURÍA, la PALABR y el ESPÍRITU DE DIOS.
Algunas hombres ejercían una mediación descendente (es decir, de Dios al pueblo), como los profetas y patriarcas. Así, sobre todo según la concepción posterior, Moisés transmitió las leyes divinas y hablaba con Jehová íntimamente. Como mediador, también pedía gracia para el pueblo culpable y calmaba la ira divina. El sistema sacrificial era capital en la mediación, y los SACERDOTES y el REY, ungidos de Dios, podían actuar como mediadores. El SIERVO DE JEHOVÁ es mediador por excelencia no solo entre Dios e Israel, sino entre Dios y todos los pueblos (Is 49.6; 52.13–15; 53.11).

EN EL NUEVO TESTAMENTO

En la persona divino-humana de Jesucristo la mediación alcanza su cumplimiento pleno (Hch 4.12; 1 Ti 2.5s). En los Sinópticos, a Jesús se le presenta como el HIJO por excelencia, único revelador del Padre (Mt 11.27), poseído de su propia autoridad y enviado para dar su vida en rescate (Mc 10.45 HIJO DEL HOMBRE). Predica y realiza el REINO DE DIOS, y sella con sangre el nuevo PACTO; por eso exige una entrega y seguimiento incondicionales. Según el Evangelio de Juan, Cristo era mediador aun desde la eternidad (1.3s). El VERBO encarnado media el conocimiento de Dios (1.18; 14.9), la gracia (1.14, 16) y la vida eterna (3.16), porque es el único camino hacia el Padre (14.6).
Pablo elabora más sistemáticamente estos conceptos, y es seguido en esto por otros escritores (cf. frases como «por medio de Cristo», «en Cristo», Ro 2.16; 5.9; 2 Co 5.18; Col 1.20). Cristo medió en la creación del universo (1 Co 8.6; Col 1.16; Heb 1.2), pero lo hizo especialmente en el establecimiento del nuevo pacto (Heb 6.17; 8.6; 9.15; 12.24). En su función de nuevo Sumo Sacerdote es superior a Moisés (Gal 3.19s; Heb 7), y su sacrificio expiatorio es perfecto (Heb 9.11–14).

6. REGENERACIÓN

(gr., paligguenesia, nacimiento). La regeneración tiene como su idea básica nacer de nuevo o ser restaurado. Aunque la palabra es en realidad usada solamente dos veces en el NT (Mateo 19:28; Tito 3:5), muchos pasajes sinónimos sugieren su significado básico. Términos relacionados son nacer de nuevo (Juan 3:3, 5, 7), nacido de Dios (1:13; 1 Juan 3:9), dar vida (Efesios 2:1, 5), y renovación (Romanos 12:2; Tito 3:5). La regeneración es el cambio espiritual realizado en los corazones de las personas en las que su naturaleza pecaminosa inherente es cambiada y por la que ellas son capacitadas a responder a Dios en fe.
La regeneración es, por lo tanto, un acto de Dios a través de la agencia inmediata del Espíritu Santo operativo en el ser humano (Colosenses 2:13), originando en él una nueva dimensión de vida moral, una resurrección a nueva vida en Cristo. Esta nueva vida no es meramente un estado neutral que resulta del perdón de pecado, sino una implantación de la justicia de Cristo en el humano, por el cual él le da vida (Juan 5:21), es engendrado (1 Juan 5:1), hecho una nueva criatura (2 Corintios 5:17), recibe una nueva vida (Romanos 6:4) y la naturaleza divina (2 Pedro 1:4). (gr. «palingenesia»).
La regeneración o nuevo nacimiento es el cambio de naturaleza producido por el Espíritu Santo en el hombre, al que le comunica una vida nueva. La justificación cambia la situación del hombre ante Dios: es declarado justo, y no más considerado como pecador; la regeneración transforma su ser moral y espiritual. Lo primero es necesario a causa de su culpabilidad; lo segundo, a causa de su corrupción.
El hombre natural está muerto en sus delitos y pecados (Ef. 2:1). No puede recibir ni conocer las cosas del Espíritu de Dios (1 Co.2:14). No puede ni ver el Reino de Dios ni entraren él (Jn. 3:3, 5). Para ello, es necesario que nazca de nuevo, no ya de la carne, sino de Dios (Jn. 3:6-8). Juan insiste en el hecho de que «todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios» (1Jn. 5:1); aún más, ya no es un hijo del diablo, sino de Dios (1 Jn. 3:8-10); habiendo pasado de muerte a vida, puede amar a sus hermanos (1 Jn. 3:14; 4: 7). El Señor crea en él un hombre nuevo (Ef.4:22-24; Col. 3:9-10); hace de él una nueva criatura (2 Co. 5:17), comunicándole una nueva naturaleza. El creyente resucita así espiritualmente con Cristo, que vive en Él por el Espíritu, permitiéndole vivir para Su gloria (Ro. 6:4-11;8:9; Gá. 5:16, 22-25).
Los factores de la regeneración, tales como sondados en las Escrituras, son los siguientes:
(A) La Palabra viva y permanente de Dios actúa en muchos como una semilla de vida (1 P. 1:23; cfr. Ro. 10:17).
(B) La obra milagrosa del Espíritu Santo nos resucita espiritualmente  (Tit. 3:5; Jn. 3:5-8).Esta obra es instantánea, como el nacimiento físico, incluso si la conversión (que es su resultado) lo es menos (véase CONVERSIÓN).
(C) Habiendo recibido la Palabra de Dios y aceptado la obra de convicción del Espíritu Santo, la fe es puesta de corazón en Jesucristo.
A partir de ahí, «tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida»(Jn. 5:24).La regeneración bautismal es la enseñanza de la iglesia de Roma y de aquellas confesiones que participan en su concepción ritualista-sacramental. Según esta enseñanza, el bautismo es la causa eficaz de la regeneración de una manera milagrosa, y los niños que mueren sin bautismo no pueden entrar en el Paraíso.
Es de esta manera que se malinterpreta el pasaje de Jn. 3:3-5. Sin embargo, todo lo que se ha expuesto acerca del papel de la Palabra de Dios, del Espíritu Santo, y de la fe, muestra lo erróneo de tal interpretación. En realidad no es el bautismo de agua lo que regenera al que oye con fe; el bautismo de agua es el símbolo y testimonio de esta realidad, y la incorporación al testimonio corporal de la Iglesia en su aspecto externo.
REGENERACIÓN: Cambio radical que el Espíritu Santo realiza en el hombre cuando este, habiendo oído y creído la palabra de Dios, recibe a Jesucristo como Salvador. La persona pasa del dominio del pecado al dominio del Espíritu, e inicia el crecimiento y el progreso espirituales cuya meta es la perfección, el llegar a ser semejante a Cristo ( Mt 13.23 ; Jn 3.5; Ro 8.29 ; 2 Co 5.17 ; 1 P 1.21–23 ).
El término «regeneración» aparece solo dos veces en el Nuevo Testamento (RV). Una es en Mateo 19.28 , donde nuestro Señor lo emplea en un sentido escatológico, refiriéndose a la restauración de todas las cosas, cuando los apóstoles participarán con Él en gloria, autoridad y juicio. La otra es en Tito 3.5, donde el apóstol Pablo compara nuestra salvación con un lavamiento o limpieza que purifica la naturaleza pecaminosa del hombre.
Pero la doctrina de la regeneración está implícita en muchísimos pasajes. Quizás el principal de todos sea el de Juan 3.1–12, en el cual se relata la conversación de Jesús y NICODEMO. Allí nuestro Señor habló del nuevo nacimiento como la condición indispensable no solo para ver o comprender el REINO DE DIOS, sino para entrar y pertenecer a él. La figura de un segundo nacimiento da a entender que el cambio debe ser tan radical que en la práctica sea un nuevo nacimiento. La idea de que el hombre está muerto en el pecado, pero que en el Espíritu nace y vive, es prominente en el Nuevo Testamento (Jn 5.24; Ef 2.1 ; Col 2.13 ).
La iniciativa en la regeneración pertenece a Dios y se efectúa por el Espíritu Santo (Jn 1.13 ; 3.5 , 8 ); los efectos de ella son duraderos ( Ro 8.2 ; 2 Co 5.17 ). No es posible entender ni explicar racionalmente este cambio, pero sus resultados son evidentes (Lc 3.8; Jn 3.7 , 8 ).
En el Antiguo Testamento la enseñanza de la regeneración se aplica más bien al pueblo escogido, y se habla de la restauración de Israel como tal. Sin embargo, la base de esta transformación nacional es el cambio moral del individuo mismo; de ahí que los profetas hicieran hincapié en la necesidad de un nuevo corazón. La salvación que Dios prometió abarca eso: darles un corazón nuevo (Jer 24.7; 31.31–33; Ez 11.19).
El rey David entendió que la solución del problema espiritual de su naturaleza pecaminosa (Sal 51.5) era que Dios lo volviera una nueva criatura con un corazón limpio (51.10 ). Este es el «nuevo hombre» de que Pablo habla varias veces (Ef 2.51; 4.24).
La regeneración se diferencia de la JUSTIFICACIÓN en que esta es un cambio en nuestra relación con Dios, mientras que aquella es un cambio en nuestra naturaleza moral. Ambas, sin embargo, son experiencias simultáneas provenientes de la gracia divina. Así mismo, también la regeneración es diferente de la SANTIFICACIÓN: la primera es el comienzo de la vida nueva; la segunda es el desarrollo de esta vida hacia la perfección. La regeneración es el nacer, y la santificación el crecer en la nueva vida en Cristo.

7. LA SANTIFICACIÓN.

El proceso o resultado de ser hecho santo. Cuando la santidad se aplica a cosas, lugares y a personas significa que ellos son consagrados y apartados para el uso de Dios. Cuando es usada en relación con personas, puede tener una dimensión moral. De este modo en el NT, los creyentes son descritos como ya (objetivamente) santificados en Cristo (1 Corintios 1:2, 30).
Son llamados a mostrar esa consagración en sus vidas (1 Tesalonicenses 4:3; 5:23; Hebreos 2:11; 9:13; 10:10, 14, 29; 13:12). Han de ser santos en su vivir diario por el poder del Espíritu Santo.
La santificación es la obra del Espíritu Santo en nosotros, para purificarnos, separarnos del mal y hacemos conforme a la imagen de Cristo y aceptos a Dios. De la misma manera que no podemos merecer nuestra salvación, tampoco podemos santificarnos mediante nuestros propios esfuerzos. Es Dios quien purifica nuestros corazones por la fe (Hch. 15:9), en respuesta a nuestra fe.
Es Él que nos santifica (Éx. 31:13; Lv. 20:7-8). «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo... el cual también lo hará» (1 Ts. 5:23-24). Los gentiles deben serle «ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo» (Ro. 15:16). «Ya habéis sido santificados por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª Co. 6:11; 1 P. 1:2; 2 Ts. 2:13). Para santificarnos, el Espíritu Santo se sirve sobre todo de la Palabra de verdad, que Él inspiró, y de la oración, que Él también nos inspira (Jn. 17:17; 15:3; Ef. 5:26; 1Ti. 4:5; cfr. 1 P. 1:2).
El Espíritu Santo glorifica a Cristo, que nos ha sido hecho santificación (1 Co. 1:30). Hemos sido santificados en Él, y Él se ha santificado por nosotros (1 Co. 1:2; Jn. 17:19). El Espíritu nos revela sobre todo la verdad capital de que «somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre»(He. 10:10). Es Su sangre la que purifica de todo pecado, después de habernos procurado el perdón (1 Jn. 1:7, 9). Ro. 6:3-4 nos muestra que después de haber muerto, en Cristo, al pecado, podemos resucitar con Él y andar en novedad de vida, teniendo «por fruto la santidad» (Ro. 6:22). Todo el cap. 8 de Romanos, sin emplear el término «santificación», nos revela su secreto: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús» (Ro. 8:2) debe actuar en nosotros y transformar nuestra vida.
Entonces no viviremos ya más bajo el dominio dela carne, sino bajo la disciplina del Espíritu, que hará morir en nosotros las acciones del cuerpo (Ro. 8:13). Pablo habla del gran misterio de la morada del Señor en nosotros, que quiere así volvernos «perfectos en Cristo» (Col. 1:26-28).
Se han formulado muchas teorías contradictorias acerca de la santificación. Siguiendo a Wesley, ciertos intérpretes ven en ella una «segunda bendición» que debe seguir a la conversión y que debemos recibir instantáneamente por la fe. Afirman ellos que Dios purifica entonces de inmediato nuestro corazón de su pecado original, «de todo aquello que nos impulsaba al mal».
Esta doctrina se acerca peligrosamente al perfeccionismo. En el opuesto extremo se hallan aquellos cristianos que enseñan que nunca nos desembarazaremos aquí abajo del hombre viejo, y que nos encontraremos siempre en el lastimoso estado de Ro. 7. Estos autores no han comprendido la gloriosa solución expuesta en el cap. 8, como ya se ha descrito brevemente en los párrafos anteriores. El salvo queda liberado al entrar en la consciencia y en el disfrute de la provisión del Espíritu en él. Esta presencia es el privilegio de todo hijo de Dios, que debe vivir entonces según el Espíritu (Ro. 8:9; 1 Co. 6:19).
Así, aunque verdaderamente la erradicación del«hombre viejo» sólo tendrá lugar para el cristiano bien por la muerte, bien por la transformación en el arrebatamiento (. 1 Co. 15:51-54; 1 Ts. 4:14-17), el creyente tiene el privilegio de andar en el poder de la nueva vida en resurrección en Cristo, y por tanto de considerarse en la práctica tal como está ya posicionalmente: muerto al pecado (cfr. Ro. 6: Col. 3).
De esta manera, el creyente puede vivir una vida victoriosa; no obstante, se debe tener en cuenta en todo caso que el andar del cristiano está continuamente sostenido por el oficio intercesor de Cristo en el Cielo  Hay también provisión «si alguno pecare», en Cristo como Abogado (1 Jn. 1:9-2:2).
Guardados por el poder de Dios para salvación (1 P. 1:5), y con el Espíritu Santo, que puede santificarnos por completo, y guardar nuestro espíritu, alma y cuerpo irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo, el cristiano puede así vivir una vida grata a Dios. Y tiene un poderoso motivo para ello, porque el Señor Jesucristo vendrá «para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron»
SANTIFICACIÓN: La doctrina de la justificación conduce naturalmente a la de la santificación. El estado justificado reclama una vida de santificación, consagrada al servicio de Dios.

NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS DE LA SANTIFICACIÓN.

La santificación puede ser definida como la operación del Espíritu Santo, que mediante la divina gracia purifica al pecador, renueva toda su naturaleza a la imagen de Dios y le capacita para realizar buenas obras. Difiere de la justificación en que tiene lugar en la vida interior del hombre, y no es un acto legal, sino una nueva creación. Generalmente es un proceso largo, y nunca produce la completa perfección en esta vida. Aunque es decididamente una obra sobrenatural de Dios, el creyente puede y debe cooperar en ella por un uso diligente de los medios que Dios ha puesto a su disposición, 2.a Cor... 7:1; Col. 3 6-14; 1.a Pedro 1:22.
La santificación no consiste en una simple supresión de lo que ya fue abandonado en la regeneración, sino que implica fortificar, acrecentar e intensificar la nueva vida.
Consta de dos partes: la supresión de las contaminaciones y corrupción de la naturaleza humana, Rom. 6:6; Gal. 5:24, y el desarrollo gradual de la nueva vida de consagración a Dios, Rom. 6:4-5; Col. 2:12; 3:1, 2; Gal. 2:19. Puesto que tiene lugar en el corazón del hombre, afecta naturalmente a toda su vida, Rom. 6:12; 1ª Cor. 6:15, 20; 1.a Tes. 5:23.
El cambio en el hombre interior ha de producir obligatoriamente un cambio en su vida exterior. Que el hombre tiene que cooperar en la obra de santificación se desprende de las repetidas advertencias contra el mal y las tentaciones, Rom. 12:9, 16 y 17; 1.a Cor... 6:9, 10; Gal. 5:16-23 y de las constantes exhortaciones a una vida santa, Miq. 6:8; Juan 15:4-7; Rom. 8:12, 13; 12:1 y Gal. 6:7, 8, 15.

EL CARÁCTER IMPERFECTO DE LA SANTIFICACIÓN EN ESTA VIDA

Aun cuando la santificación afecta a todas las partes del hombre, sin embargo, el desarrollo espiritual de los creyentes permanece imperfecto durante toda su vida.
Tenemos que luchar contra el pecado mientras vivimos, 1ª Reyes 8:46; Prov. 20:9; Santo 3:2 y 1.a Juan 1:8. La vida del creyente se caracteriza por una lucha constante entre la carne y el espíritu.
Aun los mejores creyentes tienen que confesar sus pecados, Job. 9; 3:20; Salmo 32:5; 130:3; Proverbios 20:9; Isaías 64:6; Daniel 9:7; Romanos 7:14 y 1.a Juan 1:9. En todas estas citas hallamos a los creyentes orando por el perdón, Salmo 51:1-2; Daniel 9:16, o exhortados a ello, Mateo 6: 12-13; Santiago 5:15, y luchando para alcanzar una mayor perfección, Romanos 7:7, 26; Gálatas 5:17; Filipenses 3:12 y 14.
Esta verdad es negada por los llamados perfeccionistas, que sostienen que el hombre puede alcanzar la santidad en esta misma vida. Se fijan en el hecho de que la Biblia manda a los creyentes ser perfectos, Mateo 5:48; 1. Pedro 1:16; Santiago 1:4 y habla de algunos como perfectos, Génesis 6:9; Job 1:8; 1.a Reyes 15:14; Filipenses 3:15 y también en la declaración de que aquel que es nacido de Dios no peca, 1ª Juan 3:6, 8, 9, 15 y 18. Pero el hecho de que tenemos que esforzamos para alcanzar la perfección no prueba que algunos sean ya perfectos.
Además la palabra «perfecto» no significa siempre una persona completamente libre de pecado, Noé, Job, Asa fueron llamados perfectos, pero su historia demuestra claramente que no eran absolutamente sin pecado. Y el apóstol Juan quiere significar o bien que el nuevo hombre no peca, o que los creyentes no viven en el pecado. Notemos que el mismo declara: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros, 1 Juan 1:8.

SANTIFICACIÓN Y BUENAS OBRAS

La santificación conduce naturalmente a una vida de buenas obras. Estas pueden ser llamadas los frutos de la santificación. Las tales obras no son perfectas en sí mismas ni proceden de una perfecta santificación, sino que brotan del principio de amor y fe en Dios que existe en el alma, de acuerdo con una consciente conformidad con la voluntad de Dios según nos ha sido revelada, Deut. 6:2; Mateo 7: 17 y 18; 12:33, 35 y Heb. 11 :6, y son hechas 1ª Sam. 15 :22; Santo 2 :8, teniendo como objetivo final la gloria de Dios, 1.a Cor... 10 :31; Col. 3 :17, 23. Solamente los que son regenerados por el Espíritu de Dios pueden realizar tales buenas obras. Esto no significa, sin embargo, que los no regenerados no pueda hacer el bien en ningún sentido de la palabra.
Véase 2ª Reyes 10:29, 30; 12:2; 14:3; Lucas 6:33 y Rom. 2:14. En virtud de la gracia común de Dios los no regenerados pueden realizar obras que están de acuerdo externamente con la Ley y sirven a sus propósitos loables; pero estas obras son siempre radicalmente defectuosas porque están separadas de la raíz espiritual del amor a Dios y no significan una obediencia interior efectiva a la Ley divina ni tienen como principal propósito la gloria de Dios. En oposición con los Católico-Romanos debemos sostener que las buenas obras del creyente no son meritorias, Lucas 17:9-10; Efesios 2:8-10 y Tito 3:5; aun cuando Dios promete recompensarlas con recompensas abundantes y generosas, 1.a Corintios 3:14; Hebreos 11:26.
En oposición a los antinominianos, debemos hacer hincapié en la necesidad de las buenas obras, Colosenses 1:10; 2. Timoteo 2:21; Tito 2:14 y Hebreos 10:24.

LA SANTIFICACIÓN COMO OBRA DE DIOS.

1. 1ª Tes. 5:23. «El Dios de paz os santifique en todo para que vuestro espíritu alma y cuerpo sea guardado entero y sin reprensión para la Venida de Nuestro Señor Jesucristo.
2. Hebreos 2:11. «Porque el que santifica Y los que son santificados de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos».

LA COOPERACIÓN DEL HOMBRE EN LA SANTIFICACIÓN

1. 2. a Cor... 7:1. «Así que amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en el temor de Dios».
2. Heb. 14:14. «Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual ninguno verá al Señor».

LA MORTIFICACIÓN DEL VIEJO HOMBRE

1. Rom. 6:6. «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre, juntamente fue crucificado con El, para que el cuerpo del pecado sea desecho a fin de que no sirvamos más al pecado».
2. Gal. 5:24. «Así que los que son de Cristo: han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias.

LA VIVIFICACIÓN DEL NUEVO HOMBRE

1. Ef. 4:24. «y vestir el nuevo hombre que es creado según Dios en justicia y santidad de verdad».
2. Col. 3:10. «y revestidos del nuevo, el cual por el conocimiento es renovado conforme a la imagen del que lo crió».

SANTIFICACIÓN INCOMPLETA EN ESTA VIDA.

1. Rom. 7: 18. «Y yo sé que en mí (es a saber en mi carne), no mora el bien: porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo».
2. Fil. 3:12. «No que ya lo haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; mas prosigo al blanco para ver si alcanzo aquello para lo cual fui también alcanzado de Cristo Jesús».

LA NATURALEZA DE LAS BUENAS OBRAS

1. 1a Sam. 15:22. «y Samuel dijo: ¿Tiene Jehová tanto contentamiento con los holocaustos y víctimas, como en obedecer a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros».
2. 1 Cor... 10:31. «Así que comáis o bebáis o hagáis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios».
3. Heb. 11:6. «Sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que a El se allega, crea que lo hay y que es galardonador de los que le buscan».

8. RECONCILIACIÓN

(gr., katallagué). La reconciliación es un cambio de relación entre Dios y el hombre basado en el cambio de posición del hombre a través de la obra redentora de Cristo. En el NT se sugieren tres aspectos de este cambio:
1. Una reconciliación de personas entre quienes ha existido un estado de enemistad; Dios establece en la obra redentora de Cristo la base de esta cambiada relación de personas (Romanos 5:10; 2 Corintios 5:19).
Nunca se dice que Dios se reconcilia con el hombre, sino que el hombre lo hace con Dios, debido a que es lo pecaminoso del hombre que crea la enemistad (Romanos 8:7; Colosenses 1:21) y precipita la ira de Dios(Efesios 2:3, 5).
2. Una reconciliación de condición de modo que todas las bases de la relación de enemistad son quitadas y las bases de un compañerismo completo se establecen (2 Corintios 5:18-20; Efesios 2:16).
3. Una reconciliación que surge del cambio en el hombre inducido por la acción de Dios. El hombre no es reconciliado meramente porque su relación ha cambiado, sino porque Dios lo ha cambiado a él a través de Cristo de modo que él pueda ser reconciliado (Romanos 5:11; 11:15; 2 Corintios 5:18; Efesios 2:5).
La reconciliación proviene, por lo tanto, de Dios, a través de Cristo, para el hombre, de modo que no solamente las barreras de oposición al compañerismo que pudiesen existir en la gente pecaminosa sean removidas, sino que la base positiva para el compañerismo pudiese ser establecida a través de la justicia de Cristo imputada al hombre.
Aunque el fundamento suficiente de la reconciliación está establecida en la obra redentora completa de Cristo, la reconciliación es la base sobre la que se establece el continuo compañerismo (Romanos 5:10). Alejado el hombre de Dios, su Creador, al desobedecerlo, la justicia y santidad de Dios debían ser vindicadas.
El Señor rompió la comunión con el pecador (Gn. 3:23-24), juzgando un mundo lleno de violencia por el pecado en el Diluvio (Gn. 6:5-7) y dejando tras Babel que las naciones siguieran sus propios caminos (Gn. 11:8-9).
Para Israel, es en la expiación que se muestra la posibilidad de la reconciliación. Se trata de una propiciación: una vez que se había hecho expiación por el pecado, y la sangre de la víctima estaba sobre el propiciatorio, la Ley quedaba cumplida, la justicia satisfecha y vindicada, y Dios podía libremente exhibir Su misericordia y amor. El propiciatorio (véase PROPICIATORIO) es el único lugar dado en el que Dios se puede encontrar con Aarón, que representa a todo el pueblo (Éx. 25:22).
El gran Día de la Expiación expresaba así de una manera simbólica y profética la gran amnistía que se proclamaría un día con la venida del Mesías (Lv. 16). «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Co. 5:19). Por la cruz, Cristo quitó el pecado, destruyó la enemistad, estableció la paz y reconcilió a los hombres (judíos y paganos), no sólo con Dios, sino también entre ellos (Ef. 2:16).La reconciliación operada en el Calvario tuvo efectos hasta en el cielo (Col. 1:20-22; Ef. 1:10).
Es el mismo Jesucristo que pagó el precio de nuestra reconciliación, la paga del pecado que demandaba la vindicación de la justicia divina para mantener Su santidad. Desde entonces puede tomar la mano del pecador arrepentido, y ponerla en la del Dios de santidad y de amor con toda justicia (cfr. Ro. 3:23-25).
Sin embargo, es de todo punto necesario que el rebelde reconozca su culpa y que acepte «ser reconciliado con Dios». En efecto, ¿cómo podrán reconciliarse con Dios los que pretenden «no haber hecho nunca nada malo»? El corazón de Israel era «falso y rebelde» (Jer. 5:23), y somos todos por naturaleza «hijos de desobediencia» (Ef.2:2-3). Es una gracia suprema saber que «siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Ro. 5:10).
Y este acto no pertenece sólo al pasado: el que cree de corazón en Jesucristo, obtiene la reconciliación de una manera actual y presente (Ro. 5:10-11).Además, Dios confía a los creyentes «el ministerio de la reconciliación». Hace de ellos embajadores de Cristo, que suplican a los hombres en todo lugar que se reconcilien con Él (2 Co. 5:18-20).No se trata de una simple proclamación de una salvación universal que todos los hombres ya posean.
La reconciliación es para todos aquellos que no rechacen la provisión de Dios para su salvación. El hecho trágico es que son muchos los que no dan la respuesta de obediencia de fe a Dios en Cristo, y de los que, por tanto, se puede decir que permanece la ira de Dios sobre ellos (Jn.3:36 y Mt. 23:37).
RECONCILIACIÓN: es el Restablecimiento de la amistad del hombre con Dios, pues entre ambos reinaba la enemistad; y, más que el establecimiento de buenas relaciones en general, es la eliminación de un profundo desacuerdo. El hombre por su pecado se encontraba alejado de Dios; pero en la persona de su Hijo, Dios mismo ofreció el camino hacia la reconciliación.
Según la enseñanza paulina, la reconciliación es una muestra del amor de Dios y un estado presente (Ro 5.10); se recibe a través del Señor Jesucristo (v. 11). La exclusión temporal de los judíos del plan de Dios provocó la reconciliación del mundo gentil (Ro 11.15; 2 Co 5.18 ); Dios, estando en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo (v. 19).
La acción espontánea de Dios anula la enemistad que mantiene al hombre separado de su Creador, y la creación de una naturaleza redimida dentro del hombre capacita a este para llevar una vida de comunión y amor con Dios (Ro 5.11).
Pablo resume el plan redentor de Dios en «la palabra de la reconciliación» (2 Co 5.19), la cual ha sido encomendada a los cristianos para su proclamación a todas las personas. «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados».

9: IMPUTACIÓN

IMPUTAR. Un término que significa atribuir algo a otra persona, o acreditar algo a la cuenta de otro. Esto a veces se lleva a cabo en una manera judicial, de tal manera que la cosa imputada llega a ser la base para recompensa o castigo.
En algunas versiones los términos heb. Y gr. también se traducen por tenido en cuenta, ser considerado, imputar, atribuir, tomar en cuenta, ser contado por, etc. El imputar es algo que se menciona por toda la Biblia (Levítico 7:18; 17:4; 2 Samuel 19:19; Salmo 32:2; Romanos 4:3-25; 5:13; 2Corintios 5:19; Gálatas 3:6; Santiago 2:23), subrayando las doctrinas del pecado original, la expiación y la justificación.
El pecado de Adán no sólo afectó sino también se imputó a su posteridad (Romanos 5:12-21). Por el pecado de Adán entraron al mundo la muerte y el pecado, y fueron pasados a todos los hombres. En Adán todos los hombres fueron condenados y hechos pecadores. Cristo llevó nuestros pecados y murió en nuestro lugar (Isaías 53; 2Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24). Esta es una verdad básica para la doctrina de la expiación.
La justificación (Romanos 3:24; 5:15; Gálatas 5:4; Tito 3:7) incluye el hecho de que los méritos del sufrimiento y la obediencia de Cristo son imputados al pecador, y de ahí en adelante éste es considerado justo ante los ojos de Dios.
La imputación tiene un importante puesto en el plan divino de salvación. «Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado» (Sal.32:2; Ro. 4:8).
El pecado del que cree en Jesús no le es imputado. Cristo ha hecho la expiación; el creyente puede tener que ser disciplinado debido a ellos (1 Co. 11:31, 32; He. 12:7), pero no hay imputación. Al contrario, entra en la bendición del hombre al que Dios imputa, o cuenta, justicia sin obras.
Abraham creyó a Dios, y le fue contado (mismo término) como justicia; y esto es verdad de todos los creyentes sin distinción (Ro. 4:3, 4).Por ello, no sólo se trata de que los pecados del creyente no le sean imputados, sino que es contado como justo. En 2 Co. 5:19 se da el aspecto de gracia por el cual Cristo vino a la tierra.
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no imputando a los hombres sus ofensas; sin embargo, el mundo lo rechazó y sigue rechazando. En Ro. 5:13, «donde no hay ley, no se inculpa de pecado», trata del gobierno de Dios. Los que pecan sin ley, sin la ley perecerán (cfr. Ro. 2:12). El pecado no deja de serlo ante Dios. Sin embargo, los que no tienen la ley no son llamados a dar cuenta de sus actos ahora en el gobierno de Dios sobre la tierra (. Hch. 17:30).

10. LA GLORIFICACIÓN

Recuerdo un momento crucial antes de un partido final por un campeonato de baloncesto en la escuela secundaria, cuando nos abrazamos con mis compañeros de equipo para escuchar las instrucciones de último minuto de nuestro entrenador. Nuestro entrenador, tratando de inspirarnos hacia la victoria, nos dijo:
"Muchachos, hemos trabajado mucho para este momento. Ahora salid y ¡cubríos de gloria!" Lo hicimos. Ganamos el campeonato que tanto habíamos ansiado y nos cubrimos de gloria. Pero este tipo de gloria es pasajera. La búsqueda de este tipo de gloria comienza otra vez con la iniciación de cada nueva temporada o cada nuevo campeonato.
Hay una gloria mayor, una gloria permanente y que nos satisface mucho más, que les espera a todos los santos al final de su peregrinación espiritual. En la Biblia se la conoce como la "glorificación". La glorificación es el término utilizado por Pablo en su "cadena de oro" de la redención:
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Ya los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; ya los que justificó, a éstos también glorificó (Romanos 8:29-30).
La doctrina de la glorificación se refiere al momento cuando, en la segunda venida de Cristo, los verdaderos creyentes, tanto los vivos como los muertos, tendrán la redención completa y final de sus cuerpos y alcanzarán su estado final.
La salvación de los escogidos se completará. "Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad" (l Corintios 15:53). Al final, la muerte, el último enemigo, será sorbida en victoria. El proceso de la santificación habrá llegado a la meta.
La glorificación, entonces, es la gran esperanza del creyente para el futuro. Dios hará que todo esté bien y lo mantendrá de ese modo por toda la eternidad. Pero la glorificación también es un consuelo en el presente. En este mundo caído donde sufrimos el pecado tanto dentro como fuera de nosotros, es un consuelo saber que Dios está ahora mismo trabajando para purificar a sus santos y preparándolos para su gloria futura. El creyente en cierto sentido ya ha sido glorificado, sellado para la eternidad, para siempre un hijo de Dios.
1. La glorificación constituye el punto final de nuestra salvación.
2. La glorificación completará nuestra santificación.
3. La promesa de la glorificación futura nos da consuelo e inspiración para el presente.

PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN

Juan 17:13-23 Romanos 8:29-30 1 Corintios 15:50-54 2 Corintios 3:18.
El pasaje primario del Nuevo Testamento sobre la glorificación o resurrección del cuerpo es 1 Corintios 15: 12-58. Pablo dice: «También en Cristo todos volverán a vivir, pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen» (vv. 22-23).' Pablo considera la naturaleza del cuerpo de resurrección con algún detalle en los versículos 35-50, que examinaremos en la sección C más abajo. Luego concluye el pasaje diciendo que no todos los creyentes morirán, sino que cuando Cristo vuelva sus cuerpos serán cambiados instantáneamente en nuevos cuerpos de resurrección que nunca envejecerán, ni se debilitarán, ni pueden morir:
Fíjense bien en el misterio que les vaya revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados (1 Co. 15:51-52).
Pablo explica más en 1 Tesalonicenses que las almas de los que han muerto e ido a estar con Cristo volverán y serán reunidas con sus cuerpos en ese día, porque Cristo las traerá consigo: « ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él» (1 Ts 4:4). Pero aquí Pablo afirma no sólo que Dios traerá con Cristo a los que han muerto; también afirma que «los muertos en Cristo resucitarán primero» (1 Ts 4:16).
Así que estos creyentes que han muerto con Cristo también son resucitados para encontrarse con Cristo (Pablo dice en el v. 17: «seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontramos con el Señor en el aire»). Esto sólo tiene sentido si son las almas de los creyentes que han ido a estar en la presencia de Cristo que vuelven con él, y son sus cuerpos los que son resucitados de los muertos para unirse con sus almas, y entonces ascienden para estar con Cristo.
Además de estos pasajes en 1 Corintios 15 Y 1 Tesalonicenses 4, varios otros pasajes del Nuevo Testamento afirman la realidad de la doctrina de la glorificación. Jesús dice: «viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán de allí. Los que han hecho el bien resucitarán para tener vida, pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados» Gn 5:28-29).
Jesús también dice: «y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Porque la voluntad de mi Padre es que todo el que reconozca al Hijo y crea en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final» Gn 6:39-40; cf. vv. 44, 54).
Pablo dice: «el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes» (Ro 8:11; 2 Ca 5:1-7). Él se da cuenta de que los creyentes deben vivir con anhelante expectación del retomo de Cristo y del cambio en nuestros cuerpos para ser como el propio cuerpo perfecto de Jesús. Dice: «En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso, mediante el poder con que somete a sí mismo todas las cosas» (Flp 3:20-21).
Varios pasajes indican que Pablo esperaba una considerable medida de continuidad entre nuestros presentes cuerpos terrenales y nuestros cuerpos futuros de resurrección. Pablo dijo: «El mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes» (Ro 8: 11). Dijo que Jesús «transformará nuestro cuerpo miserable para que sea como su cuerpo glorioso» (Flp 3:21).
Y cuando Pablo habló de la naturaleza del cuerpo de resurrección dio un ejemplo de una semilla que se siembra en el suelo: «No plantas el cuerpo que luego ha de nacer sino que siembras una simple semilla de trigo o de otro grano. Pero Dios le da el cuerpo que quiso darle, y a cada clase de semilla le da un cuerpo propio» (1 Co. 15:37-38). En este ejemplo, él echa mano del conocimiento humano común de que hay diferencias entre lo que se siembra y lo que brota (vv. 42:44), pero también hay continuidad; así como una semilla crece para ser una planta más grande, reteniendo la materia que había en ella pero tomando en sí misma otros materiales de la tierra por igual, así nosotros tendremos continuidad y diferencias también.
En esta analogía podemos decir que lo que sea que quede en la tumba de nuestros cuerpos físicos Dios lo tomará y transformará y usará para hacer un nuevo cuerpo de resurrección. Pero los detalles de cómo esto sucederá siguen siendo oscuros para nosotros, puesto que la Biblia no los especifica; debemos afirmar esto porque la Biblia lo enseña, aunque no podamos explicar completamente cómo sucederá.

11. PROPICIACIACIÓN

(gr. «hilasmos», del verbo «ser propicio»). La propiciación denota, en las Escrituras, aquel aspecto de la muerte de Cristo en el que vindicó el carácter santo y recto de Dios, y en virtud del cual Él puede ser propicio, o misericordioso, a todo el mundo (1 Jn. 2:2; 4:10).
En He. 2:17 se usa una palabra relacionada (el verbo), «expiar los pecados del pueblo», en la versión Reina-Valera, revisión antigua y 1960, o «hacer propiciación» (Rev. 77; V. M.; cfr. «Nuevo Testamento interlineal griego-español» de F Lacueva, loc. cit.).En Ro. 3:25 el término no debería ser «propiciación», sino «propiciatorio», tal y como se traduce correctamente en He. 9:5. .
PROPICIACIÓN: Satisfacción de la JUSTICIA de Dios mediante un Dios es santo y su reacción vindicadora (Sal7.11; IRA DE DIOS ) solo se aplaca al quitar el pecado que la causó.
En el Nuevo Testamento, la muerte expiatoria de Cristo es la promesa por excelencia (Ro3.25). Hizo posible que Dios fuera propicio hacia los creyentes y el mundo entero (1 Jn 2.2; cf. Heb 8.12). La promesa destaca la gravedad del pecado, lo grande de la obra redentora de Cristo y la invitación al pecador de apropiarse esa obra perfecta

VEREMOS EXPICIACIÓN PARA ENTENDER MEJOR LO QUE ES PROPICIACIÓN

12. EXPIACIÓN.

Incluye la idea de reparación, de lograr una reconciliación que produce armonía entre los que han estado separados, enemistados. En el AT, expiación se expresa mayormente por el verbo kaphar, cuya raíz significa cubrir.
El sustantivo relacionado con este verbo, kopher, se usa principalmente en casos de rescate que cubre la ofensa, no de barrerlo fuera de la vista sino hacer un pago equivalente para que la ofensa sea realmente y exactamente pagada (p. ej. Éxodo 30:12 rescate; Números 35:31; Salmo 49:7; Isaías 43:3). Originándose de este uso del sustantivo, una sección entera del verbo (en heb. las formas piel y pual, kipper y kuppar) llegó a reservarse para expresar sólo la idea de quitar la ofensa por medio de un pago equivalente y de esta manera acercando al que cometió la ofensa con el ofendido. Los únicos usos seculares de esta palabra (en Génesis 32:20; Levítico 5:16; 16:30, 33; 17:11) muestran también que los medios de expiación, el precio real pagado como equivalente del pecado cometido, era la sangre sacrificial, la vida entregada en la muerte.
En el ritual del día de la Expiación (Levítico 16:15-17, 20-22) el Señor quería que su pueblo supiera la significación de lo que había sucedido en secreto cuando el sumo sacerdote rociaba la sangre sobre la cubierta de expiación (heb., kapporeth). Por lo tanto decretó la ceremonia del macho cabrío vivo para que pudieran ver con sus propios ojos a sus pecados puestos sobre otro y ver que sus pecados eran quitados para siempre para nunca volver.
En la teología cristiana, la expiación es la doctrina central de la fe y puede correctamente incluir todo lo que Jesús logró para nosotros en la cruz. Fue una expiación vicaria (sustituta). En el día de la Expiación el macho cabrío, que era sustituido, en cierto sentido no era tan valioso como una persona, aunque nunca hubiera pecado; pero Dios en su gracia sin igual proveyó un sustituto que era infinitamente mejor que el pecador, absolutamente sin pecado y santo y más querido por el Padre que toda su creación. La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23) y al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él (2Corintios 5:21).
Hay dos hechos contrarios que el ingenio de los teólogos no hubieran podido reconciliar sin la solución de Dios: Primero, que Dios es santo y odia el pecado y que según su santa ley el pecado es un crimen capital; y segundo, que Dios es amor (1 Juan 4:8). Así que el dilema era: ¿Cómo puede Dios ser justo y al mismo tiempo justificar al pecador? (Romanos 3:26). Juan 3:16 nos dice que tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo. En los eternos concilios de la Trinidad, Jesús se ofreció a sí mismo para cargar con nuestros pecados (Apocalipsis 13:8).
Voluntariamente se despojó a sí mismo de las divinas vestiduras de omnipotencia, omnisciencia y gloria (Fil 2:5-8) a fin de ser auténticamente humano. Cumplió a la perfección la ley en nuestro lugar (Mateo 5:18) y luego pagó la pena por nuestros pecados al morir por nosotros en la cruz. La obra expiatoria de nuestro Señor mira hacia tres direcciones: hacia el pecado (1 Pedro 1:18, 19), hacia nosotros (Romanos 5:6-11) y hacia el Santo Padre (1 Juan 2:1).
La RVA emplea el término expiación mientras la RVR-1960 utiliza la palabra “propiciación” tres veces: hilasterion (Romanos 3:25; también BA, BJ y VHA [DHH: perdón; RVA: expiación]); hilasmos (1 Juan 2:2; también BA, BJ y VHA [DHH: sacrificio; RVA: expiación]); hilasmos (4:10; también BA, BJ y VHA [DHH: sacrificio; RVA: expiación]). La BA la usa una vez más (hilaskomai, Hebreos 2:17 [BJ, RVA, RVR-1960 y VHA: expiar; DHH: obtener el perdón]. Propiciación y expiación no son sinónimos; tienen significados muy distintos.
Propiciación es algo que se hace a una persona: Cristo propició a Dios en el sentido de que apartó la ira de Dios de los pecadores culpables, soportando esa ira él mismo en la soledad del Calvario.
La expiación es lo que se hace para con delitos o pecados o malas acciones: Jesús proveyó el medio para limpiarlas o cancelarlas.

13. LA ADOPCIÓN.

La hija de faraón adoptó a Moisés (Éxodo 2:10) y Mardoqueo adoptó a Ester (Ester 2:7, 15). Hadad el edomita se casó con la hermana de la reina egipcia y el hijo de ellos, Genubat, fue criado entre los hijos de faraón, adoptado o no legalmente (1 Reyes 11:20). No se sabe si se practicaba la adopción en la propia tierra de los hebreos.
Pablo es el único escritor del NT que usa el término; en su caso es una metáfora derivada del uso helenístico y la ley romana. La situación legal de un hijo en los comienzos de Roma era poco menos que la de un esclavo, aunque en la práctica su rigor variaba según el temperamento del padre. Un hijo era propiedad de su padre quien:
(1) Tenía derecho a las ganancias de su hijo:
(2) Podía transferirlo como propiedad ya sea como una adopción o una venta auténtica y:
(3) Podía, bajo ciertas circunstancias, darle muerte.
Un hijo adoptivo era considerado como un hijo nacido en la familia. Ya no podía heredar de su padre natural. Ya no era responsable de sus antiguas deudas (una falla que eventualmente fue corregida). Para su familia anterior, estaba muerto. Con el correr del tiempo, se fueron incluyendo modificaciones al rigor con que se trataba a hijos en la ley romana y, sin duda, Pablo lo consideraba desde un punto de vista helenístico más liberal.
En Gálatas 4:1-3 Pablo enuncia correctamente la ley romana en cuanto a los hijos. Dios envió a su Hijo a nacer como un ser humano bajo la ley para redimir a los esclavos del pecado y darles todos los derechos de hijos (Gálatas 4:4, 5). Ser adoptados nos llevó de la esclavitud a ser hijos y herederos (<Gálatas 4:7).
La adopción es más que una cuestión de posición o estado; cuando Dios nos adoptó, puso su Espíritu en nosotros y fuimos sujetos a su control (Romanos 8:1-15). Esto incluye castigo (Hebreos 12:5-11) tanto como herencia (Romanos 8:16-18). Romanos 8:23 habla de nuestra adopción como algo futuro, en el sentido de que los efectos completos serán consumados en ocasión de la redención de nuestros cuerpos, la liberación de todas las restricciones que la limitación de un cuerpo mortal impone.
En Romanos 9:4 Pablo comienza con una enumeración de los privilegios de los israelitas con su adopción. Israel como hijo (Éxodo 4:22; Deuteronomio 14:1; Oseas 11:1) no era resultado de la relación natural por creación (Hechos 17:28), sino una peculiar por un pacto de promesa, una relación espiritual por fe, bajo la gracia soberana de Dios. Pablo expresa la acción de Dios que resultó en que nos adoptara y enumera sus efectos (Efesios 1:4-12).
Esta acción empezó con la elección de Dios: Nos escogió en él antes de la fundación del mundo, usando la predestinación como el modo (nos predestinó); a Cristo como agente (por Jesucristo); y él mismo es el padre que adopta para sí mismo. El acto soberano de Dios es recalcado en la frase final del v. 5: según el beneplácito de su voluntad. Que dicha adopción no es una mera cuestión de posición resulta claro al ver la declaración del propósito de la elección: nos escogió para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:4).
La adopción, en el sentido moderno que tiene esta palabra hoy día, o sea la incorporación en el seno de la familia, como hijo, de una persona ajena a ella, no se conoció entre los israelitas. En el resto del Medio Oriente se practicó ya desde la Antigüedad, teniendo por objeto proporcionar, a los maridos cuyas mujeres fueran estériles, hijos que los ayudasen en su trabajo y en su ancianidad.
En los archivos de Nuzi se conservan actas que nos relatan las adopciones llevadas a cabo por distintos señores. La adopción se expresaba por un rito común que se practicaba también en otros pueblos. El hijo se ponía encima o en las rodillas de la persona que lo adoptaba. La ceremonia se efectuaba para adoptara los hijos de una esclava (Gn. 30:3-8), y en el caso del abuelo con sus nietos (Gn. 48:5-12; 50:23; Rt. 4:16-17). El padre que carecía de hijo varón podía casar a su hija con un esclavo y considerar el hijo nacido del matrimonio como hijo propio (1 Cr. 2:35).
Los efectos de tal adopción (adopciones en sentido limitado, puesto que ocurrían dentro de la misma) eran limitados en cuanto a los derechos hereditarios. En el Derecho Romano la adopción era una especie de compra que se llevaba a cabo en presencia de testigos. San Pablo parece aludir a ella al escribir a los gálatas (Gá. 4:5).
En nuestros días, la adopción no es cosa rara entre los judíos ni en Oriente, donde se hace ante una autoridad con fórmulas legales. En el Nuevo Testamento la adopción denota un acto de libre gracia de Dios, por el cual, justificándonos por la fe, somos recibidos en la familia de Dios y constituidos herederos del patrimonio celestial. En Cristo Jesús, y mediante sus méritos expiatorios, los creyentes reciben la adopción «de hijos» (Gá. 4:4-5).
Algunos de los privilegios de este estado de adopción son el amor y cuidado de nuestro Padre celestial; la semejanza a su imagen, una confianza similar en Sí; el libre acceso a Sí en todo tiempo; el testimonio del Espíritu Santo, por el cual exclamamos: «¡Abba, Padre!», y el mismo Espíritu Santo, que es las arras que Dios nos da de su adopción en Cristo Jesús; y un titulo a nuestro hogar celestial (Ro.8:14-17; 9:4; Ef. 1:4-5).Que los creyentes son hijos adoptivos de Dios, se repite muchas veces en el Nuevo Testamento; Jesús no sólo enseña a los suyos a llamar a Dios «Padre nuestro» (Mt. 6:9), sino que da el título de«hijos de Dios» a los pacíficos (Mt. 5:9), a los caritativos (Lc. 6:35) y a los justos resucitados(Lc. 20:36).
El fundamento de este título está en todo el Antiguo Testamento y se precisa en la teología de San Pablo. La adopción filial era ya uno de los privilegios de Israel (Ro. 9:4), pero ahora los cristianos son hijos de Dios en un sentido mucho más fuerte, por la fe en Jesucristo (Gá. 3:26; Ef.1:5).
Esta doctrina está también en los escritos de San Juan: «Hay que renacer, dice Jesús a Nicodemo (Jn. 3:3-5), del agua y del Espíritu.» En efecto, a los que creen en Cristo les da Dios el poder ser hechos hijos de Dios (Jn. 1:12). Esta vida de hijos de Dios es para nosotros una realidad actual, aun cuando el mundo lo ignore (1 Jn. 3:1).
Vendrá un día cuando se manifestará abiertamente, y entonces seremos semejantes a Dios, porque lo veremos como Él es (1 Jn. 3:2).No se trata, pues, únicamente de un título que muestra el amor de Dios a sus criaturas: El hombre participa de la naturaleza de aquel que lo ha adoptado como hijo suyo (2 P. 2:4). Los hijos de Dios participan de la misma naturaleza de Dios, y la gracia viene directamente de la naturaleza divina.
ADOPCIÓN: Acto por el que una persona recibe como hijo a uno que no lo es, y le confiere todos los derechos y obligaciones de esa posición.
Aunque la adopción se conocía en tiempos antiguos (por ejemplo, en los archivos de NUZI), los judíos no la practicaban directamente. Por lo general, los casos en el Antiguo Testamento que se asemejan a la adopción formal sucedieron en países extranjeros y los adoptados de un israelita solían ser parientes cercanos (Gn 48.5; Éx 2.10; 1 R 11.20 ; Est 2.7 ).
En el Nuevo Testamento solo Pablo usa la palabra y da en cada una de las cinco referencias un sentido teológico. En el derecho romano, el término adoptio se usaba cuando un hombre tomaba como suyo al hijo de otro, en un acto que incluía una venta simbólica delante de testigos. Quizás Pablo se refiera a esta costumbre en Gal 4.5 , 6 .
La doctrina neotestamentaria de la adopción se presenta especialmente en Ro 8.15; Gál. 4.5 y Ef 1.5 . La posición de hijo se pone en contraste con la del esclavo (Ro 8.15 ; Gál. 4.7 ) o la de un menor bajo tutela ( Gal 3.25 , 26 ).
La adopción es un acto soberano y gratuito de Dios ( Ef 1.5 ), por el que, sin mérito humano y en base a la redención consumada en la cruz ( Gal 4.5 ), Él da al creyente en Cristo la posición de hijo suyo ( Gál. 3.26 ).
Usando adopción en un sentido algo distinto, Ro 9.4 habla de la relación especial que Dios estableció con la nación de Israel (Éx 4.22). Romanos 8.23 se refiere a la futura realización completa o «promulgación pública» de nuestra posición como hijos (cf. 1 Jn 3.1–3).
Como adoptado, el creyente tiene confianza en Dios en vez de temor ( Ro 8.15 ). La obra del Espíritu Santo es concientizarlo en su posición y encaminarlo en ella (Ro 8.14 , 16) hacia una herencia juntamente con Cristo (Ro 8.17). Aunque la palabra adopción no aparece en otros pasajes, el concepto se encuentra a través del Nuevo Testamento, sobre todo en los escritos de Juan (p. ej., Jn 1.12).

14. LA CONSERVACIÓN DIVINA

Es aquella obra continua de Dios por la cual sostiene todo lo que existe. Aunque el mundo tiene una existencia diferente del ser divino y no es parte de Dios, a pesar de todo la base de esta existencia continua del mundo es Dios mismo. Permanece así porque Dios manifiesta continuamente su poder, por el cual todas las cosas retienen su ser y su actividad. Encontramos tal doctrina en los pasajes siguientes: Salmo 136:25; 145:5; Nehemías 9: 6; Hechos 17:28; Colosenses 1:17; Hebreos 1:3.

LA CONCURRENCIA DIVINA

Es aquella obra divina por la cual Dios coopera con todas sus criaturas y hace que obren precisamente tal como obran. Ello implica que hay causas secundarias en el mundo como los poderes de la naturaleza y la voluntad humana, pero afirma que los tales no actúan independientemente de Dios. Dios obra en cada acto de sus criaturas, no solamente en sus actos buenos sino también en los malos. Dios los estimula para la acción, acompaña tal acción en todo momento y hace que tal acción sea eficaz.
De todos modos no debemos suponer que Dios y hombre sean causas iguales; Dios es la causa primaria y el hombre la causa secundaria. Tampoco debemos concebir tal cooperación como si cada agente hiciera una parte de la misma. Toda obra es enteramente un acto de Dios y un acto del hombre en su totalidad. Además, deberíamos tener presente que esta cooperación no hace a Dios responsable de los actos malos del hombre. Encontramos las bases de tal doctrina en las Escrituras, Deuteronomio 8:18; Salmo 104:20, 21, 30; Amos 3:6; Mateo 5:45; 10:29; Hechos 14:17; Filipenses 2:13.

EL GOBIERNO DIVINO

Es la actividad continua de Dios por la cual gobierna todas las cosas de modo que sirvan para el objeto por el cual fueron creadas. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos presentan a Dios como Rey del universo. Dios adapta su gobierno a la naturaleza de las criaturas que El rige. Así su gobierno físico difiere de su gobierno del mundo espiritual. El gobierno divino es universal, Salmo 103: 19; Daniel 4:34-35, e incluye los seres más insignificantes, Mateo 10:29:31, y aun aquello que parece accidental, Proverbios 16:33. Asimismo tiene que ver con las obras buenas y malas del hombre, Filipenses 2:13: Génesis 50:20 y Hechos 14:16.

15. LA PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS

La mayoría de nosotros conocemos a personas que han hecho una profesión de fe en Cristo y que hasta posiblemente han realizado un potente despliegue de fe, involucrándose activamente en la vida y el ministerio de la iglesia, para luego repudiar esa fe y abandonarla. Este tipo de experiencia siempre hace que surja la pregunta: ¿Acaso puede una persona que experimentó la salvación perderla? ¿Constituye la apostasía un peligro claro y actual para el creyente?
La Iglesia Romana Católica nos enseña que las personas pueden y de hecho pierden la salvación. Si una persona comete un pecado mortal, dicho pecado mata la gracia de la justificación que habita en su alma. Si muere antes de ser restaurada a un estado de gracia por medio del sacramento de la penitencia, irá al infierno.
Existen muchos protestantes que también creen que es posible perder la salvación. Las advertencias del capítulo 6 de Hebreos y la preocupación de Pablo con respecto a ser "eliminados" (1ª Corintios 9:27), así como los ejemplos del Rey Saúl y de otros, han conducido a muchas personas a concluir que las personas pueden caer completa e irreparablemente de la gracia.
Por otro lado, la teología de la Reforma enseña la doctrina de la perseverancia de los santos. Esta doctrina también es conocida como "la de la seguridad eterna". En esencia esta doctrina enseña que si uno tiene la fe salvífica nunca la podrá perder, y si se pierde es que nunca se tuvo. Como escribe Juan: "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2: 19).
Sabemos que es posible para algunas personas enamorarse de determinados elementos del cristianismo sin aceptar a Cristo mismo. Es posible que un joven se sienta atraído por la diversión y el estímulo de un grupo juvenil que tiene un programa interesante.
La persona puede "convertirse" al programa sin convertirse a Cristo. Dicha persona puede ser como la ilustrada en la parábola del sembrador:
El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron. Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó, porque no tenía humedad. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron. Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno (Lucas 8:5-8).
Esta parábola puede ser que se refiera a quienes en un principio creyeron, pero luego se apartaron, o puede significar que quienes "creyeron" tenían una fe falsa o espuria, como sostiene la teología de la Reforma. Solamente la semilla que cae en la buena tierra puede dar el fruto de la obediencia. Jesús nos dice que estas personas que escuchan su palabra "son las de corazón bueno y recto" (Lucas 8: 15). Su fe procede de un corazón verdaderamente regenerado.
La doctrina de la perseverancia no se basa en nuestra capacidad para perseverar, ni siquiera si somos regenerados, sino que se apoya en la promesa que Dios ha hecho de preservarnos. Pablo, escribiendo a los Filipenses, dice: "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6). Es por gracia y únicamente por gracia que los cristianos perseveran. Dios acabará la obra que comenzó. Se asegurará que los propósitos en la elección no se vean frustrados.
La cadena de oro de Romanos 8 nos da un testimonio adicional sobre esta esperanza: "Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Romanos 8:30). Y luego continúa para declarar que "ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:39).
Tenemos esta seguridad porque la salvación es del Señor y somos hechura suya. Él les da el Espíritu Santo a todos los creyentes como una promesa que ha de completar lo que comenzó.
También ha sellado a cada creyente con el Espíritu Santo. Nos ha marcado con una marca indeleble y nos ha dado su persona como primer depósito, lo que garantiza que cumplirá con la transacción.
La base principal de esta confianza la encontramos en la obra de Cristo como Sumo Sacerdote, que intercede por nosotros. De la misma manera que Jesús oró por la restauración de Pedro (pero no por la de Judas), así ora por nuestra restauración cuando tropezamos y caemos. Podemos caer durante un período, pero nunca caeremos del todo e irreparablemente. Jesús oró en el aposento alto: "Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese" (Juan 17:12).
Solo Judas se perdió, porque era el hijo de perdición desde el principio, y su profesión de fe había sido espuria. Aquellos que verdaderamente son creyentes no pueden ser arrebatados de la mano de Dios (Juan 10:27-30).
1. Muchas personas realizan una profesión de fe en Cristo y luego lo repudian.
2. La perseverancia de los santos se basa en las  promesas de Dios para preservar a los santos.
3. Dios completará la salvación de los escogidos.
4. La teología de la Reforma enseña que las personas que se apartan de la fe nunca fueron realmente creyentes.
5. Tenemos confianza en nuestra salvación porque hemos sido sellados con el Espíritu Santo. Dios nos ha dado su palabra en el Espíritu Santo para que nuestra salvación se complete.
6. La intercesión de Cristo es para nuestra preservación.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Juan 6:35-40Romanos 8:31-39Filipenses 1:6 2 Timoteo 2:14-19Hebreos 9:11-15

16. REMISIÓN, REMITIR

1. afesis (a[fesi), despido, liberación (de afiemi, véase B, Nº 1). Se utiliza del perdón de los pecados, y se traduce «remisión» en RV y «perdón» en RVR (Mt 26.28; Mc 1.4; Lc 1.77; 3.3; 24.47; Hch 5.31; 13.38; 26.18; Ef 1.7; Col 1.14; Heb 9.22; 10.18: «remisión» (RV, RVR). Véase , A, y también LIBERTAD.
2. apolutrosis (ajpoluvtrwsi), para lo cual véase bajo REDIMIR, B, Nº 2, se traduce «remisión» en Heb 9.15 (RV, RVR; VM, RVR77: «redención»).
Nota: Para anektos, traducido «más remisión» (Lc 10.12, RV; RVR: «más tolerable»), véase TOLERABLE.
VERBOS
afiemi (ajfivhmi), despedir, enviar (relacionado con A, Nº 1). Se traduce con el verbo remitir en Jn 20.23, dos veces: «A quienes remitiéres los pecados, les son remitidos». Las Escrituras dejan claro que las palabras del Señor no tenían la intención de otorgar el ejercicio de la absolución, la cual las Escrituras declaran que es la prerrogativa exclusiva de Dios.
No hay ningún caso en el NT de tal acción por parte de los apóstoles. Los términos se deben entender en un sentido «declarativo»; esta afirmación tiene que ver con los efectos del ministerio de ellos, con su doble efecto de remisión o de retención. No podían, ni nadie podía después de ellos, perdonar los pecados, como tampoco fue José quien restauró el copero a su oficio o colgó al panadero (Gn 41.13), ni como tampoco eran los profetas los que cumplían aquello «que declaraban que iba a sucederles a ellos mismos (Jer 1.10; Ez 43.3). 
Paradidomi (paradivdwmi,), Se traduce «remitía la causa al que juzga justamente» (1 P 2.23, RV; VM: «remitía»; RVR, RVR77, LBA: «encomendaba»; Besson: «se entregaba»).
PERDON: (heb., kaphar, nasa’, salach; gr., apoluein, charizesthai, aphesis, paresis). En el NT frecuentemente se usa remisión como equivalente de perdón. Significa dejar de lado el resentimiento o el derecho de compensación por una ofensa. La ofensa puede ser una privación de la propiedad, los derechos o el honor de una persona; o puede ser una violación de la ley moral.
Las condiciones normales para el perdón son el arrepentimiento y la voluntad de hacer reparación o expiación; y el efecto del perdón es la restauración de ambas partes al estado de relación anterior. El perdón es un deber y no debe ponerse un límite al mismo (Lucas 17:4). Un espíritu que no perdona es uno de los pecados más serios (Mateo 18:34, 35; Lucas 15:28-30).
Dios perdona los pecados del hombre por la muerte expiatoria de Cristo. El perdón de los humanos por Dios está estrechamente relacionado con el perdón de los semejantes por los hombres (Mateo 5:23, 24; 6:12; Colosenses 1:14; 3:13). Aquellos perdonados por Dios antes de la encarnación fueron perdonados debido a Cristo, cuya muerte estuvo predestinada desde la eternidad (Hebreos 11:40). La deidad de Cristo incluye el poder de perdonar los pecados (Marcos 2:7; Lucas 5:21; 7:49).

17. SÚPLICA, SUPLICACIÓN, SUPLICAR

1. deesis (devhsi), véase ORACIÓN, B, Nº 3. Se traduce «súplica» en Ef 6.18, dos veces; 1 Ti 5.5 (RV: «suplicaciones»); véase también ROGATIVA.
2. jiketeria (iJkethriva), forma femenina del adjetivo jiketerios, denotando «de un suplicante», utilizándose como nombre, anteriormente una rama de olivo llevada por un suplicante (jiketes), luego, más tarde, una súplica, utilizado con el Nº 1 en Heb 5.7: «ofreciendo ruegos y súplicas». En la LXX, Job 40.22 (versión castellana: 41.3).
Nota: El verbo proskuneo se traduce erróneamente «le suplicaba» en Mt 18.26 (RVR; RV adoraba»; VM: «rindió homenaje»).
ADORACIÓN (heb., shahah, inclinarse, postrarse; gr., proskyneo, postrarse, reverenciar). El honor, reverencia y homenaje dado a seres o poderes superiores, sean hombres, ángeles o Dios.
Cuando se rinde a Dios, la adoración implica un reconocimiento de las perfecciones divinas. Puede expresarse en forma de discurso directo, como en adoración, acción de gracias, o en servicio a Dios; puede ser privada o pública.
En tiempos patriarcales había la oración privada (p. ej., Génesis 18) y el acto público de edificar un altar (p. ej., Génesis 12:7). Moisés estableció la base de la adoración pública de Israel y le dio su punto céntrico en el tabernáculo (p. ej., 1 Samuel 1:1). El ritual del templo, que tuvo su origen en el tabernáculo, era conducido por los sacerdotes asistidos por los levitas.
En las sinagogas, el énfasis era más en la instrucción que en la adoración. Los cristianos judíos, mientras les fue permitido, continuaron adorando en el templo y la sinagoga, aun cuando para ellos todo el sistema ceremonial y de sacrificios había terminado con la muerte y resurrección de Jesús.
La adoración cristiana pública se desarrolló según el modelo de la sinagoga. Parece ser que desde el principio los creyentes se reunían en hogares para reuniones fraternales privadas; la ocasión era el día del Señor (Juan 20:19, 26; Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2). El culto público cristiano consistía en predicación (Hechos 20:7; 1 Corintios 14:9), lectura de las Escrituras (Colosenses 4:16; Santiago 1:22), oración (1 Corintios 14:14-16), canto (Efesios 5:19; <Colosenses 3:16), bautismos y la cena del Señor (Hechos 2:41; 1 Corintios 11:18-34), ofrenda para beneficencia (1 Corintios 16:1, 2), y algunas veces profetizar y hablar en lenguas.
ADORACIÓN Culto o reverencia que se rinde a Dios por sus obras (Sal 92.1–5 ) y por ser quien es ( Sal 100.1–4 ). Se expresa mediante ORACIÓN ( Gn 12.8 ; Neh 9 ), SACRIFICIO ( Gn 8.20 ), OFRENDA ( Gn 4.3 , 4 ; 1 S 1.3 ; Dt 26.10 ; 1 Cr 16.29 ); ALABANZA ( 2 Cr 7.3 ; Sal 29.1 , 2 ; 86.9 ; 138.1 , 2 ), CANTO ( Sal 66.4 ), ritos ( Éx 12.2, 27 ), meditación ( Sal 63.5 , 6 ), TEMOR ( Sal 96.9 ), AYUNO ( Neh 9.1–3 ; Lc 2.37 ), FIESTA y ACCIÓN DE GRACIAS ( 2 Cr 30.21 , 22 ), y sobre todo inclinación ( Sal 95.6 ; 1 Cr 29.20 ) y servicio ( Dt 11.13 ; Jos 22.27 ). Estos dos últimos conceptos se expresan en hebreo y en griego con palabras que también significan «adoración» (Dt 6.13 ; 10.12 , 13 ; 2 R 5.18 ; cf. Mt 4.10 ; Ro 12.1 ), de modo que no se distingue entre «servir» y «adorar» ni entre «inclinarse» y «adorar».
La adoración externa y cultual debe nacer de una actitud interna (Is 29.13), que a su vez se expresa en obediencia y una vida dedicada por entero al servicio de Dios ( 1 S 15.22 , 23 ; Miq 6.6–8 ; cf. Stg 1.27 ). El adorador debe ser bueno y justo ( Sal 15 ; Am 5.21–26 ) para que su adoración sea aceptada ( Sal 50.7–23 ; Is 1.11–20 ; cf. Mt 5.23 , 24 y Jn 4.23 ), además de sincero ( Sal 51.16–19 ).
En la adoración, los patriarcas invocaban el nombre de Jehová ( Gn 13.4 ), celebraban el pacto ( Gn 15.7–21 ) y la sustitución ( Gn 22 ; cf. Lv 17.11 ), y practicaban los lavamientos y las purificaciones ( Gn 35.2 ; cf. Éx 19.10 ), todo lo cual precede al culto más formal y complejo que se verá después en el TABERNÁCULO y el TEMPLO ( 1 6–8 ; 2 Cr 20–31 ). A pesar de este desarrollo posterior, no se pierde el aspecto personal de la adoración ( 2 S 17.18–29 ; Sal 23 ; Is 55.6–9 ).
En el Nuevo Testamento, el culto de la SINAGOGA ( Lc 4.16–21 ) se adapta a las necesidades de la IGLESIA . Incluye alabanzas, salmos, cánticos ( Ef 5.19 , 20 ), lectura bíblica, enseñanza, exhortación ( Col 3.16 ; 4.16 ; 1 Ti 4.13 ), oración, ayuno, santa cena ( Hch 2.46 ; 13.1–3 ; 1 Co 11.18–34 ), profecía ( 1 Co 14 ), doctrina, mensajes en lenguas e interpretación ( 1 Co 14.26 ).
En ambos testamentos el pueblo de Dios lo adora públicamente ( Hch 20.7 ), en privado ( Gn 24.26 , 27 ; Dn 6.10 ; Mt 6.5 , 6 ) y en familia ( Gn 35.1–3 ; Hch 16.30–34 ).
Se prohíbe terminantemente la adoración de seres humanos ( Hch 10.25 , 26 ; 14.11–15 ; cf. Est 3.2 , 5 ), ángeles ( Col 2.18 ; Ap 19.10 ; 22.8 , 9 ) u otra criatura ( Mt 4.10 ; Dt 6.13 ; Ap 14.9–11 ). La adoración de dioses falsos es una ofensa que trae las más terribles consecuencias en todo el Antiguo Testamento ( Éx 20.3–6 ; 32.1–11 , 30 , 35 ; Dt 4.15–18 ; 8.19 ; etc.; cf. Ro 1.25 ). En el Nuevo Testamento la adoración se dirige a Jesucristo ( Mt 14.33 ; Jn 5.22 , 23 ; Heb 1.6 ; Ap 5.8–14 ), y se destaca que el culto ofrecido a Jehová en el Antiguo Testamento explícitamente pertenece a Jesús ( Flp 2.10, 11 Is 45.23 ). La adoración a Dios y al Cordero es la esencia misma de la vida celestial ( Ap 4.6–11 ; 15.3 , 4 ; 19.1–8 ).

18. ORIGEN

anothen (a[nwqen), de arriba, de lo alto. Se traduce «desde su origen» (Lc 1.3)
Los siguientes adverbios tienen este significado (se omiten aquí las preposiciones).
1. ano (a[nw, ) denota arriba, en un lugar más elevado, Hch. 2.19 (lo opuesto a kato, abajo). Con el artículo significa aquello que está arriba (Gal 4.26; Flp 3.14, «el supremo llamamiento»); con el artículo plural, las cosas de arriba (Jn 8.23, lit.: «de las cosas de arriba»; Col 3.1,2). Con eos, tanto como, se traduce «hasta arriba» en Jn 2.47. Tiene el significado «hacia arriba» en Juan 11.41 y Heb 12.15. Véanse ALTO, BROTAR, SUPREMO.
2. anoteron (ajnwvteron, 511), grado comparativo del Nº 1; es el neutro del adjetivo anoteros. Se usa.
(A) de movimiento a un lugar más elevado, «más arriba» (Lc 14.10);
(B) de situación en un lugar más elevado, esto es, en la parte anterior de un pasaje, «diciendo primero» (RVR, VM), «al decir más arriba» (Heb 10.8).
3. anothen (a[nwqen, 509), de lo alto, de arriba. Se usa de lugar:
(A) del velo del templo, con el significado «de arriba» (Mt 27.51; Mc 15.38); de la vestidura de Cristo (Jn 19.23, lit.: «desde las partes superiores», plural);
(B) de cosas que provienen del cielo, o de Dios en el cielo (Jn 3.31; 19.11; Stg 1.17; 3.15, 17). Se utiliza también en el sentido de «de nuevo». Véanse ALTO (DE LO), ARRIBA (DE), (DE) NUEVO, (DESDE SU), ORIGEN, (DESDE EL PRINCIPIO).
(1) (analambano se traduce como «recibir arriba» en Mc 16.9; Hch 1.2, 22; 1 Ti 3.16 (RVR). 
(2) Anaspao se traduce «llevado arriba» en Hch 11.10 (RVR). Véase SACAR. (3) anafero (véanse LLEVAR, OFRECER), se traduce como «llevar arriba» en Lc 24.51 (RVR). (4) Analempsis se traduce en la RVR como «ser recibido arriba»
1. lambano (lambavnw), denota bien tomar o recibir: (I) literalmente: (a) sin un objeto, en contraste a pedir, p.ej., Mt 7.8: «recibe»; Mc 11.24: «que lo recibiréis» (VM: «que lo recibisteis ya»; RVR77: «que lo estáis recibiendo»); en el original no hay objeto; lit. «que habéis recibido»; (b) en contraste a dar, p.ej., Mt 10.8: «recibisteis»; Hch 20.35: «recibir»; (c) con objetos, sea que se trate de cosas, p.ej., Mc 10.30: «reciba cien veces más»; Lc 18.30: «que no haya de recibir mucho más» (en los mss. más comúnmente aceptados; en TR se utiliza Nº 4); Jn 13.30: «Cuando hubo tomado el bocado»; Hch 9.19: «habiendo tomado alimento»; 1 Co 9.25: «recibir una corona corruptible»; o personas, p.ej., Jn 6.21: «le recibieron»; 13.20: «El que recibe al que yo enviare»; 16.14: «tomará»; 2 Jn 10: «no lo recibáis». En Mc 14.65: «le daban de bofetadas» es, lit. «le recibieron a bofetadas»; así lo traducen RVR77: «los guardias le recibieron a bofetadas»; LBA: «los oficiales le recibieron a bofetadas»; por su parte, NVI traduce coloquialmente: «también los guardias la tomaron con él a bofetadas»; esto puede calificarse de vulgarismo; (II) metafóricamente, de la Palabra de Dios (Mt 13.20: «que la recibe con gozo»; Mc 4.16,11: «la reciben con gozo»); los dichos de Cristo (Jn 12.48: «el que … no recibe mis palabras»); el testimonio de Cristo (Jn 3.11: «no recibís nuestro testimonio»); un ciento en esta vida, y vida eterna en el mundo venidero (Mc 10.30); misericordia (Heb 4.16: «alcanzar», RV, RVR, RVR77; Besson: «recibamos»); una persona (prosopon, véase ROSTRO) Lc 20.21: «no haces acepción de persona»; lit. «no recibes la cara»; Gal 2.6: «Dios no hace acepción de personas». Se trata de una expresión utilizada en el AT, bien en el sentido de ser gentil o amable hacia alguien (p.ej., Gn 19.21; 32.20), o, en sentido negativo, en el sentido de ser imparcial (p.ej., Lv 19.15; Dt 10.17). Este último es el sentido que tiene en los dos pasajes del NT acabados de mencionar; véase PERSONAS (DE ACEPCIÓN). En Flp 3.12 se traduce: «No que lo haya alcanzado» (RVR). Este verbo, sin embargo, no significa «alcanzar» (contrastar con katantao, alcanzar, llegar, v. 11; véanse ALCANZAR, LLEGAR, etc.). Moule traduce este pasaje así: «No que yo haya ya recibido»; VM traduce «No que yo haya recibido», esto es, el premio. Nota: Lambano y prosopon están combinados en los nombres prosopolempsia, acepción de personas, y prosopolemptes, uno que hace acepción de personas, así como en el verbo prosopolempteo, hacer acepción de personas; véase PERSONAS (ACEPCIÓN DE).
2. paralambano (paralambavnw, 3880), recibir de otro (para, procedente del lado), o tomar, tiene el sentido de recibir en Mt 1.20, de las instrucciones dadas a José con respecto a María; v. 24: «recibió a su mujer»; Jn 1.11, de la no recepción de Cristo por parte de los suyos: «los suyos no le recibieron»; 1 Co 11.23, de la recepción por parte de Pablo de la enseñanza del Señor con respecto al memorial de la Cena: «yo recibí del Señor»; 15.1, de la recepción del evangelio: «el cual también recibisteis»; v. 3, de la recepción de doctrina: «lo que asimismo recibí»; Gal 1.9, de la recepción del evangelio: «Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema»; v. 12, del hecho de que Pablo no recibió de hombre alguno el evangelio que predicaba; Flp 4.9, de actuar conforme a las enseñanzas del apóstol: «Lo que … recibisteis … esto haced»; Col 2.6, de los creyentes habiendo recibido al Señor Jesucristo, siendo por ello mismo exhortados a andar «en Él»; 4.17: «recibiste», de un ministerio; 1 Ts 2.13: «cuando recibisteis», de la Palabra de Dios; 2 Ts 3.6: «recibisteis», de la enseñanza recibida de Pablo, Silvano y Timoteo por los tesalonicenses; Heb 12.28: «recibiendo», de la recepción de un reino inconmovible, en una exhortación a la consiguiente gratitud y consagración a Dios por parte del creyente. Véase TOMAR, y también APRENDER, Nº 3, LLEVAR, Nº 26.
3. analambano (ajnalambavnw), tomar arriba (ana), tomar para uno mismo, recibir. Se traduce con el verbo recibir en Mc 16.19; Hch 1.2,22; 1 Ti 3.16: «fue recibido arriba». Véase TOMAR, y también ARRIBA, LLEVAR, Nº 25, RECOGER.
4. apolambano (ajpolambavnw, 618), significa recibir de otro: (a) recibir algo debido a uno (Lc 18.30, TR, en los mss. más comúnmente aceptados aparece el Nº 1; 23.41; Ro 1.27; Col 3.24; 2 Jn 8); (b) sin la indicación de que lo recibido sea debido (Lc 16.25; Gal 4.5; en TR, 3 Jn 8, en lugar del Nº 7, que se halla en los mss. más comúnmente aceptados); (c) recibir de vuelta (Lc 6.34, dos veces; 15.27). Para su otro significado, tomar aparte (Mc 7.31), véase TOMAR; véase también APARTE, Nota.
5. proslambano (proslambavnw,), denota tomar para uno mismo (pros, a) o recibir, y se utiliza siempre en la voz media, significando un interés especial de parte de aquel que recibe, con la sugerencia de una bienvenida (Hch 28.2: «Nos recibieron a todos»; Ro 14.1: «Recibid al débil en la fe»; v. 3: «porque Dios le ha recibido»; 15.7: «recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió», dos veces; Flp 12, TR: «recíbele», en los mss. más comúnmente aceptados se omite; v. 17: «recíbele como a mí mismo»).
6. metalambano (metalambavnw), tener o conseguir una parte de, participar en (meta, con). Se traduce «recibe», de una bendición de Dios (Heb 6.7); en RV: «recibir los frutos» (2 Ti 2.6; RVR: «participar de los frutos»; Heb 12.10: «para que recibamos su santificación» (RVR: «para que participemos de su santidad.
7. jupolambano (uJpolambavnw,), tomar o llevar sobre (jupo, debajo), recibir. Se traduce: «le recibió», de una nube en la ascensión; en 3 Jn 8, donde aparece en los mss. más comúnmente aceptados: «acoger» (RV: «recibir»), en lugar del Nº 4, que aparece en TR, etc.; véanse PENSAR, RESPONDER, SUPONER.
8. decomai (devcomai,), recibir mediante una recepción deliberada y bien dispuesta de aquello que es ofrecido. Se utiliza de: (a) tomar con la mano, asir, recoger, apoderarse de, p.ej., Lc 2.28: «le tomó»; 16.6 y 7: «toma tu cuenta»; 22.17: «habiendo tomado la copa»; Ef 6.17: «tomad el yelmo»; (b) recibir, dicho de un lugar recibiendo a una persona, de Cristo en los cielos (Hch 3.21); o de personas al acoger a alguien como visitante (p.ej., Jn 4.45; 2 Co 7.15; Gal 4.14; Col 4.10); ofreciendo hospitalidad, etc. (p.ej., Mt 10.14,40, cuatro veces, 41, dos veces; 18.5; Mc 6.11; 9.37; Lc 9.5,48,53; 10.8,10; 16.4); Lc 19.9, de recepción «en las moradas eternas» [lit. «en los tabernáculos (gr. skene) eternos»; véase TABERNÁCULO], dicho de los seguidores de Cristo que han utilizado «las riquezas injustas» (RV: «de maldad»; VM: «de injusticia») para dar ayuda a («ganad amigos») otros; de la acción de Rahab al acoger o recibir a los espías (Heb 11.31); de la acción del Señor al recibir el espíritu de un creyente que fallece (Hch 7.59); de recibir un don (2 Co 8.4 (TR; RVR sigue los mss. más comúnmente aceptados, que lo omiten); de la favorable recepción del testimonio y enseñanza, etc. (Lc 8.13; Hch 8.14; 11.1; 17.11; 1 Co 2.14: «no percibe», RV, RVR; RVR77: «no capta»; VM: «no recibe»; 2 Co 8.17; 1 Ts 1.6); también en 1 Ts. 2.13, donde paralambano (véase Nº 2) se utiliza en la 1ª parte: «recibisteis», y decomai en la 2ª parte: «recibisteis» (VM diferencia entre ambos, traduciendo «recibisteis» y «aceptasteis», respectivamente). El primer verbo se refiere al oído; el segundo, añadiendo la idea de apropiación, al corazón. También aparece en Stg 1.21. En 2 Ts 2.10: «recibieron», del amor de la verdad», frase que significa «amor por la verdad»; cf. Mt 11.14: «si queréis recibirlo», construcción elíptica frecuente en los escritos griegos. También de recibir, en el sentido de soportar, aguantar (2 Co 11.16: «recibidme como a loco»; de recibir en el sentido de obtener (Hch 22.5; 28.21); de venir a ser participante de beneficios (Mc 10.15; Lc 18.17; Hch 7.38; 2 Co 6.1; 11.4; Flp 4.18).
Nota: Existe una cierta distinción entre lambano y decomai (más pronunciada en la utilización temprana, clásica), en el sentido de que en muchos casos lambano denota un acto de tomar que surge del sujeto, en tanto que decomai indica más frecuentemente «una recepción bien dispuesta o que se apropia de lo dado» (Grimm-Thayer).
9. anadecomai (ajnadevcomai, 324), recibir con buena disposición, de buena gana. Se utiliza en Hch 28.7, de la recepción dispensada por Publio al grupo de náufragos en Malta; en Heb 11.17, de la recepción de las promesas de Dios por parte de Abraham: «que había recibido gozosamente» (VM, considerándose ana, arriba, como intensivo; este matiz no se refleja en RV, RVR, RVR77, Besson, LBA, NVI). Moulton y Milligan señalan la frecuencia de este verbo en los papiros en el sentido legal de asumir la responsabilidad de algo, hacerse garante de, asumir, y dicen: «La predominancia de este significado sugiere su aplicación en Heb 11.17. La afirmación de que Abraham había «asumido», «asumido la responsabilidad de», las promesas, quizá no sea ajeno a lo que se expresa». La responsabilidad sería ciertamente la de su fe en la recepción de las promesas. En griego clásico tenía el significado de recibir, y es algo difícil dar otro sentido cualquiera a las circunstancias, quizás con la excepción de que la fe de Abraham asumió el ejercicio de la certidumbre del cumplimiento de las promesas.
10. apodecomai (ajpodevcomai), compuesto de apo, de, desde, intensivo, y Nº 8, expresa decomai con mayor intensidad, y significa recibir cordialmente, dar la bienvenida, recibir sin reservas de ningún tipo. Se utiliza: (a) en su sentido literal (Lc 8.40: «le recibió … con gozo», RVR; 9.11: «recibió», en los textos más comúnmente admitidos; en TR aparece el Nº 8; Hch 18.27: «le recibiesen»; 21.17: «nos recibieron»; 28.30: «recibía»); (b) metafóricamente (Hch 2.41: «los que recibieron»; 24.3: «lo recibimos»), en el sentido de reconocer, utilizándose el término en un tono de respeto. Véase ACEPTAR, A, Nº 2.
11. diadecomai (diadevcomai, 1237), recibir por medio de otro, recibir a su vez (dia, a través, y Nº 8). Aparece en Hch 7.45: «el cual recibido metieron» (RV; RVR: «recibido a su vez»; VM, «a su turno … cuando entraron»); el significado aquí es, «habiéndolo recibido después», esto es, como de parte de Moisés bajo el caudillaje de Josué. En los papiros este término se utiliza de forma similar de visitar como delegado (véase también Field, Notes on the Translation of the New Testament, 116).
12. eisdecomai (ejisdevcomai,), recibir adentro (eis). Se utiliza solamente en 2 Co 6.17, donde el verbo no significa aceptar, sino admitir (en antítesis a «salid», y combinando Is 52.11 con Sof 3.20: «os recibiré».
13. epidecomai (ejpidevcomai, 1926), lit. aceptar al lado (epi, sobre), aceptar (hallado en los papiros, de aceptar las condiciones de un arriendo). Se utiliza en el sentido de aceptar en 3 Jn 9: «no nos recibe» (RV, RVR, RVR77, VM, Besson; LBA traduce «no acepta lo que decimos» y da la siguiente nota al margen: «Lit., «no nos acepta»»; NVI traduce coloquialmente: «no quiere saber nada de nosotros»); en el v. 10, en el sentido de recibir con hospitalidad. En ambos versículos se utiliza negativamente, con referencia a Diótrefes.
14. paradecomai (paradevcomai,), recibir o admitir con aprobación (para, al lado). Se utiliza: (a) de personas (Hch 15.4: «fueron recibidos», en los mss. Más comúnmente aceptados, en lugar de Nº 10 en TR; Heb 12.6: «recibe por hijo»); (b) de cosas (Mc 4.20: «la reciben»), dicho de la Palabra de Dios (VM: «la aceptan»); Hch 16.21: «recibir», negativamente, de costumbres; 22.18: «recibirán», negativamente, del testimonio de Pablo; 1 Ti 5.9: «no admitas» (RV: «recibas», con negación), de acusación sin corroborar contra un anciano. En la LXX, Éx 23.1; Pr 3.12.
15. prosdecomai (prosdevcomai,), recibir a uno mismo, recibir favorablemente, y también esperar, aguardar. Se utiliza de recibir en Lc 15.2: «a los pecadores recibe»; Ro 16.2: «que la recibáis en el Señor»; Flp 2.29: «Recibidle, pues, en el Señor». Véanse ABRIGAR, ACEPTAR, ESPERAR, SUFRIR.
16. jupodecomai (uJpodevcomai,), denota recibir bajo el propio techo (jupo, debajo), recibir como huésped, dar hospitalidad (Lc 10.38: «le recibió en su casa»; 19.6: «le recibió gozoso»; Hch 17.7: «Jasón ha recibido»; Stg 2.25: «cuando recibió a los mensajeros»).
17. komizo (komivzw,), denota sostener, portar, traer (p.ej., Lc 7.37: «trajo un frasco de alabastro»); En la voz media, portar para uno mismo, de ahí: (a) recibir (Heb 10.36: «obtengáis», RV, RVR, RVR77, Besson; VM: «recibáis»; LBA, NVI: «podáis recibir»; 11.13: «sin haber recibido», RV, RVR, RVR77, Besson; LBA; VM: «no habiendo recibido»; NVI: «sin haber obtenido», en los textos más comúnmente aceptados; en TR aparece lambano, Nº 1; v. 39: «no recibieron», RV, RVR, RVR77, VM, LBA; NVI traduce «ninguno de ellos alcanzó el cumplimiento de las promesas»; Besson: «no alcanzaron»; 1 P 1.9: «obteniendo», RV, RVR, RVR77, LBA; VM: «recibiendo»; Besson: «alcanzando»; NVI traduce «estáis obteniendo»; 5.4: «recibiréis», RV, RVR, RVR77, VM, NVI, LBA; Besson: «conseguiréis»; en TR se utiliza también en 2 P 2.13, en los textos más comúnmente aceptados aparece adikeomai: «sufriendo mal», VM, LBA; RV, RVR, RVR77 y NVI siguen TR: «recibiendo»); (b) recibir de vuelta, recuperar (Mt 25.27: «hubiera recibido»; Heb 11.19: «le volvió a recibir»); metafóricamente, de retribución (2 Co 5.10: «para que cada uno reciba»; Col 3.25: «el que hace injusticia, recibirá»), del creyente ante el tribunal de Cristo en el más allá, donde recibirá conforme a las injusticias cometidas en esta vida; Ef 6.8, de recibir, en la misma ocasión: «el bien que cada uno hiciere», Véanse OBTENER, TRAER.
18. adikeo (ajdikevw, 91), hacer mal, injusticia (a, privativo; dike, derecho). Se utiliza en la voz pasiva en 2 P 2.13 (en los mss. más comúnmente utilizados en lugar de Nº 17 en TR). Se da un juego de palabras que puede expresarse de la siguiente manera: «siendo defraudados de la paga del fraude», uso este del verbo que se ilustra en los papiros.
19. apeco (ajpevcw, ), denota: (a) transitivamente, tener plenamente, haber recibido; así se traduce en la RVR77 en Mt 6.2,5,16: «ya están recibiendo» (RV, RVR, VM: «ya tienen»); Lc 6.24: «habéis recibido» (RVR77; RV: «tenéis»; RVR, VM: «ya tenéis»). En todos estos casos, el tiempo presente tiene un sentido perfectivo, en consecuencia de la combinación con el prefijo apo (de, desde); no que esté en tiempo perfecto, sino que contempla la acción en su resultado consumado. Así sucede en Flp 4.18, donde tanto la RV como la RVR y la RVR77 traducen «lo he recibido» (VM traduce «habiendo recibido», manteniendo el mismo sentido). En Flm 15: «para que le recibieses para siempre» (VM traduce «para que volvieses a tenerle para siempre»); véase TENER, Nº 2, y la referencia a las ilustraciones procedentes de los papiros acerca de la utilización de este verbo en recibos; (b) intransitivamente, estar lejos, distante, utilizado con porro, lejos (Mt 15.8; Mc 7.6, traducido «está lejos de mí»; lit. «lejos dista de mí» Lacueva, Nuevo Testamento Interlineal, loc. cit.); con makran, lejos, a distancia (Lc 7.16; 15.20: «no estaban lejos de la casa», lit. «no distaban lejos»); sin adverbio cualificador (Lc 24.13): «que estaba a» (F. La cueva: «distaba», Nuevo Testamento Interlineal, op. cit.).
20. coreo (cwrevw,), dar espacio, hacer sitio para (cora, lugar). Se utiliza metafóricamente de recibir con la mente (Mt 19.11: «son capaces de recibir»; RV: «reciben»; v. 12: «recibir»; RV: «ser capaz»); en el corazón (2 Co 7.2: «admitidnos», RV, RVR; VM: «¡Recibidnos de corazón!»); F. Lacueva traduce «Abríos a nosotros» (Nuevo Testamento Interlineal, loc. cit.). 21. kerdaino (kerdaivnw,), ganar. Se traduce «para recibir» en Hch 27.21, de perjuicio y perdida; sin embargo, este término se utiliza aquí metafóricamente de evitar, de ahorrarse (RV: «evitar»; Besson: «ahorraros»; NVI: «habríais ahorrado»; LBA: «evitando»); véase GANAR bajo GANANCIA, B, Nº 1.
Notas:
(1) Anablepo, mirar arriba, denota también recobrar recibir la vista, y se traduce «recibieron la vista» en Mt 20.34; «reciba la vista» (Lc 18.41); «Recíbela», lit. tal como traduce VM: «Recibe la vista»; RV: «ve»; Jn 9.11: «recibí la vista», RV, RVR; v. 15 y 18, dos veces: «había recibido la vista», RV, RVR; en RV, 1ª mención, se traduce «hubiese recibido la vista»); Hch 9.17: «recibas la vista» (RV, RVR); v. 18: «recibió … la vista» (RV, RVR); 22.13: «recibe la vista» (RV, RVR, 1ª mención
(2) antilambano se traduce: «recibió a Israel su siervo» en Lc 1.54 (RV; RVR: «Socorrió»); véanse AYUDAR, A, Nº 1, BENEFICIAR, A, SOCORRER;
(3) apantao, ir al encuentro, salir a recibir. Se utiliza en Jn 4.51 (TR), traducido «salieron a recibirle» (RV, RVR). En los mss. más comúnmente aceptados aparece el verbo jupantao;
(4) jupantao se utiliza en Jn 12.18: «había venido… a recibirle»; en los mss. Más comúnmente aceptados aparece en lugar de en Jn 4.51
(5) sunantao, se traduce «salió. a recibirle» en Hch 10.25; Heb 7.1: «que salió a recibir»; véanse también ACONTECER, Nº 3, SALIR;
(6) dero, azotar, dar de bofetadas, golpear. Se utiliza en la voz pasiva en Lc 12.47: «recibirá muchos azotes» (RVR); lit. como traduce RV: «será azotado
(7) didomi, dar, se traduce con el verbo recibir; «los que recibieron la facultad de juzgar» en Ap 20.4 (RV: «fue dado.
(8) para eleeo, en la voz pasiva (2 Co 4.1: «la misericordia que hemos recibido»; RV: «la misericordia que hemos alcanzado»; 1 T 1.13,16: «fui recibido a misericordia.
(9) kleronomeo, ser heredero de, heredar, se traduce «recibirán» de la tierra por heredad (Mt 5.5, RV, RVR; VM: «heredarán») cf. kleroomai, ser tomado como una herencia; kleronomia, herencia; kleros, suerte, heredad;
(10) para meteco en 1 Co 9.10, traducido «recibir» en referencia a fruto» (RV, RVR; VM: «participar»)
(11) nomotheteo, ordenar por ley, establecer, promulgar (nomos, ley: tithemi, poner), se utiliza en la voz pasiva, y se traduce «recibió el pueblo la ley» (Heb 7.11; «establecido», en 8.6, RV: «ha sido formado»); véanse ESTABLECER, LEY;
(12) parakaleo, véase ROGAR, se traduce «recibirán consolación» (Mt 5.4, RV, RVR; VM: «serán consolados»); véanse también, CONSOLAR, A, Nº 1, EXHORTAR, etc.;
(13) prasso, véase HACER, A, Nº 2, etc., se traduce «lo hubiera recibido» en Lc 19.23 (RVR; RV: «demandara»), con el significado especial, financiero, de demandar, requerir, una suma debida; puede ser que el amo, al dirigirse al siervo negligente, utilice el término «exigir», «requerir», o «demandar» (como en 3.13) como consecuencia del carácter que le atribuye el siervo.
(14) crematizo, dar admonición, instrucción, revelación, de parte de Dios, se traduce «ha recibido instrucciones de un santo ángel» (Hch 10.22; RV: «ha recibido respuesta»; VM: «tuvo respuesta»); véase , A, Notas (2), y también ADVERTIR, AMONESTAR, B, Nº 3, AVISAR, A, Nº 3, LLAMAR, A, Nº 11, REVELAR;
(15) patroparadotos, adjetivo, denota transmitido por los padres de uno, se utiliza en 1 P 1.18: «la cual recibisteis de vuestros padres» (RV, RVR; VM: «que vuestros padres os legaron»), de la vana manera de vivir anterior a la fe (de pater, padre, y paradidomi, transmitir);
NOMBRES
1. lepsis o lempsis (lh`yi), recibimiento (relacionado con lambano, A, Nº 1). Se utiliza en Flp 4.15: «de … recibir». En la LXX, Pr 15.27,29.
2. anale)m(psis (ajnavlhmyi", 354), un tomar arriba (ana, arriba, y Nº 1). Se utiliza en Lc 9.51, con referencia a la ascensión de Cristo; «había de ser recibido arriba» es, lit. «del recibimiento arriba de Él». Véanse ARRIBA.
3. metalempsis (metavlhmyi", 3336), una participación, toma, recibimiento. Se utiliza en 1 Ti 4.3: «para ser recibidas con acciones de gracias» (VM; RVR: «participasen»); lit. «para la recepción con acción de gracias».
4. proslempsis (provslhmyi), (pros, a, hacia, y Nº 1), se utiliza en Ro 11.15: «recibimiento» (RV, VM; RVR: «admisión»; Besson: «acogida»), de la final restauración de Israel.
5. apantesis (ajpavnthsi), véase ENCONTRAR, B, Nº 2. Se traduce como verbo en la RVR en Mt 25.1: «salieron a recibir» (Besson: «al encuentro»); v. 6: «salid a recibirle» (Besson: «al encuentro»); Hch 28.15: «salieron a recibirnos» (Besson: «al encuentro de nosotros»); 1 Ts 4.17: «para recibir al Señor» (Besson: «al encuentro»).
6. jupantesis (uJpavnthsi), un ir al encuentro, precedido por la preposición eis, lit. «a un encuentro». Se traduce en forma verbal, con el verbo recibir, en Mt 25.1: «salieron a recibir» (Besson: «al encuentro»); en los mss. más comúnmente aceptados, en lugar de Nº 5, que aparece en TR; Jn 12.13: «salieron a recibirle (Besson: «al encuentro»; VM: «a su encuentro»); en Mt 8.3 «salió al encuentro» (RV: «a encontrar»), donde también aparece los mss. más comúnmente aceptados en lugar de Nº 5, que se utiliza en TR.
7. apodoque (ajpodochv), relacionado con apodektos (véase AGRADABLE bajo AGRADAR, B, Nº 4), significa digno de ser recibido con aprobación, aceptación, y se traduce en forma verbal en RV y RVR, con el verbo recibir en 1 Ti 11.15; 4.9: «digna de ser recibida; (RVR77: «digna de total aceptación»). La frase en 1.15 halla en un escrito del siglo I se expresa agradecimiento por un presente procedente de una princesa.
Habiendo conocido tan grades doctrinas que nos afirma lo que somos y seremos en la eternidad solo nos que es estar siempre humillados ante el que lo hizo todo amén.

19. LA CERTEZA DE LA SALVACIÓN

¿Puede alguien saber con plena certeza si es salvo? Que alguien declare que está seguro de su salvación parece ser un acto de extrema arrogancia. Sin embargo la Biblia nos llama a hacer de nuestra salvación un asunto de certeza. Pedro nos ordena: "Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección" (2 Pedro 1:10).
Es nuestro deber buscar con diligencia la certeza de nuestra salvación. No la debemos buscar por vana curiosidad para saber cuál es el estado de nuestra alma, sino para mejorar nuestro crecimiento en la santificación. Los cristianos que permanecen inseguros sobre el estado de su salvación están sujetos a todo tipo de preguntas que paralizan su caminar con Cristo. Tropiezan con las dudas y son vulnerables a los ataques de Satanás. Es por eso que debemos buscar tener la certeza de nuestra salvación.
Hay cuatro posiciones posibles con respecto a la certeza de la salvación.
PRIMERA POSICIÓN: Hay personas que no son salvas y que saben que no son salvas. Estas personas saben de la enemistad hacia Dios que tienen en su corazón y no quieren tener nada que ver con Cristo como su Salvador. Son audaces en proclamar que no tienen necesidad de Cristo. Estas personas son por lo general públicamente hostiles al evangelio.
SEGUNDA POSICIÓN: Hay personas que son salvas pero que no saben que son salvas. Estas personas están en realidad en un estado de gracia pero no tienen la seguridad de la salvación. Es posible que estén luchando con el pecado en sus vidas y que duden de su propia salvación porque les remuerde la conciencia. En este grupo están quienes todavía no tienen la certeza de que están entre los escogidos.
TERCERA POSICIÓN: Hay personas que son salvas y saben que son salvas. Este es el grupo constituido por los que tienen la certeza de su elección y llamado. Tienen un entendimiento claro y cierto de qué es lo que la salvación requiere y han llenado los requisitos. Han creído en el testimonio del Espíritu Santo cuando Él les dio testimonio a sus espíritus de que eran los hijos de Dios (Romanos 8:16).
CUARTA POSICIÓN: Hay personas que no son salvas pero que creen que son salvas. Estas personas tienen la certeza de la salvación pero no tienen la salvación. Su certeza es una falsa certeza.
Como es posible tener una certeza falsa de la salvación, ¿cómo podemos saber si estamos en la tercera posición o en la cuarta posición? Para responder esta pregunta debemos analizar con más detalle a este cuarto grupo y preguntarnos cómo es posible tener un falso sentido de certeza.
La manera más fácil de tener una falsa certeza de la salvación es tener una falsa doctrina de la salvación. Por ejemplo, si una persona sostiene un punto de vista universalista sobre la salvación pueden seguir el siguiente razonamiento: Todas las personas son salvas.
Yo soy una persona. Por lo tanto, yo soy salvo.
Como esta doctrina está en el error, su certeza no tiene ninguna base firme.
Otra manera en que las personas pueden tener una falsa certeza de su salvación es creer que pueden alcanzar el cielo si viven una vida de bien. Quienes piensan que están viviendo una vida suficientemente buena para satisfacer las demandas de un Dios santo se engañan a sí mismas pensando que están salvas.
¿Pero qué sucede si una persona tiene una doctrina cierta de la salvación? ¿Acaso todavía es posible que tenga una certeza falsa? Debemos responder que sí. Una persona puede creer que tiene la fe salvífica cuando en realidad no la tiene.
La prueba para la certeza auténtica tiene dos vertientes. Por un lado, debemos examinar nuestros propios corazones y ver si tenemos una fe verdadera en Cristo. Debemos ver si tenemos o no un amor genuino hacia el Cristo bíblico. Porque sabemos que dicho amor sería imposible sin la regeneración.
En segundo lugar, debemos examinar el fruto de nuestra fe. No necesitamos que el fruto sea perfecto para tener esta certeza, pero debe haber algún tipo de evidencia del fruto de la obediencia para que nuestra profesión de fe sea creíble. Si no hay ningún fruto presente, entonces no hay ninguna fe presente. Donde se encuentre la fe salvífica, allí también se encontrará el fruto de dicha fe.
Por último, debemos buscar nuestra certeza en la Palabra de Dios, a través de la cual el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos sus hijos.
RESUMEN
1. Es nuestro deber buscar diligentemente la certeza de la salvación.
2. La certeza de la salvación mejorará nuestra santificación.
3. Hay cuatro grupos o posiciones posibles con respecto a la certeza:
(A) Quienes no son salvos y saben que no son salvos.
(B) Quienes son salvos pero no tienen la certeza de que son salvos.
(C) Quienes son salvos y saben que son salvos.
(D) Quienes no son salvos pero creen que son salvos.
4. La falsa certeza se basa principalmente sobre una falsa doctrina de la salvación.
5. Para obtener una certeza auténtica debemos analizar nuestros propios corazones y examinar el fruto de nuestra fe.
6. La plena certeza proviene de la Palabra de Dios unida al testimonio del Espíritu Santo.
PASAJES BÍBLICOS PARA LA REFLEXIÓN
Mateo 7:21-23, Juan 3:1-21, Romanos 8:15-17, 2 Corintios 1:12, 1 Juan 2:3-6, 1 Juan 5:13.

                                                                      DOCTRINAS DE LA GRACIA

LECCION: 1

LOS CINCOS PUNTOS ESENCIALES DE LA BIBLIA

Este estudio es continúo a los tres anteriores, es por eso que tenemos que visualizar los mismos según el tema que estudiemos, esto nos ayudará más a conocer a Dios y todo su plan con los suyos.

1.- PECADO ORIGINAL. CORRUPCION TOTAL.

EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA.
Este breve asentamiento de este estudio para poder guiarnos hacia más profundidad Bíblica. La doctrina de la corrupción total aparece en la confesión de Westminster de las maneras siguientes; "Por este pecado nuestros primeros padres cayeron de su rectitud original y perdieron la comunión con Dios, y por tanto quedaron muertos en el pecado y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo"
"Siendo ellos el tronco de la raza humana, la culpa de este pecado le fue imputada, y la misma muerte en el pecado y la naturaleza corrompida se transmitieron a la posterioridad que desciende de ellos según la generación ordinaria.
El alcance y los efectos del pecado original San Pablo, Agustín y Calvino toman como punto de partida el hecho de que toda la humanidad pecó en Adán y que todos los hombres son "inexcusables" Ro. 2:1. Pablo recalca una y otra vez que estamos muertos, Efe. 2:12. Podemos notar en este versículo el énfasis quíntuple que hace el apóstol colocando frase sobre frase para acentuar dicha verdad.
La doctrina de la corrupción total, que declara que el hombre sean igual de malos, ni que no exista persona alguna sin alguna virtud, ni que la naturaleza humana sea mala en sí misma. Lo que significa es que el hombre desde la caída se encuentra bajo la maldición del pecado, y que es incapaz de amar a Dios.
El hombre no regenerado puede, debido a la gracia común, amar a sus familiares, ser buen ciudadano, quizá de donar un millón de pesos para un hospital, pero no puede dar ni un simple vaso de agua fría a un discípulo en el nombre de Jesús. Un hombre si fuere borracho, puede que logre abstienes de la bebida por laguna razón; pero jamás podrá hacerlo por amor a Dios.
Pruebas Bíblicas: I Cor. 2:14, Gen. 2:17, Rom. 5:12, II Cor. 1:9, Efe. 2:1-3; 12, Jer. 13:23, Sal. 51:5, Jn. 3:5 Ro. 3:10-12.

2. EL DECRETO ETERNO DE DIOS. ELECCIÓN INCONDICIONAL.

EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA.
La doctrina de la elección ha de considerarse sólo como una aplicación particular de la doctrina general de la predestinación en tanto se relaciona con la salvación de los pecadores. La confesión de Westminster presenta la doctrina de la siguiente manera: "Por el decreto de Dios, para la manifestación de su propia gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados a vida eterna, y otros preordenados están designados particularmente inalterablemente, y su número están cierto y definido que ni se puede aumentar ni disminuir".
Es importante entender con claridad esta doctrina de la elección divina, ya que nuestro concepto de dicha doctrina determinará nuestro concepto de Dios, del hombre, del mundo, y de la redención. Calvino dice "Jamás nos convenceremos como debiéramos de que nuestra salvación procede y mana de la fuente de la misericordia gratuita de Dios, mientras no hayamos comprendido se elección eterna, pues ella, por comparación, nos ilustra la gracia de Dios.
PRUEBA BÍBLICA.
La primera pregunta que debemos formularnos es, ¿Hallamos esta doctrina en las Escrituras? Consideremos lo que dice San Pablo en Ef. 4:5. También es bueno considerar la cadena de oro con sus cinco eslabones; conocidos, predestinados, llamados, justificados, glorificados. Ro. 8:29.30. Podemos considerar esta elección bajo diferentes aspectos: (ver cat. menor P. 7 y 8)
A) Una Elección Individual.
Las Escrituras presentan la elección como algo que ocurre en el pasado sin consideración a méritos personales, y totalmente soberano. Ro. 9:11,12; Jn. 15:16; Ro. 5:6,8; 1Rey. 19:18.
B) Una Elección Nacional.
Dios escoge a algunas naciones para que reciban mayores bendiciones espirituales y temporales que otras. Esta forma de elección ha sido bien ilustrada en la nación Judía, en ciertas naciones europeas y de América. A través del Antiguo Testamento se afirma que los judíos eran un pueblo escogido. Am. 3:2; Sal. 147:20; Deut. 7:6
C) Una Elección Para Los Medios Externos De Gracias.
Nacer en un hogar cristiano donde se escucha y lee el Evangelio. Nadie puede escoger el lugar de su nacimiento.
D) Una Elección En Cuanto Las Vocaciones.
Dios nos concede los talentos especiales que nos capacitan para ser estadista, o médico, o abogado, o agricultor, o músico, ser inteligente, o los dones de belleza, etc.
La elección también incluye a los ángeles, pues de ellos son partes de la creación de Dios y están bajo su gobierno. Algunos son Santos, otros pecaminosos. 1 Tim. 5:21; Mar. 8:38: 2 Ped. 2:4: Mt. 25:41.

3. LA EXPIACIÓN LIMITADA.

La pregunta que tenemos que discutir es, ¿Ofreció Cristo su vida como sacrificio por toda la humanidad, sin distinción o excepción; o la ofreció solamente por los elegidos? Los calvinistas sostienen que según la intención y el plan de Dios, Cristo murió por los elegidos únicamente.
La confesión de Fe Westminster dice concerniente a esta doctrina "Por tanto, los que son elegidos, habiendo caído en Adán son redimidos por Cristo, y en debido tiempo eficazmente llamados a la fe en Cristo por el Espíritu Santo; son justificados, adoptados, santificados, y guardados por su poder, por medio de la fe, para salvación. Nadie más será redimido por Cristo eficazmente llamado, justificado, adoptado, santificado y salvado, sino solamente los elegidos. (Cap. 3 secc. 6) cat. m. P, 16.
Esta doctrina no significa que se puede limitar el valor o el poder de la expiación que Cristo hizo. El valor de la expiación depende de y es medio por la dignidad de la persona que la hizo Jesucristo el Hijo de Dios. Es importante hacer esta declaración: El calvinista limita la expiación al decir que ésta no es aplicada a todas las personas, el Arminiano la limita al decir que solamente el que cree es salvo.
Las escrituras afirman que Cristo fue un rescate por sus elegidos. Cristo también enseñó que los elegidos y los redimidos eran las mismas personas, leer; Jn. 10:14,15; 15:13: 17:6, 9,10; Ef. 5:25. Cristo murió por hombres como Pablo y Juan, no por hombres como Faraón y Judas, quienes eran cabras y no ovejas. En Génesis leemos que Dios "puso enemistad" entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente.
En Gal. 3:16 Pablo usa el término "simiente" y lo aplica a Cristo como individuo, dándonos a entender que la simiente de la mujer es el pueblo de Dios elegido. De igual manera puede notarse que la simiente de la serpiente es esa porción de la raza humana no elegida por Dios. Prestemos atención a las palabras del señor Jesús en Jn. 6:70; 8:44. Y las de Pablo, Hech. 13:10.

4. LA GRACIA EFICAZ. EL LLAMAMIENTO EFICAZ

La confesión de Westminster presenta la doctrina de la gracia eficaz de la siguiente manera, "A todos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a ellos solamente, la agrada en su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por su palabra y Espíritu fuera del estado de pecado y muerte en que están por naturaleza, a la gracia y salvación por Jesucristo, iluminando espiritual y salvadoramente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, renovando sus voluntades y por su potencia todopoderosa, induciéndoles hacia aquello que es bueno, y trayéndoles eficazmente a Jesucristo; de tal manera que ellos vienen con absoluta libertad, habiendo recibido por la gracia de Dios la voluntad de hacerlo" (cap. X secc. I y2)
Creemos que los méritos de la obediencia y del sufrimiento de Cristo son suficientes, adecuados y ofrecidos gratuitamente a todos los hombres. Pero surge la pregunta, ¿Por qué se salva y otro se pierde? ¿Por qué razón unos se arrepienten y creen, mientras que otros, con los mismos privilegios externos no se arrepienten? El calvinista sostiene que es Dios quien causa la diferencia. El Arminiano, atribuye la diferencia a los hombres mismos.
Las escrituras enseñan que el hombre en su estado natural está totalmente muerto en su pecado, y que Dios por su gracia nos resucita. Ef. 2:1,4-6; Jn. 5:24; Col. 2:13; Tít. 3:5; 1 Ped. 2:9; II Cor. 5:17; Ez. 11:19.
La regeneración y el llamamiento eficaz, no viola la libertas del hombre. Dios tampoco trata al hombre como si fuese una piedra o un pedazo de madera. Dios ilumina la mente y cambia todos los conceptos erróneos que el pecador abriga sobre Dios sobre sí mismo, y sobre el pecado. La persona regenerada comienza a ser guiada por nuevos motivos y deseos, y cosas que antes odiaba, ahora ama y desea. Este cambio no acontece por ninguna compulsión externa, sino debido a un nuevo principio de vida creado en el alma y que busca lo que le satisface.

5. LA PERSEVERANCIA DE LOS CREYENTES. (DE LOS SANTOS)

La doctrina de la perseverancia de los santos aparece en la confesión Westminster de la manera siguiente: "A quienes Dios ha aceptado en su amado, y que han sido eficazmente llamados y santificados por su Espíritu, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente han de perseverar en él hasta el fin, y serán salvados eternamente. Fil. 1:6; 2 Ped. 1:10; Jn. 10:28,29; 1 Jn. 3:9. Cap. XVII secc. 1 y 2
Esta perseverancia... depende no de su propio libre albedrío, sin o de la inmutabilidad del decreto, que fluye del amor gratuito e inmutable de Dios Padre (2 Tim. 2.18,19; Jer. 31:3) de la eficacia del mérito y de la intercesión de Jesucristo (Heb. 10:10,14; 13:20,21; 7;25; 9:12-15; Jn. 17:11,24; Rom. 8:33-39) de la morada del Espíritu" (Jn. 14:16,17: 1 Jn. 2:27; 3:9). Si Dios ha escogido incondicionalmente a ciertas personas para vida eterna, y si su Espíritu aplica eficazmente a éstas los beneficios de la redención, entonces la conclusión es, que estas personas serán eternamente salvas.
La perseverancia no depende de nuestras buenas obras sino de la gracia de Dios. Pablo enseña que los creyentes no están bajo la ley sino bajo la gracia y por esto no pueden ser condenados por haber violado la ley (Rom. 6:14; 7:4,8; 4:15; Gal. 5:3).
La doctrina de la perseverancia, no significa que el creyente no pueda caer en pecado, el mejor de los creyentes aun puede caer en pecado. (2 Cor. 4:7; Rom. 7:19-25) En cuanto a los supuestos creyentes que se apartan de la fe definitivamente, demuestra que nunca han sido hijos de Dios. La cizaña nunca fue trigo. Mat. 13:38; 2 Cor. 11:14; Mt. 24:24; Rom. 9:6,7; 1 Jn. 2:9; Apc. 2:9.

LECCIÓN: 2

ACENTAMIENTO PARA ESTE ESTUDIO

Mientras existen otras doctrinas de gran importancia, estas cinco son las básicas para su desenvolvimiento como cristiano frente a Dios y el mundo. Al no conocerlas no sólo en forma intelectual sino también en su propia vida, ellas amoldarán su manera de pensar como también servirán de base para las demás doctrinas bíblicas.
También te llevaran a una comunión con Dios El Señor más intima y así compartir del evangelio como es debido, según lo anunciado en la gran comisión. (Mateo 28: 19-20)
LA PRIMERA DOCTRINA: Se enfoca sobre la condición del hombre, es decir, su depravación total. Actualmente escritores en las ciencias humanas tratan de describir lo que es el hombre dentro de su realidad actual. Para Freíd, el problema del hombre está al nivel sexual. Para Marx, la realidad socio-económica amolda al hombre. El es nada más o menos que el reflejo de su realidad. La palabra de Dios entra en juicio sobre el hombre por su estado de rebelión frente a Dios, y su degeneración personal y social. La Biblia nos presenta un retrato completo del estado del hombre su depravación total.
LA SEGUNDA DOCTRINA: Nos presenta un Dios de amor y misericordia. Un Dios que incondicionalmente elige del fango del mundo, a su pueblo, para rescatarlo, regenerarlo y restaurarlo a la plenitud de vida. Mientras Dios ama a todas sus criaturas, El antes de la fundación del mundo, se fijo en su pueblo preferido. Un pueblo que en si no tubo nada de qué jactarse. Un pueblo sin valor antes de que Dios extendiera su amor en elección. Un amor que ha elegido personas de toda tribu, nación y lenguaje para compartir en su pueblo. Una amor que ha elegido “una gran multitud, la cual nadie podrá contar” (Apocalipsis 7.9).
LA TERCERA DOCTRINA: Nos muestra cómo Dios salvó a su pueblo. La salvación para su pueblo se consiguió en la Cruz del Calvario. Cristo murió en la cruz en el lugar del pecador, aquella persona que Dios el Padre eligió en su amor. Cristo tomó sobre sí, el castigo que el pecador merece para que él recibiera la justicia de Cristo, Ahora el pecador, conoce perdón de pecados, restauración con Dios y la gracia de Dios sobre su vida. Cristo en verdad murió por su pueblo para que sea verdaderamente un pueblo de Dios.
LA CUARTA DOCTRINA: Nos señala la obra del Espíritu Santo al atraer el pecador a Cristo. El es el que da la nueva vida que hace posible escuchar y entender el mensaje del Evangelio. El es el que convencerá al pecador de su pecado y su situación trágica. El es el que da fe al pecador para confiar en el Señor como También arrepentirse. Sin la obra del Espíritu Santo eficazmente atrae al Señor en una forma suave y dulce, a los pecadores elegidos al señor.
LA QUINTA DOCTRINA: Da mucha confianza como también esperanza al verdadero cristiano, elegido por el amor de Dios, justificado por la muerte de Cristo en la Cruz y la regeneración por el Espíritu Santo. Es la doctrina que nos muestra el verdadero cristiano es salvo para siempre. Su salvación verdaderamente es asegurada, no sobre cualquier esfuerzo humano, sino por la intervención constante del poder de Dios. El que Dios el Padre ama, le protege. El que Dios el Hijo rescató, le sostendrá. El que Dios el Espíritu Santo regeneró, le santificará. Todo viene al cristiano por la gracia no merecida de Dios para con él.
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque de El, y por El y para El son todas las cosas. A El sea la gloria por los siglos. Amén.

LECCIÓN: 3

1: DEPRAVACIÓN TOTAL.

Como hay muchas ideas equivocadas respecto a la depravación total, es necesario ante todo establecer lo que no es la doctrina; y luego, en segundo lugar, explicar lo que es.

I. LO QUE NO ES

A. NO ES DEPRAVACIÓN ABSOLUTA.
A veces la palabra depravación unida a la palabra total da la impresión de que el hombre es todo lo malo imaginable, todo lo malo que puede ser, algo así como el diablo.
Pero depravación total no es lo mismo que depravación absoluta. Depravación absoluta significa que una persona expresa su depravación siempre a la enésima potencia. No sólo sus pensamientos, palabras y acciones son pecaminosos, sino que lo son en grado sumo. Ser totalmente depravado, sin embargo, no significa que una persona es lo peor posible en forma intensiva, sino lo más mala posible en forma intensiva, sino lo más mala posible en forma intensiva.
No es que no pueda cometer un crimen peor que el que ha cometido; antes bien, es que nada de lo que hace es bueno. El permea todas las facultades de su alma y todas las esferas de su vida. Es incapaz de hacer una cosa que sea buena. Ilustrémoslo. Cuando el niño miente, a menudo dice mentiras pequeñas. Estas mentiras podrían ser mucho peores. Sin embargo en sí mismas ya son malas. Ese mentir es malo. En consecuencia, el niño es malo. Pero no tan malo como podría serlo.
O, cuando los niños se pelean, a menudo lo hacen mofándose el uno al otro o dándose golpes a empujones; pero podrían hacerlo sacándose los ojos con tijeras o poniendo alfileres debajo de las uñas.
Unos adultos llaman a otros “estúpido” y “miserable”; pero en vez de insultarse podrían quitarse la vida.
Hitler fue un criminal vicioso; sin embargo incluso el perdonó a algunos pueblos franceses ante los ruegos de un sacerdote.
Kitty Genovese fue dejada a morir en Nueva Cork a la vista de veintiocho personas. Esta apatía, este no querer mezclarse en un asunto así, es abominable; y sin embargo los veintiocho hubieran podido ayudar a matarla. Y no lo hicieron. No eran todo lo malos que podían ser.
Durante el reinado del rey Saúl hubo un periodo transitorio: “El Espíritu de Jehová se aparto de Saúl y le atormentaba un Espíritu malo de de parte de Jehová” (1S. 16.14). En otras palabras, en la primera parte de su reinado no actuó en forma tan mala como lo hizo en la segunda parte. Incluso los que están cometiendo el pecado imperdonable (He. 6:4-8) no actuaron en otro tiempo todo lo mal que hubieran podido, sino que “una vez fueron iluminados y buscaron el don celestial y fueron hechos participantes del Espíritu Santo”.
Siempre ha habido hipócritas en la iglesia: los que tienen apariencia de santidad, pero niegan el poder de Dios (2 Ti. 3.5), e incluso predican y realizan milagros, como en el caso d Judas. Estos hipócritas incluso hubieran podido prescindir de las apariencias de caridad y perseguir directamente a la gente pero no lo hicieron.
Los pecados del hombre no solo son tan malos como podrían ser, sino que tampoco son tan amplios como podrían ser. Un hombre determinado no comete todos los pecados posibles. Todos nosotros violamos de pensamiento los mandamientos de Dios, pero no todos los violamos de hecho. Todos sentimos odio, por ejemplo, pero no todos cometemos homicidios. Casi todos tenemos deseos lujuriosos, pero no todos hemos cometido adulterio de hecho.
La explicación de esta moderación en el pecado está en que Dios, por medio de su gracia común (es decir la gracia que se da a los no creyentes), refrena a las personas para que no hagan el mal que podrían hacer. Por ejemplo, en Génesis 20 leemos que e rey Abimelec no pecó tanto como podría haberlo hecho, porque Dios l impidió que cometiera adulterio con Sara, esposa de Abraham. Y pablo escribe a los tesalonicenses que “ya está en acción el ministerio de la iniquidad” (2ª Te.2.7), pero a este espíritu malo le hace frete alguien “quien al presente lo detiene”.
B. NO ES UNA AUSENCIA COMPLETA DE BIEN RELATIVO.
No sólo es cierto que el no regenerado no comete los peores pecados posibles, no todas las clases de pecado, sino que también es cierto que es capaz de hacer algún bien _ si s entiende adecuadamente la palabra bien.
El catecismo de Heidelberg ofrece una definición muy clara de bien. En respuesta a la pregunta: “¿pero cuáles obras son buenas?” el Catecismo responde: “Sólo las que se hacen por fe verdadera, de acuerdo con la ley de Dios, y para su gloria” (pregunta y respuesta 91). Así pues según el Catecismo, hay tres elementos indispensables para que las obras sean verdaderamente buenas: fe verdadera, conformidad con la Ley de Dios y motivación adecuada.
Por otra parte una obra relativamente buena en lo exterior quizá puede parecer buen y sin embargo puede no haber nacido de verdadera fe ni ser para ni ser para la gloria de Dios, Los no cristianos, aun siendo totalmente depravados pueden realizar obras relativamente buenas.
Supongamos, por ejemplo, que un no creyente roba $5.000 de un banco y luego escribe un cheque por $1.000 para la Cruz Roja, a fin de que lo alaben. Este donativo en lo exterior está conforme a la ley de Dios; pero como nace de la fe y como carece del motivo de glorificar a Dios, es pecaminoso. Es una acción sólo relativamente buena.
Albert Schweitzer es ejemplo de alguien que negó el Cristianismo Bíblico y sin embargo avergonzó a muchos cristianos ortodoxos con su amor y amabilidad. Sacrificó tres carreras brillantes y renunció a la cultura de Europa para ir a trabajar y a sufrir con los negros de África. Como filosofo experto en el nuevo testamento y organista de fama mundial, se sentía como Dives, vestido de púrpura y lino fino, lleno de lujos, en tanto que había tanto lazaros en África cuyas heridas lamían los perros. Se dedico en una forma sacrificada al cuidado de los enfermos en el corazón de África, viviendo una vida ejemplar de bien relativo. Sus acciones externas se conformaban a la ley del amor; pero no creía en el Dios trino y no lo guiaba el motivo justo de la gloria de; sus acciones se podrían llamar verdaderamente buenas sólo en un sentido relativo.
Tomemos otros ejemplos de bien relativo. Consideremos al soldado no cristiano que en el combate es modelo de valor y amor al lanzarse sobre una granada para salvar a sus compañeros. O al no cristiano que arriesga la vida al arrojarse frente a un camión para rescatar la vida de un niño. O al pagano blasfemo que ayuda al mendigo. O al judío que dona su amplia propiedad para que se utilice como parque público. O al unitario que da $100.000 para construir unos laboratorios en la universidad. O al anciano que vive al otro lado de la calle y no quiere saber nada de la iglesia. Es respetable, cuida muy bien de su casa, arregla el jardín, ama a su esposa, da caramelos a los niños del vecindario, y no jura.
En todos estos ejemplos están ausentes dos ingredientes necesarios de las buenas obras: fe en Jesucristo y el motivo de hacerlo todo para la gloria del Dios trino. Por esta razón se las puede llamar obras relativamente buenas. *
La Biblia da ejemplos de bien relativo. El Antiguo Testamento menciona a tres reyes, por ejemplo  Jehú, Joas, y Amazías quienes no temieron verdaderamente a Dios, y fueron reprobados. Sin embargo de Jehú dice Dios: “Por cuanto has hecho bien ejecutando lo recto delante de mis ojos…tus hijos
* El título del Artículo XIV de la Confesión Belga menciona lo “verdaderamente bueno” cuando habla de la “incapacidad” del hombre caído “par hacer lo que es verdaderamente bueno” Los Cánones de Dort hablan de “bien que salva” (III-IV, 3). Estos términos pueden ser engañosos porque incluso las acciones del regenerado no son “verdaderamente buenas”, ya que ni su fe ni el motivo que lo guía son completamente perfectos.
Ninguna persona en la tierra ama a Dios con todo el corazón, la mente y el alma. Y sin embargo, las acciones del Cristiano regenerado son de una índole completamente diferente de las del incrédulo. La fe y la motivación adecuada están presentes, aunque en una forma imperfecta. Tampoco es correcto hablar del “bien que salva”, puesto que el cristiano no se salva por las buenas obras, sino por Cristo.
Se sentarán sobre el trono de Israel hasta la cuarta generación” (2R. 10.30). De Joas la Biblia dice que “hizo lo recto ante los ojos de Jehová” (2 R. 12.2). Y el escritor repite las mismas palabras en el caso del rey Amazías. Así pues, estos reyes hicieron cosas agradables delante de dios, si bien, en último término, se perdieron.
En el Nuevo Testamento Cristo afirma el hecho de que los réprobos hacen el bien cuando mandan a los discípulos que amen no sólo a sus amigos sino también a sus enemigos. Dijo así: “Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo” (Lc. 6.33). En otras palabras, Cristo dice que los no elegidos hacen el bien. También aquí no se puede interpretar esto en el sentido de que hacen lo que es verdaderamente bueno, sino un bien relativo.
Y Pablo escribe a los romanos (2.14) que “los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley”. No conocen a Jesucristo, no poseen la ley del Antiguo Testamento, sin embargo hacen cosas que en lo externo están de acuerdo con la ley de Dios cosas que son agradables a Dios en un sentido relativo,
Vemos, pues, que la depravación total no significa que los hombres sea el epítome del diablo. Porque, de hecho, el hombre no comete todos los pecados posibles; y los pecados que comete no siempre son todo lo malo posible. Además, vemos que él puede incluso realizar una cierta cantidad de bien relativo. ¡Cuán agradecidos podemos estar a Dios por el ejercicio de su gracia común, con la cual no sólo refrena del mal al no regenerado, sino que también lo capacita para hacer este bien relativo!

II. LO QUE ES

A. POSITIVAMENTE: SÓLO PECAR Y SIEMPRE PECAR.
Aunque afirmamos que el hombre natural, el que no ha sido regenerado por el Espíritu Santo, puede hacer el bien relativo, es necesario volver a insistir en que incluso este bien no es fundamentalmente “verdadero bien” a los ojos de Dios. La razón de esto es, como dice la Confesión Belga, que están ausentes la motivación del amor y la fe. De hecho, ese bien relativo no es otra cosa, en el sentido más profundo, que pecado y maldad.
La depravación total significa que el hombre natural nunca puede hacer ningún bien que sea fundamentalmente agradable a Dios, y, de hecho, hace siempre el mal. Este es el testimonio diáfano de la Escritura.
En Génesis 6.5 se nos dice “que la maldad de los hombre era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Fijémonos cuidadosamente en la descripción de la maldad. Era mucha. Llegaba hasta lo más recóndito del hombre. No sólo a su corazón, no sólo a los pensamientos de su corazón, sino también al designio de los pensamientos del corazón. Estas actitudes íntimas, según la Biblia, eran sólo el mal y lo eran de continuo siempre. Génesis 8.21 añade que esto era así, no solo cuando el hombre ya era maduro, sino desde la juventud.
Jeremías dice que “engañoso es el corazón más que todas las cosa, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (17.9). El testimonio de la mayoría de los Cristianos concuerda con el de Jeremías. Incluso después de que una persona se hacho Cristiana, y por consiguiente conoce mejor las cosas, resulta aterrador comprobar cuán hipócrita, engañador, y malo es su corazón.
El salmista dice que esta depravación se aplica incluso en el caso del recién nacido: “He aquí, en maldad he sido formado y en maldad me concibió mi madre” (51.5). Esto no significa que el acto sexual sea malo, sino que desde la concepción, el nacimiento el hombre está contaminado con el pecado debido a la caída de Adán.
En forma inequívoca Pablo, citando los Salmos 14 y 53, dice “No hay justo, ni aun uno, no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno… No hay temor de Dios delante de sus ojos (Ro. 3.10-18).
Esta depravación es, pues, extensiva más bien que intensiva. El hombre no peca en todas las formas posibles, ni en la forma peor posible, puede incluso hacer algún bien relativo, pero peca en todo lo que hace. No hace ni una sola cosa que sea completamente agradable a Dios.
B. NEGATIVAMENTE: INCAPACIDAD TOTAL.
Otra forma de describir la depravación total es llamarla incapacidad total, de hecho, muchos prefieren ese término al de depravación total, ya que éste conduce a pensar que el hombre es todo lo malo que puede ser: El término incapacidad total, sin embargo, tiene el defecto de ser demasiado negativo. Sugiere que la condición pecadora del hombre es una carencia más bien que una característica positiva. Pero el término es muy útil para hacer entender el hecho de la incapacidad del hombre para hacer, entender, e incluso desear el bien. Examinemos esta triple incapacidad del hombre.
1. EL HOMBRE NO PUEDE HACER EL BIEN.
La confesión Belga es muy bíblica cuando afirma la “incapacidad” del hombre natural “para hacer lo que es verdaderamente bueno”. Los Cánones de Dort son también bíblicos cuando confiesan que “todos los hombres son incapaces del bien que salva”
Al hablar de la total incapacidad moral del no regenerado para hacer el bien, Jesús en cierta ocasión pregunto: “¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” Su respuesta fue: “todo árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” Mt. 7.17-18).
En otras palabras, el no regenerado no puede hacer lo que es verdaderamente bueno.
Pablo en cierta ocasión dijo, escribiendo en una forma semejante: “Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu Santo” (1Co. 12.3).
En otra ocasión Jesús dio el secreto de la vida cristiana: la unión con Cristo (Jn. 15). Utilizó la metáfora de la vid y los pámpanos. Al hablar de la incapacidad para hacer buenas obras, dijo: “como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, sino permanecéis en mí… Separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15.4-5). Esto es incapacidad total.
Con afirmaciones igualmente amplios, Pablo niega la incapacidad del no cristiano para hacer el bien cuando escribe: “La mente carnal (es decir, no regenerada) es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de dios, ni tampoco puede; y los que viven según la carne (es decir los no regenerados) no pueden agradar a Dios” (Ro. 8.7-8). Lea de nuevo esta descripción triple de la depravación total o incapacidad total: el no cristiano es enemigo de Dios, y le resulta imposible hacer el bien y agradar a Dios.
2. EL HOMBRE NO PUEDE ENTENDER EL BIEN.
El hombre no sólo es incapaz de hacer el bien por si mismo; ni siquiera puede entender el bien. Esta ciego como Cíclope, con su único ojo quemado. Lidia por ejemplo, oyó a Pablo predicar a Cristo a orillas del río en Filipos. Sólo después de que el Señor abrió su corazón pudo comprender lo que Pablo decía (Hch. 16.14). Hasta ese momento su comprensión estaba entenebrecida, para emplear la descripción que Pablo hace de los gentiles en Éfeso (Ef. 4.18). O, para emplear otra ilustración paulina, el velo que tenía sobre el corazón le impedía ver la verdad (2 Co. 3.12-18). Pero cuando dios actuó en su corazón espiritual, pudo responder a la predicación de Pablo.
Durante el ministerio de Jesús, los judíos lo rechazaron. “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron (Jn. 1.11). El problema no estuvo en la presentación de la verdad. La verdad estaba allí. Jesús era el hijo de dios encarnado. La luz brillo en la oscuridad, pero la oscuridad no pudo comprenderla.
El Hijo realizó milagros y predicó a los judíos, pero éstos blasfemaron de Él. En cierta ocasión Jesús preguntó: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje?” Él mismo dio la respuesta: “porque no podéis escuchar mi palabra” (Jn. 8.43).
Sin duda que los judíos oían a Jesús con sus oídos físicos. Pero Jesús hablaba acerca de sus oídos espirituales. Como dijo en otra ocasión, “De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis y no percibiréis” (Mt. 13.14). Esto explica por qué algunos teólogos y estudiosos de la Biblia pueden dedicar la mayor parte de la vida a estudiar la Biblia y sin embargo rechazan a Jesucristo como su Dios, Señor y Salvador.
La causa del rechazo no está en el testimonio claro de la palabra de Dios. Antes bien, está en la ceguera, tinieblas y dureza de su corazón. Si el hombre no está regenerado, no puede entender.
Uno de los pasajes más claros que enseñan la incapacidad del hombre natural para entender las cosas de Dios es 1 Corintios 1 y 2. Pablo dice que la palabra de la cruz (es decir, el mensaje central del cristianismo) es locura para los que se pierden (1 Co. 1.18). Con su propia “sabiduría” no llegan a conocer a Dios (v.21).
Si pudieran conocer a Dios con su sabiduría natural, entonces muchos sabios serían cristianos. Pero no ocurre así. La razón de que mentes brillantes no acepten el cristianismo es que todas las mentes son ciegas, a no ser que estén regeneradas. Porque como afirma pablo, el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender; porque se han de discernir espiritualmente” (2.14). En otras palabras, sin el Espíritu Santo uno no puede entender las cosas de Dios.
3. EL HOMBRE NO PUEDE DESEAR HACER EL BIEN.
El no cristiano no sólo es incapaz de hacer nada que sea verdaderamente bueno, no solo es incapaz de entender el bien, sino, peor todavía, ni siquiera puede desear el bien. Una cosa es tener un objetivo bueno y no poder alcanzarlo. Esta incapacidad de alcanzar un objetivo bueno es parte de la depravación del hombre. Otra cosa es tener un objetivo bueno, pero no poder siquiera entender lo que es ese objetivo.
Esta falta de comprensión también es parte de la depravación del hombre. Pero el colmo de la depravación total es que el hombre natural ni siquiera desea un objetivo bueno. No le preocupa en lo más mínimo. Esta última afirmación no es exacta. Sí le preocupa: odia el bien y la fuente del mismo, a saber, Dios. Esta falta de deseo de Dios es a la vez el abismo y el epítome de la depravación total del hombre natural.
Esta incapacidad de desear el bien, y especialmente a Jesucristo, la expresa Jesús mismo con vigor en otra de sus frases definitivas expresadas en forma negativa (Mt.7.18; Jn. 3.3; 8.43; y 15.4-5).
Dijo “ninguno pude venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Jn. 6.44). Poco después repitió el mismo pensamiento con palabras diferentes: “Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Jn. 6.65). He aquí la depravación total: el hombre no puede escoger a Jesús. Ni siquiera puede dar el primer paso para acudir a Jesús, a no ser que el Padre lo atraiga. Y esta depravación es universal. “ninguno” puede venir; dice Jesús. No sólo algunos no pueden, sino que nadie puede. Esta es incapacidad universal y total.
La prueba más poderosa de que el hombre no puede ni desear el bien se encuentra en las ilustraciones bíblicas que hablan del efecto de la acción inicial del espíritu santo: corazón de carne, nacimiento, creación y resurrección. Estas expresiones demuestran con claridad que un niño puede entender la incapacidad moral total del hombre.
Por ejemplo, en el Antiguo testamento se describe al no regenerado como poseedor de un corazón que esta hecho de piedra (Ez. 11.19). El corazón de piedra no tiene vida. Está muerto no puede hacer nada. Esta es la incapacidad total. Pero Dios dice que regenerará a su pueblo. Pondrá un Espíritu nuevo en ellos, y entonces tendrá un corazón de carne, que está vivo. Entonces poseerán la capacidad de seguir a Dios.
Jesús utilizó la analogía del nacimiento: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3.3). El bebe nunca desea o decide nacer. Nunca contribuye ni en un ápice a su propio nacimiento. En todo el proceso, desde la concepción hasta el nacimiento, está completamente pasivo y es completamente incapaz de controlar su propio nacimiento. De forma semejante, el no creyente no puede dar un solo paso hacia su nuevo nacimiento. Lo debe generar el espíritu santo. Los arminianos enseñan el concepto antinatural de que alguien que espiritualmente no es puede desear nacer, puede creer en Cristo y entonces nacer de nuevo. Pero un “no ser” no existe y por consiguiente no puede tener deseos de ir a Cristo.
Pablo usa la ilustración de la creación. Dijo que si alguien está en Cristo es una criatura nueva (2Co. 5:17, Gal. 6.15). Lo que no existe-la nada-nunca se puede producir a sí mismo. El concepto mismo de creación implica necesariamente pasividad e incapacidad totales por parte del objeto que va ser creado. Lo que es cierto en el terreno físico lo es también en el espiritual: las personal son totalmente incapaces de hacerse a sí mismas criaturas nuevas en Cristo.
Pablo también utilizó la analogía de la resurrección cuando en Efesios 2.1 escribió, “Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.” En el versículo 5 dice: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Col. 2.13).
Algunos buenos cristianos interpretan estos versículos en el sentido de que el hombre está herido o enfermo, pero no muerto, porque dicen que el hombre sigue teniendo la capacidad de pedir la ayuda de Dios para su salvación. El hombre tiene poder para creer o no creer. No está realmente muerto; porque si lo estuviera, no podría pedir ayuda. Sólo está enfermo. Sí lleno de pecado, enfermo con el pecado, pero aun así puede pedir al doctor que lo ayude. Pero el calvinista sostiene la enseñanza clara de la Biblia y dice: “No, está muerto. Ni siquiera puede abrir la boca. Ni siquiera tiene deseo alguno de llamar al doctor para que lo ayude. Está muerto.”
El Arminiano compara al no regenerado con alguien que se arroja por la ventana de un segundo piso, se rompe tres costillas, y una pierna, pero sigue viviendo. El hombre sabe que está gravemente herido y por tanto necesita un doctor. De hecho, puede pedir ayuda de algún transeúnte o arrastrarse hasta el teléfono para llamar al doctor. Desea sanar.
El calvinista, sin embargo, compararía al hombre con alguien que salta del último piso de un rascacielos y se aplasta en la calle. Incluso si quedara algo sano en él después de llegar al suelo, no sabría que necesita ayuda, y mucho menos la podría pedir. El hombre está muerto –sin vida- y ni siquiera puede desear sanar.
O, para utilizar otro ejemplo: La postura que da al hombre algo de crédito por su salvación al otorgarle la capacidad de creer, describe al hombre como ahogándose. Éste agita la cabeza dentro del agua y mueve vertiginosamente los brazos, tratando de mantenerse a flote. Si alguien no lo ayuda, morirá. Quizá ya se le han medio llenado de agua los pulmones; incluso puede haber perdido el conocimiento por unos momentos, pero sigue teniendo suficiente presencia de ánimo y capacidad para moverse y gritar para que lo salven. Si llama al salvavidas, éste lo salvara.
La descripción bíblica, sin embargo, es la de un hombre que está en el fondo del océano, a más de mil metros de profundidad. El peso de agua es de seis toneladas por centímetro cuadrado. Ha estado ahí durante mil años y los tiburones han devorado su corazón. En otras palabras, el hombre está totalmente muerto y es totalmente incapaz de pedir a nadie que lo salve. Para que se salve tiene que ocurrir un milagro. Alguien tiene que sacarlo de la superficie y devolverle la vida, y entonces podrá pedir al salvavidas que lo rescate.
Esta es la descripción del pecador. Está muerto en sus pecados y transgresiones (EF.12.1, 5). No desea sanar. Está muerto.
Cuando Cristo le grito a Lázaro que saliera del sepulcro, éste no tenía vida como para oír, incorporarse, y salir. No había en él ni un hálito de vida. Para poder oír a Jesús quien lo instaba a salir, éste tuvo que devolverle la vida. Jesús lo resucitó y entonces Lázaro pudo responder.
Estas ilustraciones ponen de manifiesto el punto básico de la discrepancia entre los arminianos y los calvinistas, lo que Martín Lutero afirmó que era el eje en torno al cual giró toda la reforma.* El Arminiano y nos referimos a él con cordialidad aunque no es bíblico en este punto cree que Cristo murió por el pecado y que nadie puede contribuir a lo más mínimo a pagar por sus propios pecados. Hasta aquí todo está bien. “Jesús pagó por todo, todo se lo debo a él”.
* La esclavitud de la voluntad, por Martín Lutero. El título de este libro es otra buena descripción de la depravación completa y de la incapacidad total. La voluntad no es libre: está en esclavitud, sometida al diablo. Es “como un animal que se encuentra entre dos jinetes. Si lo monta Dios, quiere lo que Dios quiere y va donde Dios desea. Si lo monta Satanás, quiere lo que quiere Satanás y va donde Satanás desea. Tampoco puede escoger al jinete; son los mismos jinetes los que luchan para decidir quién lo va a conseguir.” Este excelente libro de Lutero contra las ideas no bíblicas de Erasmo muestra lo buen calvinista que era Lutero.
Pero la entraña del problema está en que el Arminiano va todavía más lejos y afirma que el no salvo puede, pude por su propia fuerza y con ayuda del espíritu Santo, pedir a Jesús que lo salve. Y una vez que lo pide, entonces nace de nuevo.
El “calvinista” bíblico, sin embargo dice no. El Arminiano ha empezado la casa por el tejado. El hombre está muerto en sus pecados y delitos, no sólo enfermo o herido, pero todavía con vida. No, el no salvo, el no regenerado, está espiritualmente muerto (Ef.2) Es incapaz de pedir ayuda a no ser que Dios cambie su corazón de piedra por un corazón de carne y lo haga vivir espiritualmente (Ef.2.5). Entonces, una vez que ha nacido de nuevo, puede por primera vez acudir a Jesús para expresar pesar por sus pecados y pedirle que lo salve.
La pregunta es: ¿Es Dios el autor sólo de la redención o también de la fe? ¿Pone Dios de parte suya el sacrificio vicario de Cristo, y el hombre su fe? ¿O es la fe también don de Dios (Ef.2.8)? ¿Depende la salvación parcialmente de Dios (dar a Cristo en la cruz) o totalmente de Dios (dar a Cristo para que muera por nosotros además de darnos la fe)?
¿Se queda el hombre con un poquito de la gloria-la incapacidad de creer? ¿O pertenece toda la gloria a Dios? La enseñanza de la depravación total es que Dios es merecedor de toda la gloria y el hombre no es digno ni de una mínima parte de ella.

CONCLUSIÓN.

De la enseñanza bíblica acerca de la depravación total del hombre se puede sacar tres lecciones.
1. LA DEPRAVACIÓN TOTAL EXPLICA LOS PROBLEMAS DE NUESTRO MUNDO.
El odio congénito hacia Dios y al hombre constituye la raíz de las violencias estudiantiles, de las protestas sangrientas, de las anarquías, de las huelgas egoístas, del tráfico de drogas, de los crímenes y del caos general hacia el cual se encamina el mundo.
Sin querer ser simplistas ni ingenuos, se puede afirmar que la sociedad no resolverá estos problemas básicos hasta que las personas nazcan de nuevo y se vuelvan a Jesucristo. Porque la Biblia nos dice que el hombre no está vivo espiritualmente, y la consecuencia es “que no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Ro. 3.12-18). Y todo empeorará antes de mejorar, según las profecías de la Biblia. En los últimos tiempos, Satanás quedará en libertad por un tiempo, y parecerá como si las fuerzas del mal se hubieran desencadenado.
Esto no significa que la conversión del mundo entero resolvería todos los problemas. Porque los cristianos nacidos de nuevo siguen siendo pecadores, aunque básicamente han sido cambiados. El mundo necesita más que la conversión: necesita que los cristianos apliquen los principios cristianos a la política, al trabajo, a la economía y a la sociedad general.
Pero esta enseñanza de la depravación total debe poner sobre aviso al cristiano para que no se sorprenda ante la mentalidad destructora rebelde, anárquica y llena de odio del mundo presente; y nos debería indicar la necesidad que se tiene del evangelio para resolver estos problemas.
2. EL CONOCIMIENTO DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL DEBERÍA TAMBIÉN ENSEÑARNOS QUE SOMOS TOTALMENTE MALOS Y ESTAMOS EN UNA SITUACIÓN TERRIBLE A NO SER QUE DIOS NOS AYUDE
Cuando alguien se entera por la Biblia de la enormidad de su pecado, debería querer acudir a Dios para pedirle, “Ayúdame, Jesús, Soy malo y pecador. He obrado mal. No soy bueno. Sálvame Jesús.” Cuando lo hace, se sigue una tercera verdad.
3. EL CONOCIMIENTO DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL LE ENSEÑARÁ AL HOMBRE QUE SI DESEA PEDIR A DIOS QUE LO AYUDE, LO HACE SÓLO PORQUE DIOS MISMO PONE EN ÉL EL QUERER Y EL HACER SEGÚN SU BUENA VOLUNTAD (FIL. 2:12.13)
Sabrá que Jesús no sólo murió por sus pecados, sino que Dios incluso puso en su corazón la capacidad de creer en Jesús. Entonces exclamará, “¿Hasta dónde llega la bondad de Dios?” No sólo envía a Cristo para que cargue con el castigo que a mí me correspondía, sino que incluso hace que yo, quien en realidad no amo a Jesús, desee amarlo y creer en él. ¡Qué Dios tan bueno!

INSTRUCCIONES PARA AYUDAR A LOS LÍDERES EN EL EMPLEO DE LAS PREGUNTAS PARA DISCUSIÓN

1. Todos tienen intereses diferentes y formación diferente; de aquí se desprende pues que no todas las preguntas servirán para todos. Sepa, pues, seleccionar las que le parezcan de mayor interés. Su número es más que suficiente para una sesión.
2. Si alguien responde correctamente a la pregunta desde un principio, quizá no sea lo mejor decir: “Muy bien; pasemos a la siguiente pregunta.” Antes bien, desempeñe el papel del abogado del diablo: interrogue a los demás a ver si están de acuerdo con la respuesta dada, y pregunte por qué lo están. El aprendizaje es más provechoso cuando hay desacuerdo en las respuestas. Deje que los demás discutan las divergencias por un rato. Como líder no trate de resolver el problema de inmediato. Pero al final esté seguro de dar lo que usted piensa que es la verdad. No los deje en la duda, pero permítales discutir entre sí durante un tiempo.
3. Nunca se ría de ninguna respuesta ni la ridiculice, por muy tonta que piense que es. El hacerlo es la forma más segura de detener la discusión. Los demás tendrían miedo de que les fuera a ridiculizar, en el caso de que cometiera algún error. Sin estar de acuerdo con el error sugerido, suele ser posible hallar algo de verdad en la respuesta dada. Es mejor aprovechar eso y luego discretamente mostrar en que aspectos estaba equivocada la persona.
4. No haga preguntas a las que se pueda responder con un sí o un no. En este caso fracasaría. La pregunta estaría seguida de un rotundo silencio. Si hace esa clase de preguntas, continúelas con un “¿Por qué?” aunque usted sepa todas las respuestas, no lo de a entender y haga que expliquen por qué piensan en la forma en que lo hacen.
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y DISCUCIÓN DEL CAPÍTULO QUE USTED HA TERMINADO DE LEER:
1. ¿Por qué se dice que la depravación es Total?
2. ¿Cuál es la diferencia entre depravación total y depravación absoluta?
3. ¿Qué es gracia común? Mencione por lo menos tres aspectos de la misma.
4. ¿Es el cristiano totalmente depravado?
5. Dé algunos ejemplos de depravación total basándose en noticias recientes o en la vida de conocidos.
6. ¿Qué quiere decir “bien relativo”?
7. ¿Por qué el así llamado bien relativo no es fundamental y básicamente malo?
8. Tome la vida de algún no cristiano bien conocido. ¿Es totalmente malo? Al responder, asegúrese de que define que quiere decir por bien y por mal.
9. De ejemplos de personas que externamente hacen el bien, pero cuyas motivaciones son malas. ¿Hacen el bien y o el mal? ¿Por qué?
10. ¿Puede amar a Dios el no regenerado? Acuda a su Biblia al contestar las siguientes preguntas:
1. ¿Qué dicen los siguientes textos sobre la depravación total del pecador:
A. Salmo 51.5
B. Juan 6.44, 65
C. Juan 8.7, 8
D. Romanos 8.7, 8
E. 1 Corintios 2.14
2. ¿Qué dice la enseñanza bíblica de la depravación total? ¿A la luz de la Depravación total se podrá conseguir un mundo mejor por medio de ¿mayor educación? O ¿por la elevación de sueldos? ¿Nivel de vida? etc.
3. Al estudiar las Escrituras, ¿cuál describe la situación del pecador; la de un enfermo o la de un muerto? Fíjese en el Apéndice de este estudio.
1. ¿Cuáles son los artículos de la “Confesión Belga de Fe” como de la “Confesión de fe de Westminster” que tratan de la depravación total? ¿Hay alguna idea en ellas que le resulte original? ¿Cuál es?
2. A la luz de su estudio de la Biblia, como también de estos documentos Históricos formule en sus propias palabras lo que es la situación del Hombre.

LECCIÓN: 4

2: ELECCIÓN INCONDICIONAL

Cuando se utilizan los términos Predestinación o elección Divina, muchas personas se estremecen; y se imaginan al hombre aprisionado en las garras de un Destino horrible e impersonal. Otros –aun algunos los que creen en la doctrina- piensan que esto está muy bien pero para las aulas de teología, pero que no tiene por qué mencionarse desde el púlpito. Preferirían que la gente lo estudiara en secreto en su propia casa.*
Una actitud tal no es bíblica y se origina en la falta de conocimiento de la que la Biblia dice acerca de la elección. Porque la elección, lejos de ser una doctrina horrible, si se entiende bíblicamente, es quizás la mejor enseñanza, la más cálida y más alegre de toda la Biblia. Esta hará que el cristiano alabe a Dios y le agradezca su bondad al salvarlo gratuitamente, ya que como pecador lo que merecía era el infierno.
* Como la predestinación está asociada tan íntimamente con Juan Calvino, es muy instructivo ver la actitud humilde, piadosa y temerosa de Dios que el reformador tuvo hacia el tema. Fue tan deliciosamente bíblica y humana, que lo he citado extensamente en la parte final del estudio.
A fin de entender lo que la Biblia dice acerca de la elección divina, examinémosla bajo los siguientes aspectos:
I. Lo qué es.
II. Base bíblica.
III. Algunas aclaraciones.
IV. Ventajas prácticas.

I. LO QUE ES

Para poder entender claramente lo que es la elección incondicional, ayudará el conocer el significado de algunos términos:
A. PREDETERMINACIÓN.
Predeterminación significa el plan soberano de Dios, por medio del cual éste decide todo lo que va a suceder en el universo entero. Nada sucede en este mundo por casualidad. Dios está detrás de todas las cosas. Él decide y hace que las cosas sucedan. No se sitúa al margen, temiendo quizá lo que pueda suceder a continuación. No, Él ha predeterminado todas las cosas “según el designio de su voluntad” (Ef. 1.11): el movimiento de un dedo, el pálpito del corazón, la risa de una niña, el error de una mecanógrafa-incluso el pecado. (Vea Gn. 45.5-8; Hch. 4.27-28; y el cap. 6 de este libro.)
B. PREDESTINACIÓN.
La predestinación es parte de la predeterminación. En tanto que la predeterminación se refiere a los planes que Dios tiene para todas las cosas que suceden, la predestinación es la parte de la predeterminación que se refiere al destino eterno del hombre: cielo o infierno. La predestinación se compone de dos partes: elección y reprobación. La elección tiene que ver con los que van al cielo, y la reprobación con los que van al infierno.
C. ELECCIÓN INCONDICIONAL.
Para entender este término, consideramos cada palabra:
1. Elección. Todos sabemos que es una elección nacional: escoger entre candidatos a uno para que sea presidente. Elegir significa escoger, seleccionar, optar. La elección divina significa que Dios escoge a algunos para que vayan al cielo. A otros los pasa por alto y éstos irán al infierno.
2. Incondicional. Una elección condicional es una elección que está condicionada por algo que hay en la persona que es elegida. Por ejemplo, todas las elecciones políticas son elecciones condicionales, la selección del votante está condicionada por algo que el candidato es o ha prometido.
Algunos candidatos prometen el cielo si son elegidos. Otros prometen solamente ser buenos representantes y hacer todo lo que crean mejor. Otros apelan al hecho de que son de un grupo determinado o de una clase social determinada. Así pues las elecciones humanas son siempre elecciones condicionales, ya que la decisión del votante se basa en las promesas e índole del que va a ser elegido.
Pero, por sorprendente que pueda parecer, la elección divina es siempre elección incondicional. Dios nunca basa su elección en lo que el hombre piensa, dice, hace o es. No sabemos en qué basa Dios su selección, pero no es algo que esté en el hombre. No es que ve algo bueno en un hombre específico, algo que induce a Dios a decidir elegirlo.
¿Y no es esto maravilloso? Supongamos que la elección que Dios hace para el cielo se basara en algo que teníamos que ser o pensar o hacer. ¿Quién se salvaría entonces? ¿Quién podría presentarse delante de Dios y decirle que ha hecho alguna vez algo siquiera por un instante, que fuera realmente bueno en el sentido más profundo de esta palabra? Todos nosotros estamos muertos en nuestros pecados y transgresiones (EF. 2).
No hay nadie que haga el bien, nadie (Ro. 3) Si la elección de Dios se basara en una sola cosa buena que se encuentra en nosotros, entonces nadie sería elegido. Entonces nadie iría al cielo; todos irían al infierno. Porque nadie es bueno. Por lo tanto, agradezcamos a Dios su elección incondicional.
Para dejar bien claro lo que quiere decir elección incondicional, es necesario referirse al arminianismo. No me agrada tener que hacerlo, porque puede parecer que sea enemigo de los arminianos. Por el contrario, creo que los arminianos pueden ser cristianos nacidos de nuevo. * Ellos creen que hay un Dios trino, que Jesús es Dios, y que murió por los pecados del hombre, sostienen la salvación por la fe sola y no por las obras. Por consiguiente, todos los verdaderos creyentes los que confían en Jesús como salvador suyo deberían sentirse en verdadera comunión cristiana con los arminianos. Son uno en Cristo.
Aunque los arminianos son cristianos sinceros, están completamente equivocados respecto a las siguientes doctrinas de depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia de los santos. Y la única razón por la que mencionamos el arminianismo es para mostrar con mayor claridad las enseñanzas bíblicas.
* El arminianismo recibió el nombre del teólogo Holandés, Jacobus Arminius, quien vivió de 1560 a 1609. Desarrolló los Cinco Puntos del Arminianismo, contra los cuales se pronunció el concilio de la iglesia de Dort (Holanda) en 1618-19.
Porque lo blanco nuca es tan blanco como cuando se contrapone a lo negro. Así también, las verdades bíblicas del Calvinismo nunca se ven tan claras como cuando se le contrapone a las ideas erróneas del arminianismo. De esta manera, no es sino con renuencia que menciono tanto al arminianismo, pero lo hacemos por amor y aprecio por ellos. Simplemente deseamos presentar el gozo pleno de la fe cristiana que no sea oscurecido con la idea errónea de la elección condicional.
Según el Arminiano, la elección divina y si creen en la elección es incondicional. Creen que Dios prevé quien creerá en Cristo, y entonces, basado en ese conocimiento previo, Dios decide elegir a los creyentes para el cielo. Creen que a veces el hombre natural y no regenerado posee suficiente bondad en sí mismo para que, si el Espíritu Santo lo ayuda, desee elegir a Jesús. El hombre elige a Dios, y entonces Dios elige al hombre. La elección de Dios queda condicionada por la elección del hombre. El Arminiano, pues enseña la elección condicional; en tanto que el calvinista enseña la elección incondicional.

II. BASE BÍBLICA

Los Cinco Puntos del Calvinismo están íntimamente ligados entre sí. El que acepta uno de los puntos aceptará los demás. La elección incondicional se desprende necesariamente de la depravación total.
Si los hombres son totalmente depravados y sin embargo, algunos se salvan, entonces es obvio que la razón de que algunos se salven y otros se pierdan descansa enteramente en Dios. Todo el género humano continuaría perdido si quedara abandonado a sí mismo y Dios no escogiera a algunos para que se salvaran. Porque por naturaleza el hombre está espiritualmente muerto (Ef. 2) y no sólo enfermo. No posee en sí mismo ni vida ni bondad espirituales. No puede hacer nada que sea verdaderamente bueno nada, ni siquiera entender las cosas de Dios y de Cristo, y mucho menos desear a Cristo o la salvación.
Sólo cuando el Espíritu Santo regenera al hombre tener fe en Cristo y ser salvo. Por consiguiente, si la depravación total es bíblicamente verdadera, entonces la fe y la salvación consiguiente se dan sólo cuando el Espíritu Santo actúa por medio de la regeneración. Y la decisión respecto a que a qué personas serán objeto de su acción debe pertenecer por completo, ciento por ciento, a Dios, ya que el hombre, como está espiritualmente muerto, no puede pedir ayuda. Esto es elección incondicional: La elección de Dios no depende de nada de lo que el hombre hace.
A. JUAN 6.37, 39
Jesús prometió a sus oyentes, “Todo lo que el padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le hecho fuera, Y ésta es la voluntad del padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada sino que lo resucite en el día postrero.”
Se ve muy claramente que aquellos que resucitarán en el último día- todos los creyentes verdaderos- el Padre se los da a Cristo. Y sólo aquellos que el Padre a Cristo pueden venir a él. La salvación está por completo en las manos del Padre. Él es quien se los da a Jesús para que se salven. Una vez que hayan sido entregados a Jesús, éste se preocupará entonces de que ninguno de ellos se pierda. Así pues, la salvación depende por completo de que el Padre entregue a algunos a Cristo. Esto no es más que la elección incondicional.
B. JUAN 15.16.
Cristo dijo, “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.”
Si hay algún texto que señale claramente la elección incondicional es éste. El Arminiano dice que él escoge a Cristo. Cristo dice, “No, vosotros no me elegisteis a mí. Al contrario, yo os elegí a vosotros.”
Es cierto que el cristiano elige a Cristo. Cree en él. Es decisión suya. Y sin embargo Cristo dice, “No, no me elegisteis vosotros a mí.” La observación negativa de Cristo es una forma de decir que si bien el cristiano cree a veces que él mismo es el factor decisivo en elegir a Cristo, la verdad es que en último término, es Cristo quien escoge al creyente.
Y entonces después de esto, el creyente elige a Cristo. Nosotros pensamos que todas las cosas buenas que hacemos en la vida, tal como creer en Cristo las logramos por nuestros propios medios; pero debemos recordar que Dios es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad (Fil. 2.12, 13). Juan lo expresó de otra forma en su primera carta, “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” El amor de Dios es anterior al amor del hombre. Este es el amor selectivo de Dios.
C: HECHOS 13.48.
Lucas informó, “Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.”
He aquí otro texto de una claridad total para quienquiera que lea la Biblia sin nociones preconcebidas acerca de la elección. Lucas cuenta las conversiones ocurridas en Antioquía donde Pablo y Bernabé habían predicado. Al informar acerca de los resultados del ministerio de ellos emplea las palabras del texto citado.
Esto ha turbado a los arminianos hasta tal punto que sus teólogos han tratado de retorcer las palabras para hacerlas decir, ”Todos los que creyeron estaban ordenados para vida eterna”; y el predecesor del unitarianismo, Socino (1539-1604), de hecho tradujo de esta forma, pero esto violenta totalmente el texto. Esta traducción armonizaría muy bien con la teoría arminiana según la cual Dios prevé quiénes van a creer y luego los predetermina. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario: “Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.” La sencillez cabal de este texto es sorprendente.
D. 2 TESALONICENSES 2.13.
El apóstol Pablo afirmó, “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.”
Adviértase ante todo que se dice que el Señor amó a los tesalonicenses. Este es ya amor selectivo. Este término “amados por” nunca se emplea para el caso del no creyente, o del mundo, en ninguno de los pasajes de la Biblia. Dios nunca llama a Judas o al mundo que lo rechaza, “amados por el Señor.” Este término se reserva para aquellos que aman a Jesús y que han sido salvados por su muerte. Esto es ya un indicio del amor eterno y selectivo de Dios.
Luego adviértase que Pablo dice expresamente que Dios escogió a los tesalonicenses, dando a entender que pasó por alto a otros.
Además, Pablo escribe que Dios los escogió desde el principio; es decir desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1.4)-desde la eternidad. Alguien dirá, “Seguro que los escogió desde la eternidad, que preordenó quiénes irían al cielo; pero lo hizo basado en el conocimiento previo. Dios previó quienes creerían en Cristo y basado en esto los escogió.”
Esta forma de razonar pasa por alto la enseñanza clara de Pablo. Pablo no dice que Dios escogió a los tesalonicenses porque eran santos o creyeron. Al contrario, dice exactamente lo opuesto. Dios los escogió “para salvación”. Algunas de las versiones modernas lo traducen “para ser salvados” (Versión Popular). La salvación viene sólo por fe; de manera que cuando Pablo dice que Dios escogió a los tesalonicenses “para ser salvados”, esto, desde luego, implica que Dios eligió darles el único medio para conseguir esa salvación a saber, la fe.
Si Dios eligiera dar a alguien el resultado sin darles los medios para conseguirlo, la elección no tuviera significado. Por si hubiera todavía algunos que dudaran de la que la fe sea un don de Dios y no fruto de los esfuerzos del hombre (Ef. 2.8), Pablo dice expresamente que Dios los escogió para salvación “mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad”. En otras palabras, salvación, santificación y fe forman un todo que les vino a los tesalonicenses de parte de Dios. Así pues, 2 Tesalonicenses enseña una elección de Dios que no depende de nada que haya en el hombre, ni de su santificación ni de su fe. No, la elección de Dios es incondicional.
E. EFESIOS 1.4-5.
Pablo dice que Dios padre nos ha bendecido con toda bendición espiritual, “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.”
Adviértase con qué vigor habla Pablo de la elección. Dice que Dios “nos escogió”, no que nosotros escogimos a Dios. Luego agrega que Dios nos ha “predestinado”. Además, la elección soberana se subraya más con la afirmación de que Dios nos escogió en Cristo; es decir, nos escogió no debido a nosotros mismos sino por causa de Cristo Jesús.
Quizá algunos arminianos continuarán arguyendo que Dios sí predestinó a algunos, pero que esto se basó en el conocimiento que Dios tenía de quienes iban a creer. Por consiguiente, la decisión depende realmente del hombre y no de Dios. Pero adviértase que Pablo no dice que Dios nos escogió porque somos santos, sino, para que fuésemos santos y sin mancha. Y la santidad incluye la fe, porque no hay santidad sin fe. Efesios 1 se opone por completo a lo que dice el Arminiano, y excluye la elección que se base en algo que haya en el hombre-obras o fe.
Esta conclusión se refuerza más cuando Pablo agrega que esta elección y predestinación fueron “según el puro afecto de su voluntad”. Dios no escogió al hombre porque previó que hubiera en él algo que valiera la pena, como la fe, porque entonces hubiera dicho que nos predestinó “según la fe prevista en el hombre”. Por el contrario, Pablo omite cualquier alusión al hombre y dice que la razón se encuentra solamente en “el puro afecto” de Dios.
Para hacer resaltar con más fuerza esta elección soberana de Dios, que no se basó en nada que exista en el hombre, Pablo agrega la expresión, “de su voluntad”. Esto no fue necesario para su razonamiento. Había dicho que la elección había sido según el puro afecto de Dios; esto era suficiente para indicar que la elección de Dios se basaba en razones que estaban totalmente en el mismo. Pero luego agrega “de su voluntad”, lo cual indica todavía con más vigor la libertad de la elección de Dios, el hecho de que la razón hay que buscarla sólo en su voluntad.
F. ROMANOS 8.29, 30.
Pablo afirma, a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…Y a los que predestinó a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó: y a los que justificó, a éstos también glorificó.”
Si hay algún versículo que parezca apoyar el concepto arminiano de la predeterminación basada en el conocimiento previo, es éste. Pero sólo mediante una lectura superficial se llegaría a esta conclusión. Porque la palabra traducida en la versión antigua como “antes conoció” es una expresión griega y hebrea que significa “amar antes”. Cuando la Biblia dice que Adán “conoció” a Eva, no quiere decir que Adán conoció lo alta que era y la clase de temperamento que tenía. No, significa que Adán amó a Eva. Y cuando David dice que Dios “conoce el camino de los justos; mas la senda de los malos perecerá” (Sal, 1), no dice que Dios conoce al justo y no conoce al malo. Dios conoce todas las cosas y a todas las personas, incluyendo a los malos. Propiamente David quiere decir que Dios ama el camino de justo y odia el camino del malo, al cual castigará.
En forma semejante, cuando dios dice por medio de Amós, “a vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra” (3.2), no niega su omnisciencia, diciendo que no conoce a nadie más intelectualmente. No se trata de una metáfora que significa, “de entre todas las familias de la tierra solamente os he amado a vosotros.”
Del mismo modo, cuando pablo dice en romanos 8.29, “a los que antes conoció, también los predestinó”, Pablo utiliza la expresión bíblica de “conocer” en lugar de “amar” y quiere decir “a los que antes amó, los predestinó.” Si “conoció” significara aquí sólo conocimiento intelectual, entonces Dios no lo conocería todo; porque entonces no conocería a los que no ha predestinado para la justificación y glorificación. Lo que Pablo dice en Romanos 8 es que hay una cadena áurea de salvación que comienza con el amor eterno y selectivo de Dios y continua por eslabones irrompibles a través de la predeterminación, el llamamiento efectivo, la justificación, hasta la glorificación final en el cielo.
En lugar de apoyar el punto de vista arminiano de que la predeterminación se basa en el conocimiento previo, Romanos 8 está de acuerdo en forma definitiva con el resto de la Escritura en el sentido de que la predeterminación del creyente se basa en el amor eterno de Dios. Gracias a Dios de que existe esta cadena ininterrumpida de salvación. El que cree en Cristo sabe que forma parte de ella.
G. ROMANOS 9:_6-26.
Todos los textos mencionados previamente son excelentes para mostrar que Dios no elige a las personas porque haya algo en ellas que lo atraiga. Pero la afirmación más espléndida de todas se encuentra en Romanos 9.
El problema principal de Romanos 9-11 es éste: “¿Cómo pueden los israelitas, quienes poseyeron todas las bendiciones de Dios en el pasado, estar espiritualmente perdidos? ¿Ha olvidado Dios sus promesas a Israel?” Pablo responde con un no rotundo. “No que la palabra de Dios haya fallado” (9.6). Entonces dedica el resto del capítulo a mostrar que la salvación no se obtiene porque uno sea descendiente físico de de Abraham, sino que se recibe de la gracia soberana de Dios. Y esto es lo que deseamos mostrar: El primer indicio se encuentra en el hecho de que Rom. 9.7 Pablo habla de la elección soberana de Isaac en lugar de Ismael. Dios habló en forma soberana y selectiva, “en Isaac te será llamada descendencia.”
Luego Pablo señala la misma elección soberana en el caso de Jacob y Esaú. Jacob y Esaú tenían los mismos padres e incluso habían nacido a la vez: eran gemelos. Sin embargo Dios en forma soberana escogió a Jacob y pasó por alto a Esaú.
Para mostrar que la elección de Dios no se basó en un conocimiento previo, Pablo escribe que Dios dio a conocer su elección a Rebeca antes de que nacieran los mellizos y antes de que hubieran hecho nada, ni bueno ni malo (9.11). “Así fue dice Pablo, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama” (9.11). Dios no escogió a Jacob porque vio de antemano que sería bueno o creería. La fuente de la elección no se halla en el hombre, sino en “el que llama”, es decir Dios simplemente afirma, “A. Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (9.13).
Como seres humanos quisiéramos preguntar, “¿Pero por qué Dio? Y Dios simplemente responde reiterando el hecho, “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” y no da ninguna razón que satisfaga la pregunta inquieta que se hace el hombre.
Pablo percibe el sentimiento de insatisfacción que sin duda se despertará en la mente de los que van a escuchar su carta. Percibe que algunos pensarán espontáneamente, “¿Qué clase de Dios es éste? No es justo amar a uno y aborrecer a otro incluso antes de que nazcan y antes de que tengan oportunidad de demostrar lo que son.” Por eso en el versículo siguiente (14) Pablo se pregunta: “¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios?” Éste es el meollo: La elección incondicional parece implicar la idea de un Dios injusto y por consiguiente no puede ser. Así razona el hombre.
Antes de que pasemos a examinar la respuesta de Pablo ante tal acusación, reflexionemos un momento en el hecho de que esta misma pregunta que Pablo se hace presupone la elección incondicional. La cuestión de la injusticia en Dios nunca, nunca se suscita dentro de la teoría arminiana. Porque según el Arminiano, Dios no elige arbitrariamente, ya que prevé quién será bueno o malo, o quién creerá. La elección de Dios se basa en algo que el hombre hace o cree. Su predeterminación es completamente justa; se decide sobre los méritos del hombre.
La acusación de injusticia hecha a Dios se suscita sólo si la elección es incondicional; porque al hombre le parece necio hablar de un Dios bueno y justo que simplemente escoge a Jacob y pasa por alto a Esaú, especialmente cuando Jacob no es mejor que Esaú, ni tiene más méritos que él. Esto es una locura, piensa. Dios debe ser injusto.
Por consiguiente, el hecho mismo de que Pablo plantee la pregunta acerca de la injusticia presupone que habla acerca de la elección incondicional. Según la teoría arminiana de la elección incondicional, no habría posibilidad de plantear el problema de la injusticia. Pero Pablo lo hace, con lo que demuestra que está enseñando la elección incondicional.
La respuesta de la palabra infalible de Dios a la pregunta de Pablo no es retractar lo dicho respecto a la soberanía de la elección de Dios, ni tratar de ofrecer una explicación racional al hombre que duda. Pablo simplemente afirma “En ninguna manera.” Ni se atrevan a decir o a pensar que Dios es injusto. No lo es. Es un Dios bueno y santo, y jamás es injusto.
Quizá no lo podemos entender todo aquí. Después de todo, sólo somos humanos; no somos Dios. ¿Acaso puede sorprender que siendo pecadores y mezquinos no entendamos todo lo que se refiere a Dios? ¿Acaso sus caminos no son más elevados que los nuestros tanto como el firmamento infinito está muy por encima de la tierra?
Incluso Pablo afirma de otra forma la elección incondicional por parte de Dios con una expresión del Antiguo testamento. “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (9.15). Y más adelante dice, “de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (9.18) Según la Biblia, la elección depende en forma exclusiva de Dios. Es libre de amar al que quiera y pasar por alto al que quiera, no debido a lo bueno o malo que haya en el hombre, sino por sus propias buenas razones.
Sería posible considerar como suficientes las pruebas alegadas en cualquiera de los numerosos puntos mencionados en Romanos 9. Pablo ha demostrado en forma concluyente que la salvación no del que actúa, sino del que llama, y que la elección es incondicional. No hace falta proseguir con otros argumentos. Y sin embargo parece como si Pablo tuviera en mente a los arminianos cuando escribió el versículo 16. Porque Pablo lo dice en forma tan inequívoca que no puede haber ningún mal entendido, “Así que no depende del hombre que quiere, desea o decide; ni tampoco del que corre. Depende exclusivamente de Dios quien tiene misericordia.
Si todavía hay alguien que dude de estas afirmaciones explícitas de la Biblia de que nuestra salvación está totalmente en manos de Dios, y que no depende ni en lo más mínimo del que quiere o del que corre, que lea una y otras vez Romanos 9.16. Porque ésta es la Palabra de Dios.

III. ALGUNAS ACLARACIONES

A. ¿HA ELUDIDO EL PROBLEMA EL ARMINIANO?
Una de las razones por las que el Arminiano hace que el hombre sea el factor decisivo en la salvación es que espera salvaguardar la libertad del hombre. Cree que si Dios predetermina todas las cosas, entonces el hombre no es ni libre ni responsable. Por ello opta por reducir los planes determinantes de Dios y reservar un cierto terreno en el que el hombre actúa libre e independientemente de Dios. (A modo de adelanto, se debería advertir que el calvinista defiende tanto la soberanía de Dios como la responsabilidad del hombre, si bien no puede reconciliar ambas racionalmente. Véase capítulo 6.)
Pero debería advertirse que el Arminiano no consigue muy bien lo que pretende. Porque según la posición del Arminiano, Dios conoce de antemano todo lo que va a suceder. Dios no escogió a los que creerían en Cristo; pero si ha conocido desde la eternidad cuál va a ser la elección de cada hombre, porque Él es omnisciente. Si Dios conoce de antemano lo que sucederá, entonces sólo lo que Él conoce de antemano llegará a suceder.
No hay otra alternativa. Si Dios conoció de antemano que el Sr. A. creería, entonces no hay posibilidad alguna de que éste no crea. Por tanto, si Dios sí conoce de antemano todas las cosas, como dice el Arminiano, entonces todas las cosas ciertamente sucederán y no hay posibilidad de otra alternativa.
Bien, esto es exactamente lo que cree el calvinista: Dios conoce de antemano todas las cosas, los sucesos futuros son ciertos, y el hombre tiene responsabilidad de hacer el bien. La única diferencia es que el calvinista se atreve a decir que Dios es todopoderoso y controla estos sucesos; en tanto que el Arminiano dice que el hombre los controla. El calvinista se atreve a hacer de Dios un Dios real, un Dios todopoderoso, y no un Dios parcialmente poderoso. Y el Arminiano no ha ganado nada con su teoría, ya que está exactamente frete al mismo problema que tiene el calvinista; a saber, cómo reconciliar la responsabilidad humana con la certeza absoluta de todos los sucesos.
B. EL HOMBRE ES LIBRE.
Contrariamente a lo que piensa la mayor parte de las personas el calvinista enseña que el hombre es libre ciento por ciento – libre de hacer exactamente lo que quiere. Dios no coacciona a nadie en contra de su voluntad.
Y precisamente por ser libre, el hombre es esclavo debido a que el hombre hace lo que quiere hacer, no posee una voluntad libre (lo cual no es lo mismo que decir es libre); es decir, el hombre es totalmente incapaz de escoger entre el bien y el mal. El alcohólico no es libre. Técnicamente puede escoger externamente entre beber y no beber. Pero en realidad sólo puede hacer una cosa. No puede dejar de beber más de lo que puede dejar de respirar. Tiene que beber. Es esclavo del alcohol. Y sin embargo es libre. Hace exactamente lo que desea hacer. Nadie lo obliga a beber.
De la misma manera, el no cristiano es libre. Hace precisamente lo que le gustaría hacer. Sigue los deseos de su corazón. Como su corazón está corrompido e inclinado a toda clase de males, libremente hace lo que desea hacer, a saber, pecar. Odia al Dios trino y todo lo que Él representa. Por consiguiente, en realidad nunca lo escogerá. No puede, porque no lo desea. Así pues, precisamente porque el no regenerado es libre, es esclavo. Es esclavo del diablo y de sus propios deseos malos, y no puede servir a Dios.
Históricamente, la expresión Libre albedrío se ha utilizado en teología para indicar que el hombre es libre de hacer lo que desea hacer, y voluntad libre se ha utilizado para indicar la clase de libertad que nadie posee a saber, la capacidad o libertad de escoger entre el bien y el mal, entre creer en Cristo o rechazarlo.
A propósito, el cristiano tampoco tiene voluntad libre.* Técnicamente puede tener la opción externa de escoger o rechazar a Cristo, pero básicamente no la tiene. Cristo no lo dejará rechazarlo. Todo lo que el Padre ha dado a Cristo vendrá a Cristo, Nadie los arrancará de las manos de Cristo (Jn. 6.33, 39). En otras palabras, el cristiano no posee voluntad libre. Así pues, si usted es cristiano verdadero, dé gracias a Dios de que nunca, ni por un momento, podrá volverle la espalda a Jesús. El calvinismo no es tan horrible después de todo, ¿no es cierto?
C. EN LA PREDESTINACIÓN TODOS OBTIENEN LO QUE DESEAN.
A veces la gente se queja de que la predestinación es una doctrina dura que obliga a la gente a hacer lo que no quiere hacer. Dicen que si desearan creer, no podrían, a no ser que Dios los hubiera predestinado; y si desearan no creer, Dios los iba a obligar ir al cielo. Así pues, ¿de qué sirve el creer?
Debe decirse con toda firmeza que todos consiguen precisamente lo que desean. Para decirlo en la forma más brusca posible: Los condenados están contentos de estar en el infierno. Nadie está en el infierno en contra de su voluntad. Todos los que están ahí están contentos de ello.
No interprete mal esa afirmación. Los condenados saben que después de la muerte todos van o al cielo o al infierno. No les gusta el infierno, pues de lo contrario no sería infierno
*Tampoco Dios posee voluntad libre, Dios no puede escoger hacer el mal, porque es sólo bien.
No les gusta el infierno, pues de lo contrario no sería infierno. Es el lugar donde los gusanos nunca mueren y donde le fuego nunca se apaga. En el infierno sólo hay agonía eterna. Es infernal. De manera que a los condenados no les gusta estar ahí. Pero hay algo que odian más que ese mismo tormento: a Dios Padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo.
El último lugar en ele que quisieran estar es en el cielo. No pueden digerir la idea de arrepentirse de sus pecados y de amar a Dios y a los demás más que a sí mismos. No desean estar en el infierno, pero cuando saben que la alternativa del infierno es ir al cielo con corazón puro, prefieren permanecer en el infierno. Es pues, cierto que todos consiguen lo que desean: Los cristianos están contentos de estar con Dios, y los condenados están contentos de no estar con Dios.
Cuántas veces el no cristiano se queja de la enseñanza de la predestinación, suele ser una racionalización hipócrita de su rechazo de Cristo. Yo preguntaría:
¿Qué desea? ¿Está arrepentido de sus pecados? ¿Confía en Cristo como Salvador? ¿Ama a Dios y desea ir al cielo? Si la respuesta es sí, entonces debería saber que es cristiano. Ya ha creído. Y “al que a mí viene, no le hecho fuera”, dice Jesús. Tiene lo que desea.
Si responde que no a esas preguntas, entonces preguntaría, “¿Por qué se queja? Tiene todo lo que desea. No desea a Cristo, no desea el cielo. Bien, tiene exactamente lo que desea.”

III. VENTAJAS PRÁCTICAS

Estas enseñanzas bíblicas acerca de la elección son difíciles de entender. Si alguien sigue dudando de ellas, debería recordar que la salvación no depende de creer todo lo que la Biblia dice acerca de la elección incondicional. Podemos tener confusión de ideas e incluso negar algunas verdades bíblicas, y sin embargo ser salvos. La salvación no depende de poseer el conocimiento de un teólogo. Depende sólo de si uno ha puesto verdaderamente la confianza en Jesucristo para que lo salve de sus pecados. Por consiguiente, tanto los arminianos como los calvinistas que se arrepienten de sus pecados y acuden a Cristo para conseguir la salvación irán al cielo.
Pero si yo fuera arminiano, desearía saber con certeza lo que dice la Biblia acerca de la elección; porque es innegable que el arminiano pierde mucho de la riqueza de la vida cristiana debido a sus puntos de vista. Véase como ocurre esto de estas dos formas:
A. ALABANZA AGRADECIMIENTO A DIOS.
Si uno cree que Cristo murió por sus pecados y que con la ayuda parcial del Espíritu santo ha llegado a esa convicción, estará sumamente agradecido con Dios. Pero suponga que, además de estar agradecido con Cristo por haber muerto en la cruz por usted, cayera en la cuenta de que nunca hubiera amado a Jesús a no ser que él lo hubiera amado primero, que nunca lo hubiera elegido a no ser que el lo hubiera elegido a no ser que el le hubiera dado fe en ÉL.
Entonces lo amaría mucho más. Su humildad sería mucho mayor porque sabría que ni es suficientemente bueno para distinguir algo bueno que está ante sus ojos. Su agradecimiento sería mucho mayor porque tendría mucho más de que estar agradecido. Su decisión de vivir una vida mejor sería mucho más firme porque habría más razones por las que estar agradecido. Cuán bueno es Dios no sólo en perdonarnos los pecados sino también en darnos fe en Cristo de modo que podamos conseguir el perdón de los pecados. ¡Que bueno es Dios¡
B. LA CONFIANZA DE SER SALVO.
Si en último término nuestra salvación dependiera de nuestra libre voluntad de aceptar a Cristo, y si dios suministrara la expiación vicaria de Cristo, pero no nuestra fe, entonces estaríamos en una condición deplorable. Pensemos en esto - ¡que el seguir siendo cristianos o no, dependiera de nosotros¡ ¡Qué pensamientos tan terrible¡ ¿La salvación depende de nosotros, quienes por naturaleza estamos corrompidos y no amamos a Dios? ¿De nosotros, que como cristianos todavía tenemos al hombre viejo en nosotros? ¿De nosotros, quienes dudamos, vacilamos, y pecamos? ¿La salvación depende de nosotros? Oh, no, que no sea así. Creo hoy, pero quizá mañana no creeré.
Quizá sucumbiré ante los deseos pecaminosos en vez de seguir fiel a Cristo. Quizá mis profesores escépticos me convencerán de que la Biblia no es la verdad. Éstas pueden ser las turbaciones del que piensa que en último término su fe depende fundamentalmente de sí mismo y que no la ha recibido de Dios.
Pero el calvinista sabe que toda su salvación depende de Dios y no de sí mismo. Sabe que no sólo Cristo murió por sus pecados, sino también que Dios le dio la fe. Sabe que el que ha comenzado la buena obra en él la continuará hasta el día del juicio (Fil. 1.6) Así pues, el arminiano no puede poseer el gozo y consuelo de salvación porque hace descansar su fe en sí mismo y no en Dios.
Alabemos a Dios, de quien provienen todas las bendiciones, incluyendo la fe, que es el medio de garantizar las bendiciones de la expiación de Cristo. Alabemos a Dios por su amor selectivo.
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y DISCUSIÓN
Preguntas sobre el capítulo que usted acaba de leer:
1. ¿Cuál es la diferencia entre predestinación y predeterminación
2. ¿Cuál es la diferencia entre la predestinación y el fatalismo?
3. ¿Cuáles son las dos partes de la predestinación?
4. ¿Qué significa la palabra incondicional en la expresión elección incondicional?
5. ¿Cuál es la diferencia entre un Arminio y un arminiano?
6. ¿En qué sentido es bíblico decir que, aunque Dios predestine a todos, el hombre es libre? Acuda a su Biblia, al contestar las siguientes preguntas:
1. ¿Qué palabras se pudiera usar en vez de elección o elegir? Vea Efesios 1.4, por ejemplo.
2. ¿Qué nos enseña Deuteronomio 7.6-9 acerca del aspecto incondicional de la elección?
3. Exponga en detalle Romanos 8.29-30. Muestre, basado en el resto de la Biblia lo que significa la palabra “conocer”. (cf. Gn.4.1, 18.19; Nm. 31. 18; Sal. 1.6; Am. 3. 2; Mt. 7. 23; 1 Cor. 8. 3; 2 Tim. 2. 19).
4. Estudie Romanos 9.10-26 especialmente los versículos 11,14, 16 y 19 ¿Qué dicen estos versículos acerca de la elección?
5. ¿Cómo afecta 1 Jn. 4.19 la enseñanza de la elección?
6. ¿Cómo puede Usted “hacer firme vuestra vocación y elección”? 2 Pedro 1.10. Fíjese en el apéndice de este libro. Lea con cuidado las siguientes secciones antes de contestar las preguntas:
A. La actitud de Calvino hacia la predestinación, pág. 167.
B. Artículo XVI La confesión Belga de fe, Pág. 175.
C. Capítulo III (Sec. III VIII) Capítulo IX La confesión de Fe de Westminster, pág.175, 182. A la luz de esta lectura, como también su reflexión sobre la Biblia, conteste estas preguntas:
1. ¿Cómo ayuda la enseñanza de la elección al cristiano para que alabe a Dios más de lo que da la enseñanza que da Arminio?
2. ¿Resuelve el arminiano el problema de cómo reconciliar la responsabilidad humana con la predestinación y la certeza de todos los sucesos? Explíquese.
3. ¿Cómo respondería a alguien que diga “si estoy predestinado para ser salvo, me salvaré de todas formas. De modo que pecaré todo lo que quiera”?
4. ¿O que respondería si dijera, “si no estoy predestinado para salvarme, no me puedo salvar. Ni siquiera voy, pues, a tratar de salvarme. Nada puedo hacer respecto a esto”?
5. ¿Cómo respondería a una persona que dijera, “si la elección es incondicional es verdadera, entonces Dios es arbitrario, aceptador de personas, quien escoge a unos y se muestra duro con otros”?
6. ¿Hubiera sido injusto Dios si no hubiera elegido a nadie y dejado que todos se condenaran al infierno?
7. Si alguien se niega a aceptar a Cristo, ¿de quien es la culpa: de Dios por no elegirlo o de la persona? ¿Cómo lo demostraría basado en la Biblia?
8. ¿Le es posible a alguien llegar a estar seguro de que es un elegido? ¿Cómo?
9. ¿Se puede saber si alguien es elegido? ¿Cómo? ¿Pero puede saberse si es réprobo? ¿Por qué?
10. ¿En que maneras la enseñanza de la elección nos da mejor garantía de nuestra salvación?

LECCIÓN. 5

3: EXPIACIÓN LIMITADA.

I. EL PROBLEMA

¿Por quién fue que Cristo quiso morir? ¿Por los pecados de quién pagó Cristo de hecho? ¿Por quién fue Cristo al infierno? ¿A quién reconcilió Cristo con Dios? ¿A quién sustituyó Cristo? ¿Cuál fue su intención, su propósito al morir? ¿Salvarlos a todos o sólo a los que Dios eligió? Durante mucho tiempo los cristianos ortodoxos han respondido a estas preguntas de dos formas diferentes. El arminiano ha dicho, “Cristo murió por todos”, en tanto que el calvinista ha dicho, “Cristo murió solo por el creyente.” El arminiano ha enseñado la expiación universal; en tanto que el calvinista ha enseñado la expiación limitada.
El arminiano dice que Cristo murió por todo el mundo, incluyendo a Esaú y Judas. Dicen que Cristo pagó por los pecados aun de los réprobos, aquellos que conscientemente rechazan a Jesús, aquellos que van al infierno. Hacen una distinción entre lo que Cristo hizo (morir por todos) y lo que Cristo consiguió (no todos se salvan). Para ellos la expiación es como un obsequio universal; hay un regalo para todos, pero sólo algunos tomaran posesión del regalo. Cristo no sólo derramó su sangre, también la esparció. Quiso salvar a todos, pero sólo algunos se salvarán. Por consiguiente, parte de su sangre se ha perdido: se ha desparramado.
Se puede encontrar una ilustración de la posición arminiana en el caso de un americano que fue condenado a muerte hace más de 100 años. Antes de que lo colgaran, sin embargo, el presidente Andrés Jackson le concedió el perdón. Pero el hombre se negó e incluso apeló a la Corte Suprema, la cual sostuvo su derecho de negarse a recibir el perdón. La Corte declaró que el Presidente puede otorgar el perdón, pero que el perdón nunca se puede imponer a una persona; se puede rechazar. En forma semejante, el arminiano dice, Dios puede ofrecer el perdón al hombre sobre la base de la muerte de Cristo, pero el pecador condena o puede rechazarlo. Sin embargo cualquiera que rechace el perdón tanto de Dios como de un Presidente es necio.
Para robustecer su posición, el arminiano recurre a pasajes como 1Juan 2.2 (“Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”), 2 Corintios 5.14 (“porque el amor de Cristo no constriñe, pensando esto: que uno murió por todos”) y Juan 4.42 (“verdaderamente éste es el Salvador del mundo”).
El calvinista, por otro lado, dice que Cristo murió sólo por el creyente, por el elegido, sólo por los que de hecho se salvarán e irán al cielo. Según el calvinista, Cristo quiso o se propuso que su expiación pagara por los pecados sólo de aquellos que el Padre le había dado (Jn.6.37-40). Dice que si Cristo de hecho llevo el castigo de los pecados de todos entonces se salvan. Pero esta conclusión obviamente no es aceptable. Hay personas que van al infierno. El calvinista recurre a los pasajes que afirman que Cristo murió, no por todos, sino por su “pueblo” (Mt. 1.21), sus “ovejas” (Jn. 10.15, cf. 10.26), “sus amigos” (Jn. 1:5.13) “la iglesia” (Hch. 20.28), y “la esposa” (Ef. 5.25).
Cuando el calvinista emplea el término limitada, no quiere decir que la expiación sea limitada en su poder para salvar. Por el contrario, cree que la expiación de Cristo es ilimitada en cuanto a poder, que Cristo salva en forma completa, y que la expiación tiene un valor infinito. Pero si cree que la expiación ilimitada de Cristo es limitada en su fin, que Cristo quiso quitar, y de hecho quitó la culpa de los pecados de un número limitado de personas a saber, aquellos a quienes Dios ha amado con un amor especial desde la eternidad. La expiación, de valor limitado, se limita a ciertas personas. Es una expiación limitada.
Como la expresión expiación limitada puede confundir a las personas, algunos han preferido el término definido o particular. Estos últimos términos subrayan los objetos de la expiación, que es ilimitada en cuanto a su poder, se limita a un número definido y particular de personas a saber, los creyentes. No importa cual término se emplee, limitada, definida o particular, si se tienen bien claras estas distinciones.

II. LA RESPUESTA BÍBLICA

Antes de pasar a la información bíblica básica, obsérvense dos pasajes que tratan de la expiación limitada: Juan 10.15 Y Efesios 5.25
En Juan 10 Jesús emplea la ilustración del pastor y su rebaño. Dice de sí mismo que es pastor y que tiene un rebaño de ovejas. Conoce a las ovejas y ellas lo conocen a Él. Escuchan su voz y lo siguen, y él les da vida eterna a fin de que no perezcan. Estas ovejas son los verdaderos creyentes. Ahora bien, Jesús dice que da su vida por estas ovejas y no por todo el mundo: “El buen pastor su vida da por las ovejas” (10.11). Y en 10.15 dice de nuevo, “pongo mi vida por las ovejas”.
Esto es expiación limitada. Entrega la vida por sus ovejas, y sólo por sus ovejas. En 10.26 dice a aquellos que no creen en Él que son ovejas suyas. “pero vosotros no creéis,” dice a los judíos incrédulos, “porque no sois de mis ovejas.” En otras palabras, no estaban incluidos en su rebaño, por lo cual, como había dicho antes, dará la vida. Esto es expiación limitada.
En Efesios 5.25-27 Pablo amonesta a los esposos de la iglesia de Éfeso a que amen a sus esposas “así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Es la iglesia, no el mundo, por quien Cristo se entregó a sí mismo.
Además, se entregó a sí mismo para ella “para santificarla, habiéndola purificado.”Hay una unidad inseparable entre la muerte de Cristo por la iglesia y su acción santificadora y purificadora de la misma. Cristo purifica y santifica a aquellos por quienes murió. Como el mundo no está santificado, ni purificado, es obvio que Cristo no murió por él.
Además, si el punto de vista Arminiano fuera correcto, es decir si Cristo amó a “todo” el mundo por igual y se entrego a sí mismo por el mundo, entonces el paralelismo entre la esposa del marido y la esposa de Cristo caería por su base.
Porque entonces la amonestación sería que el marido debe amar a otra que no es su esposa y entregarse por ella, del mismo modo que Cristo se entregó a sí mismo no sólo por la iglesia su esposa, sino también por los que están fuera de ella. Pero sería contradictorio a la Biblia, que enseña que el hombre debe tener una sola esposa.
Ahora examinemos la base bíblica de la expiación limitada desde el punto de vista del Padre, del Hijo y del Espíritu santo, y veamos la unidad y armonía de su propósito y acción.
A. LA ELECCIÓN DEL PADRE.
Si el Arminiano tiene razón en su negativa de la elección; sí Dios no predestinó a algunos para la vida eterna, sino que los postdestinó; si Dios no ha amado a algunos con un amor particular desde la eternidad; si Dios no decidió desde la eternidad salvar a su pueblo entonces no hay expiación limitada sino universal. Ambas cosas son inseparables: el amor indefinido y la expiación indefinida, el amor universal y la expiación universal, el amor indiscriminado y la expiación indiscriminada, y la elección ilimitada (Dios elige a todos) y la expiación es limitada. Si Dios no ha amado a ciertas personas con un amor particular, entonces el arminiano tiene razón: Dios no envió a su hijo para que muriera por ciertas personas solamente. Si Dios ha amado a todos por igual, entonces Dios de hecho ha enviado a su hijo para que muriera, por todos por igual.
El Arminiano tiene razón al observar que el amor del Padre y la expiación del hijo van juntos, que las mismas personas son el objeto del amor de Dios y de la expiación, que hay concordancia entre el amor del Padre y la muerte del Hijo. Los objetos de ambos son los mismos. El Arminiano y el calvinista están de acuerdo a este respecto. Pero la Biblia enseña repetidamente que Dios no ama a todos con el mismo amor. “A vosotros solamente he conocido de todas de todas las familias de la tierra” (Am. 3.2); “A los que antes conoció, también los predestinó” (Ro. 8.29); “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Ro. 9.13).  “Elección Incondicional.” La expresión “Amado de Dios” no se aplica al mundo, sino solo a los santos de Roma (1.7), de Colosal (3.12) y de Tesalónica (1 Te. 1.4;2 Te. 2.13), y a los destinatarios cristianos de la carta de Judas (v. 1) .
Como los objetos del amor del padre son particulares, definidos y limitados, también lo son los de la muerte de Cristo. Como Dios ha amado a algunos y no a todos, como ha decidido en forma soberana e inmutable que éstos en concreto se salvaran, envió a su hijo para que muriera por ellos, para que los salvara, no para que se salvara a todo el mundo. Como es una elección definida, la expiación es definida. Como es una elección limitada, la expiación es limitada. Como es una elección particular, la expiación es particular. El amor de elección de Dios y la expiación de Cristo van juntos y tiene como meta las mismas personas. Hay unidad entre el padre y el hijo.
Fue porque dios amó tanto al mundo de los pecadores elegidos que envió a su hijo unigénito para que el mundo se salvara por medio de él (Juan. 3.16-17) En este pasaje la palabra “mundo” no quiere decir todas y cada una de las personas, tanto los réprobos como los elegidos, sino el mundo entero en el sentido de personas de todas las tribus y naciones, no solo judíos. Como el Padre había dado algunos a Jesús, Jesús vino a la tierra para morir por ellos (Jn. 6.37-40). Jesús tuvo una meta definida y precisa, que coincidió con el propósito del Padre. Su propósito no fue morir en forma imprecisa por toda la gente del mundo, sino que, como dijo, “todo lo que el Padre me da, vendrá a mí” (v.37).
La voluntad del decreto del Padre fue no que todos se salvaran sino que Jesús no perdiera a ninguno del os que el padre le había dado (v. 39). Jesús murió sólo por este propósito (v. 38). 1 Juan 4.10 enseña también en forma clara la relación inseparable entre el amor de Dios y la expiación de Cristo, porque dice que Dios “Nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” El objeto del amor de Dios es el mismo objeto de la propiciación de Cristo. El “nosotros” se refiere no al mundo sino a aquellos cuyos pecados son perdonados 2.12) que han vencido al maligno (2.13) y que son hijos de Dios (3. 1, 2).
En otras palabras, Cristo murió sólo por los hijos de Dios: aquellos a quienes Dios amó con amor especial. Pablo también identifica a aquellos por quienes Cristo murió con aquellos a quienes Dios ama, cuando escribe: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5.8). El objeto del amor de Dios (“nosotros”) es el mismo que aquellos por quienes Cristo murió (“nosotros2). Debido al amor especifico de Dios por “nosotros” los santos (1.7) y los justificados (5.1) Cristo murió por los mismos.
Quizá el más convincente de todos los pasajes para mostrar la relación íntima y necesaria entre elección limitada y expiación limitada es Romanos 8. 32. Este versículo es tanto más sorprendente porque es un pasaje al que recurren constantemente los que defienden la expiación ilimitada. Dice así: “El que no escatimó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas? A primera vista, puede parecer que Pablo enseña claramente que Cristo murió por todos.
Pero una reflexión más madura lleva a la conclusión clara de que es imposible que sea así. El “todos” del versículo 32 se refiere a todos los elegidos, y no todos los que viven en el mundo entero. La razón de esto es que el pasaje entero de Romanos 8 desde el versículo 28 hasta el final del capítulo trata sólo de los cristianos. Todo lo que antecede y sigue de inmediato al versículo 28 hasta el final del capítulo trata sólo de los cristianos. Todo lo que antecede y sigue de inmediato al versículo 32 se refiere sólo al pueblo especial de Dios. Todas las cosas no contribuyen al bien de todo el mundo, sino sólo de aquellos que aman a dios y que han sido llamados conforme a su propósito electivo (v. 28).
Las promesas de dios son sólo para aquellos a quienes él ha conocido de antemano y ha predestinado y glorificado (v. 29-30). De éstos es de quien Pablo dice “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no nos dará con él todas las cosas?” (v. 32). El “todos nosotros”, por quienes Cristo murió son aquellos cristianos que pablo acaba de mencionar.
Luego en la frase que sigue inmediatamente, Pablo continúa hablando sólo de los elegidos: “Quién acusará a los escogidos de Dios?” La idea es: nadie puede, porque Cristo murió por ellos. ¿Ven la conexión íntima entre los elegidos y aquellos por quienes Cristo murió? Son los mismos. Todo lo que procede y sigue al “todos nosotros” del versículo 32 está restringido a los elegidos, a los que Dios ama. Por consiguiente este versículo, en lugar de apoyar una expiación universal, apoya precisamente lo opuesto: limita el “todos nosotros” a aquellos que aman a Dios. Esta es expiación limitada.
Y precisamente es esta expiación limitada la que proporciona tanto consuelo en tiempos de prueba. Porque pablo arguye (v. 32) que si Dios dio lo más grande del mundo por su pueblo es decir, si Dios sacrificó a su hijo Jesús por nosotros los creyentes entonces dios dará también todo lo que sea para nuestro bien. Así pues, no tienen por qué preocuparse, los de poca fe, los que temen tanto el mañana. Recordemos, que si Dios sacrificó a Cristo por nosotros, entonces todas las demás cosas que son buenas son pequeñeces. Y Dios nos las dará. Demos gracias a Dios Padre no sólo por su amor eterno de elección, sino también por el Hijo que murió por nosotros.
Para resumir esta sección, la Biblia enseña que el propósito de la predestinación del Padre y de la expiación del Hijo es el mismo: La salvación de un número limitado de personas, de los elegidos de Dios. En otras palabras, la expiación limitada se basa en la elección incondicional.
B: LA EXPIACIÓN DEL HIJO.
Para responder a la pregunta: ¿Por quién murió Cristo?, es necesario definir la palabra morir. ¿Qué quiere decir morir? ¿Exactamente qué es los que Jesús hizo cuando murió? Éste es el meollo de la pregunta.
La Biblia define la muerte de Jesús por lo menos cuatro maneras diferentes. Cuando Cristo murió, (1) se sacrificó en forma vicaria por los pecados (He. 9,10); (2) propició, es decir; aplacó la ira justa de Dios (Ro. 3.25, He. 2.17; 1 Jn. 2.2; 4.10); (3) reconcilió a su pueblo con Dios, es decir, eliminó la enemistad entre ellos y Dios (Ro. 5.10; 2 Co. 5.20; etc.); y (4) los redimió de la maldición de la ley (Gal. 3:13).
La pregunta a la que hay que contestar en forma precisa es ésta: ¿Se sacrificó o no? ¿Se sacrificó Cristo en realidad en forma vicaria por los pecados o no? Si lo hizo, entonces no fue por todo el mundo, porque entonces todo el mundo se salvaría.
¿Redimió Cristo en verdad, no en forma teórica, sobre el papel, sino en realidad a Judas de la maldición de la ley, haciéndose de hecho maldición por Judas (Gal. 3.13), de manera que éste ya no esté bajo la maldición de la ley? Desde luego no. Pablo dice que Cristo se hizo maldición por nosotros, es decir, por pablo y por los gálatas creyentes. Como Judas no quiso creer en Cristo, está en el infierno bajo la maldición de la ley. Cristo no murió por él.
¿Reconcilió Cristo de verdad, a Esaú con el Padre, por medio de su muerte (Ro. 5.10), o no? ¿Quitó de hecho, con su muerte vicaria, la enemistad que existía entre Dios y Esaú de manera que ésta ya no se da?
Es lo uno o lo otro. Si Cristo reconcilió a Esaú, si Cristo se hizo maldición por Judas, si de hecho soportó los tormentos del infierno por todo el mundo, en otras palabras, si murió por todo el mundo, en otras palabras, si murió por todos, entonces nadie está perdido. Todos han sido reconciliados y redimidos. Pero decir que todos los hombres están redimidos es contradictorio con lo que afirma la Biblia.
Así pues la naturaleza de la expiación, ¿qué hizo de hecho Cristo? Gira alrededor de la pregunta: ¿por quién murió Cristo? El sustantivo (expiación) define su adjetivo (limitada). Si la expiación en realidad no salva, si no quita de verdad la maldición de Dios sobre el pueblo, si no redime de hecho , entonces sí puede ser para todos, incluso para los que están en el infierno. Pero si la muerte de Jesús es lo que la Biblia dice que es, sacrificio vicario por los pecados, redención verdadera y no hipotética, mediante la cual el pecador queda realmente reconciliado con Dios, entonces, obviamente, no puede ser por todos los hombres, porque entonces todos se salvarían, y lo cierto es que no es así.
Una de las dos cosas es verdadera: o la expiación es limitada en su alcance o es limitada en su naturaleza o poder. No puede ser ilimitada en ambos sentidos. Si es ilimitada en su alcance, es decir, si Cristo murió por todos y cada uno, como pretende el Arminiano, entonces no puede ser ilimitada en su naturaleza, en su poder, porque entonces todos se salvarían. Como el Arminiano cree en una expiación que es ilimitada en su alcance, necesariamente ésta es una expiación vaga, indefinida, pobre, que no salva de hecho a nadie.
Si, por otra parte, la expiación es ilimitada en cuanto a su eficacia y a su poder salvador, como la Biblia lo indica, entonces debe ser limitada en su alcance. A no ser que alguien crea en el universalismo, que todos se salvaran, la expiación no puede ser ilimitada tanto en su naturaleza como en su alcance. Por consiguiente, es bíblico hablar de una expiación ilimitada (en cuanto a su naturaleza y su poder) y limitada (en cuanto a su alcance). O, una expiación particular definida e ilimitada.
Cuando se cae en la cuenta de que la expiación es real y no ficticia, que de hecho, y no en forma imaginaria, quitó la culpa del pecado, entonces es posible ver el error que hay en la ilustración del prisionero condenado a muerte pero quien fue perdonado por el presidente Jackson. La razón de que el ejemplo falle y de que el hombre pudiera rehusar el perdón fue porque éste no tenía base objetiva. Si otro hombre hubiera sido colgado en lugar de él, si otro hubiera pagado la deuda, entonces el estado no hubiera podido exigir dos castigos por el mismo delito.
Pero en ese caso no hubo sustituto. En el caso de la expiación, por el contrario no se trata de un simple perdón ficticio, sin sustituto real; porque Cristo efectivamente murió en lugar de los pecadores. Se sacrificó de hecho por los pecados. Dios castigó a Cristo en lugar de castigar a sus amados. Pero nadie actuó como sustituto en el perdón otorgado al hombre condenado del ejemplo anterior. Si hubiera aceptado el perdón, entonces se hubiera pasado por alto las exigencias estrictas y justas de la ley. Pero esto no puede suceder en la ley divina. Alguien tiene que morir para pagar por los pecados cometidos: o la persona misma o Cristo.
C: LA MORADA DEL ESPÍRITU.
2 Corintios 5.14-15 nos dice “El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron, y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucito por ellos” He aquí otro ejemplo sorprendente de como un texto puede a primera vista dar la impresión de que refrenda la teoría universalista de la expiación, cuando en realidad hace lo contrario. A menudo se recurre a la expresión de Pablo “uno murió, por todos” como prueba de la expiación ilimitada de que Cristo murió por todos y cada uno de los que han vivido o vivirán. Pero el estudio cuidadoso del pasaje revela que Pablo enseña lo contrario.
Adviértase sobre todo el “luego”. Pablo escribe que “uno murió por todos, luego todos murieron”. Debido a la muerte de Cristo, dice Pablo, todos murieron. Hay una conexión inseparable entre la muerte de Cristo y la muerte de todos. El luego” exige una relación causal. De ahí que, el “todos murieron” no se pueda referir a la muerte natural de todos los hombres, porque la muerte de Cristo no es la causa de la muerte física del hombre. El “todos murieron” se refiere a la muerte espiritual del creyente.
Es la misma clase de muerte de Romanos 6, donde Pablo dice que los cristianos son bautizados en la muerte de Cristo y unidos a la misma. Han muerto al pecado debido a la acción del espíritu Santo en su corazón. Ahora bien, es obvio que no todos han muerto en este sentido. Muchos siguen viviendo en el pecado, no han muerto al pecado. Por consiguiente, Cristo no pudo haber muerto por ellos. Porque hay una relación indestructible entre la muerte de Cristo y aquellos por quienes murió: “Murió por todos. Luego, todos murieron.” Obviamente, el Todos en ambos casos significa todos los creyentes no todo el mundo, tanto réprobos, como elegidos. Porque los réprobos nunca murieron al pecado.
Además, Pablo advierte también, de acuerdo con Romanos 6, que si los cristianos están muertos al pecado, entonces están vivos en Cristo. Si están sepultados espiritualmente con Cristo, resucitarán espiritualmente con él. (Si bien Pablo no lo afirma en forma explícita en este pasaje, sabemos por el resto de la Biblia que esto es posible sólo gracias a la acción del Espíritu santo.) Entonces da un paso más y arguye que el amor de Cristo hacia los cristianos debería constreñirlos a vivir vidas santas, todo por amor de “aquel que murió y resucitó por ellos”.
En otras palabras, hay una cadena inexorable de sucesos en 2 Corintios 5.14-15:
(A) Cristo Murió Por Todos Los Creyentes; Por Consiguiente,
(B) Todos Los Creyentes Mueren Espiritualmente En Cristo, Y:
(C) Todos Ellos Resucitaran De Nuevo Espiritualmente En Cristo.
Si se firma el punto (a), deben seguirle el (b) y (c). Por consiguiente en este pasaje no se menciona al mundo, al incrédulo, sino sólo a aquellos que murieron al pecado, resucitaron espiritualmente en Cristo y viven por él. Así pues el “todos” de uno murió por todos” se refiere a todos los cristianos. Ésta es expiación limitada.
Éste es, pues, el gran plan de la redención. Dios no amó en forma vaga a todos los hombres, sin elegirlos soberanamente. Y por tanto tampoco Cristo murió en forma indeterminada por todos los hombres, eliminando su pecado hipotéticamente esto es, no verdaderamente. Y el Espíritu santo no aplicó en forma insulsa la muerte de Cristo a todos y dejó en sus manos, en último término, el salvarse o no salvarse.
Antes bien, la Biblia enseña la acción unida de las tres Personas de la Trinidad: entre la elección del Padre, La expiación del hijo, y la morada del espíritu santo. Debido a que el Padre ha amado algunos desde la eternidad (Ro. 8.29), envió a su Hijo para que muriera por ellos. Lleno de amor, el Hijo no perdió a ninguno de los que el padre le dio (Jn. 6.39), si no que llevó sobre sí la maldición por sus ovejas, por su pueblo, por su iglesia, por su esposa.
Lo salvó en verdad, lo redimió y lo reconcilió con el padre. Luego, el Espíritu santo vino al pueblo al que el Padre había escogido y por quien el Hijo había muerto y lo hizo morir al pecado y vivir espiritualmente, es decir, nacer de nuevo. Coincide pues el propósito del Padre del hijo y del espíritu santo. Los tres buscan el mismo propósito y lo consiguen: La salvación de aquellos a quienes el padre ha amado con amor especial. *

III. OBJECIONES

Desde hace siglos se han suscitado ciertas objeciones en contra de la doctrina bíblica de la expiación limitada. Puede ser útil examinar por lo menos tres de ellas.
A. EL OFRECIMIENTO LIBRE DEL EVANGELIO.
Algunos dicen si Cristo no quitó los pecados de todos, si el padre, el Hijo y el espíritu Santo no quisieron salvar a todos entonces ¿Cómo es posible decir, como lo hace el calvinista, que Dios sinceramente ofrece salvación a todos, incluyendo a aquellos que no ha predestinado para ser salvos? Nos hallamos frente a un misterio fundamental. Por una parte, la Biblia enseña que dios tiene la intención que se salven sólo algunos. Por otra parte, la Biblia afirma, en forma inequívoca, que dios ofrece libre y sinceramente la salvación a todos.
Ezequiel dice, por ejemplo, “Diles: Vivo yo, dice Jehová el señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel? (33.11).
Isaías dice, “A todos los sedientos: venid a las aguas, y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed” (55.1). En otro pasaje dice, “Mirad a mí, y sed salvos”, todos los términos de la tierra” (45.22). Jesús dice, “Venid a mí todos los estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11.28). Más adelante exclama: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¿Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas y no quisiste!” (Mt. 23.37). Pedro escribe con claridad inconfundible que el señor es “paciente para con nosotros, no queriendo, que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3.9).
*Algunos han tratado de defender la elección y acción soberana del espíritu Santo, negando al mismo tiempo la expiación limitada. Esta teoría produce un desacuerdo no bíblico entre la acción del Padre, del hijo y del Espíritu. Describe al padre como a quien ama a todos los hombres por igual, al hijo como a quien muere por todos los hombres por igual, pero al Espíritu Santo como a quien actúa irresistiblemente sólo en los corazones de algunas personas. Es mucho mejor ceñirse a los datos bíblicos que señalan una verdadera unión entre todas las personas de la trinidad en cuanto a la consecución de su único propósito: el cumplimiento de la elección del Padre.
Se puede encontrar una excelente presentación bíblica de este problema, al igual que toda la enseñanza de la expiación limitada, en el informe de las Actas del sínodo de la Iglesia Cristiana Reformada de 1967. No se trata de un estudio abstracto sino de un análisis nacido de una situación práctica.
Finalmente, en Apocalipsis 22.17 leemos esta invitación universal: “Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven y el que oye, diga: Ven y el que tiene sed, venga: y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.”
¿Cómo es posible reconciliar estas dos series de afirmaciones: por una parte, dios tiene la intención de salvar sólo a algunos; y, por otra, dios ofrece sinceramente la salvación a todos’ ¿Acaso no prueban todos los pasajes que se acaban de citar que Cristo sí murió por todos? Porque si ofrece sinceramente la salvación a todos, debe haber hecho provisión para que estos se salven.
De nuevo nos encontramos ante el problema fundamental de Dios. Sus caminos son más excelsos que los nuestros. Al hombre le parece imposible reconciliar ambas verdades. Parecen contradecirse mutuamente. Sin embargo, La Biblia es la palabra infalible de Dios y no puede errar. Ya que ambas series de verdades están en la Biblia, deben aceptarse; y el hombre debe resignarse al hecho de que no puede entender a Dios y sus caminos.
Debe ser suficientemente humilde para reconocer que la criatura no puede comprender los pensamientos de Dios. Debe simplemente preguntarse: ¿hizo dios estas dos afirmaciones que parecen contradictorias? Si encuentra ambas en la Biblia, como lo hace el calvinista, debe entonces aceptarlas. No debe decir que aceptara lo que su mente finita pueda entender. Porque entonces, automáticamente, excluye la posibilidad de Dios, porque Dios es infinitamente mayor que su mente y es incomprensible.
B. PASAJE UNIVERSALISTAS.
A veces se objeta en contra de la expiación limitada basándose en el hecho de que la Biblia explícitamente dice en varios pasajes que Cristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo (1 Jn. 2.2), que es el Salvador del mundo (Jn. 4.42), que quita el pecado del mundo (Jn. 1.29), que “murió por todos” (2 Co. 5. 14-15), y se entregó como rescate por todos (1 Ti. 2.6). Si murió por todos, razonan, entonces no murió solo por unos cuantos.
La respuesta a esta objeción es que a menudo la Biblia emplea las palabras mundo o todos en un sentido restringido, limitado. Deben interpretarse siempre en su contexto y a la luz del resto de la Biblia. Es lo que debemos hacer en cualquier tipo de lectura. Por ejemplo, si un periódico informara que se ha hundido un barco, pero que todos fueron rescatados, es obvio que significa que todos los que estaban en el barco fueron rescatados y no todos los que estaban en el mundo.
Lo mismo ocurre en la Biblia. Cuando Lucas informa que cesar mandó que “todo el mundo” se empadronara y que “iban todos para ser empadronados, cada uno en su ciudad” (2. 1, 3) es evidente que todos no son todos. Porque los japoneses, los chinos y los anglosajones no se empadronaron.
Cuando pablo afirma dos veces que “todo me es lícito” (1 Co. 6.12; 10.23), es obvio, por el resto de sus escritos, que no todo le era lícito. No le era lícito pecar:
Cuando Jesús dice: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Jn. 12.32, es evidente que todos, no son todos. Porque millones de paganos ni siquiera han oído hablar de Jesús, y mucho menos han sido atraídos por Él. Y muchos otros millones que han oído hablar de Jesús en vez de haber sido atraídos hacia Él, se han sentido repelidos ante el simple pensamiento acerca de Él. Jesús puede haber querido decir una de dos cosas: todos los elegidos serán atraídos a Él, o todos los hombres, tanto gentiles como judíos, tanto hotentotes como suecos, serán atraídos hacia Él, todos no son todos.
En forma semejante, en 1 Corintios 15.22 Pablo escribe en términos al parecer universalistas cuando dice “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” Aunque es evidente que todos los que viven en el mundo murieron en Adán (Ro. 5.12ss), es igualmente evidente que todos no han muerto en Cristo. Hay muchos que no han sido crucificados en Cristo. Lo odian.
A la luz de tantos pasajes (y se podrían citar más) en los que todos no significa todos en el sentido de cada uno de los individuos que viven, es imposible recurrir, en forma simplista, a estos pasajes universalistas para probar que Cristo murió por todos. Se debe estudiar cuidadosamente el contexto. Cuando lo hicimos en el caso de romanos 8.32 y 2 corintios 5.14-15, resultó claro por el contexto que Pablo afirmaba que Cristo murió por todos los elegidos. En otros lugares las palabras mundo y todos se refiere simplemente a todos los creyentes, a toda la iglesia, y al mundo más allá de Israel. En 1 Juan 2.2, por ejemplo, leemos que Cristo “es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.” Esto significa que Cristo murió por los pecados no sólo de de los judíos, sino también de los holandeses, italianos y suecos, de hecho, por todo el mundo. No significa
Por todos y cada uno de los judíos, holandeses, italianos y suecos.
C. OBSTÁCULO AL EVANGELISMO.
Algunos arguyen que si el evangelista no puede decir a su auditorio, “Cristo murió por vosotros,” quedará afectada, en forma considerable, su eficacia en la evangelización.
La respuesta a tal argumento es que si hubiera que elegir, es mejor decir la verdad, y no ganar tantos “conversos”, que conquistar a muchos con falsedades. El fin no justifica medios ilegítimos. Si la Biblia dice que Cristo murió por los elegidos, entonces el evangelista no puede representar el papel de dios afirmando que sabe que todos los que componen el auditorio son elegidos y por consiguiente, que Cristo murió por ellos. No lo sabe y no debería decirlo.
Pero también debería advertirse que la eficacia del evangelismo no depende de la afirmación bíblica “Cristo murió por vosotros”. No se encuentra una afirmación de este tipo en George Whitefield o Charles Spurgeon, por ejemplo, y sin embargo tuvieron un éxito evangelístico fenomenal. Es digno de mención que en ningún pasaje de la Biblia se encuentra una expresión semejante. Es suficiente decir a la persona inconversa: “Cristo murió por el pecado.
Se entregó por los pecadores como usted y yo. Si desea salvarse, crea en él. Es su responsabilidad, y Dios le ofrece libremente la salvación por medio de Jesús. Crea.” * una afirmación así es bíblica y muy eficaz. El gran predicador Charles Spurgeon es un ejemplo excelente de la eficacia que puede tener un predicador que no suaviza las enseñanzas bíblicas del calvinismo.
Además, la expiación limitada en lugar de ser obstáculo para el evangelismo, es un gran estímulo para el mismo. Porque si creemos con la Biblia que por naturaleza todos están condenados, y que sin embargo Dios tiene un pueblo en todas las naciones, en todas las tribus, y en todas las comunidades, y que Cristo ha quitado los pecados de este pueblo, entonces es muy estimulante predicar el evangelio. No es un caso perdido después de todo. Habrá éxito. Lo que debemos hacer para cumplir con nuestro deber es hablarles a los demás de Cristo. Y como la expiación de Cristo ha quitado de hecho los pecados de los elegidos, habrá respuesta infalible por parte de ellos. Gente de todas las tribus y lenguas creerán, porque murió por ellos.
*Ciertamente es posible decir en un sentido al hablar a los no salvos que “Cristo murió por vosotros”. A causa de la muerte de Cristo muchas bendiciones les llegan a los réprobos: todas las bendiciones naturales de este mundo le llegan por medio del dominio mediador de Cristo. Pero todas estas bendiciones no son salvíficas: no dan como resultado la redención de la persona.
Por consiguiente, si bien hablando técnicamente se pude decir al no creyente, “Cristo murió por usted”, es mas probable que esta afirmación dé lugar a un equivoco y sólo debería emplearse si entiende adecuadamente. La persona corriente al oír que Cristo murió por ella, concluiría ante todo que Cristo borró la culpa de sus pecados. Quizá no sea éste el caso, y por tanto es mejor no afirmar dogmáticamente lo que puede ser falso.
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y REFLEXION
Preguntas sobre el capítulo que usted Acaba de leer:
1. Explique en sus propias palabras lo que significa “Expiación Limitada”
1. 1 ¿Qué es expiación?
1. 2 ¿Por qué se llama limitada?
2. ¿En qué manera se puede prestar a equívocos la palabra limitada en la expresión Expiación Limitada?
3. ¿En qué sentido es limitada la expiación?
4. ¿En qué sentido es ilimitada la expiación?
5. ¿Sería mejor expiación definida? ¿Por qué?
6. ¿Sería mejor Expiación Particular? ¿Por qué?
7. ¿De qué manera se relaciona la Expiación Limitada con la Elección Incondicional?
Acuda a su Biblia, al contestar las siguientes preguntas:
1. Estudie Juan 10.11, 15, 16 para ver qué dice acerca de que por quienes murió Cristo.
2. Analice Romanos 8.32. ¿Qué dice acerca de la expiación limitada?
3. Cite todos los pasajes que pueda, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, para mostrar que dios ofrece la salvación a toda la gente sin excepción, elegidos y no elegidos.
4. Busque los siguientes versículos de la Biblia y explique cómo los reconcilia con la enseñanza bíblica de la expiación limitada:
A. Juan 1.29
B. Juan 4.42
C. 2 Corintios 5.14-15
D. 1 Timoteo 2.6
E. 1 Juan 2.2
Fíjese en el apéndice de este libro. Lea con cuidado la siguiente sección: La confesión de Westminster capítulo VII hasta el capítulo X, y a la luz de Esta lectura como también esta sección del libro conteste estas preguntas:
1. ¿Cómo se puede probar la expiación limitada basado en la expiación vicaria de Cristo?
2. ¿Qué sucedería si la expiación fuera ilimitada en extensión y en poder?
3. ¿Es bíblico decirlo al no cristiano, “Cristo murió por Usted”? ¿Por qué?
4. ¿De qué manera resulta estimulante para los misioneros la expiación limitada?
5. ¿Qué consuelo se puede sacar del hecho de la expiación limitada?

LECCIÓN: 6

4:_GRACIA IRRESISTIBLE.

Dos estudiantes universitarios asisten a un estudio bíblico. Uno dice, “Es magnifico”; el otro dice, “Bobadas”. Dos personas extrañas escuchan un sermón muy claro acerca de “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre si no por mi.” Uno cree, el otro no. Dos muchachos, de hechos mellizos crecen en la misma casa, con la misma instrucción religiosa. Uno ama a Dios, y el otro lo odia. Sus nombres son Jacob y Esaú.
¿Por qué? ¿Por qué dos personas sometidas exactamente a las mismas circunstancias reaccionan en formas opuestas? ¿Por qué una persona cree y la otra rechaza a Cristo? Éste es el problema que examina este capítulo.
La respuesta bíblica es la gracia irresistible, es la única causa de estas reacciones diferentes.

I. ¿QUÉ ES GRACIA IRRESISTIBLE?

A. GRACIA.
Gracia es un favor no merecido. Un cierto estudiante universitario está más ocupado en causar problemas que en su educación. Perturba la conferencia de un distinguido profesor visitante, y con ello priva al conferencista del derecho de hablar y a los estudiantes del derecho de escuchar. Incluso da un puñetazo en la cara a un paralítico que insiste en ir a la clase.
En compañía de una pandilla quema la biblioteca de la universidad, corta las mangueras de los bomberos, grita groserías a la policía e incluso mata a un compañero, líder del grupo que se le opone. Este asesino es condenado en la corte de justicia por todos estos crímenes y se le condena a muerte. Estando en la cárcel, sigue hablando con odio y venganza contra todos los que elaboran en pro de la paz, de orden y de la libertad. Pero el tribunal de apelación le otorga el perdón e incluso hace que se le entreguen diez mil dólares al año como pensión vitalicia. Esto es gracia: Favor inmerecido.
De manera semejante, cada uno de nosotros ha cometido crímenes mucho más odiosos, y éstos en contra de dios, y merecemos un castigo mucho mayor. Dios hizo bien al género humano. Pero nosotros, voluntaria y libremente, nos rebelamos en contra de él. Nos ruega que nos apartemos del pecado y lo sirvamos a él, y le respondemos ridiculizándolo. Está es nuestra naturaleza el odiar a Dios con un sentimiento de venganza absoluta, y el odiar a todos los demás. Nuestra meta única es ser siempre los primeros y pisotear a Dios. Merecemos el fuego eterno del infierno.
En una situación tan terrible como ésta, siendo todavía pecadores no arrepentidos, Dios ama a algunos, envía a Jesús para que muera por ellos y luego envía al espíritu Santo para que los haga aceptar el sacrificio que Cristo ha hecho por ellos. Como culminación, manda que esos bastardos espirituales (He. 12.8) pasen a ser hijos suyos y hereden riquezas incalculables. Esto El favor inmerecido. Esto es gracia. (Y está a disposición de yodos los que quieran. Si alguien la quiere, puede confiar en Cristo ahora mismo y aceptarla. Puede pedir a Cristo, el dios hombre, que lo salve de los pecados.)
B. IRRESISTIBLE
Irresistible significa que cuando dios ha escogido a algunos para que se salven y cuando envía a su Espíritu santo para que los transforme de seres odiosos en seres amantes, nadie puede resistirle. Les irresistible. Logra lo que se propone hacer.
Pero no entendamos mal la palabra irresistible. A algunos les puede dar la idea que significa que alguien tiene que hacer lo que no quiere hacer. De una montaña elevada puede desprenderse una avalancha de nieve, con fuerza irresistible, sepultando al habitante del pueblo que, obviamente, no quiere morir. El comunista puede obligar al predicador a que abandone el púlpito y ponerlo irresistiblemente en la cárcel. Cualquier adulto puede secuestrar a un niño de tres años sin que éste pueda ofrecerle resistencia.
Algunos conciben la gracia irresistible en este sentido. Se imaginan a Dios como obligando a la gente a hacer lo que no quieren hacer, como arrastrándolos hasta el cielo a pesar de su resistencia y pataleo por así decirlo en contra de su voluntad. Ven a Dios como alguien que obliga, coacciona y violenta la voluntad del hombre.
Pero éste no es el significado de la palabra irresistible cuando se habla de la gracia irresistible; y si produce malos entendidos, entonces habría que escoger otra palabra. Por ejemplo eficaz, efectiva, insuperable, o cierta. Lo que la gracia irresistible significa es que dios envía a su Espíritu santo para que actúe en las vidas de la gente de manera que, en forma definitiva y cierta, son cambiados de ser malos a ser buenos. Significa que el Espíritu santo logrará sin lugar a dudas, sin peros, ni sin, que aquellos a quienes Dios ha escogido desde la eternidad y por quienes Cristo ha muerto, crean en Jesús.
Pero dios hace esto de una manera que siempre le agrada al hombre. Como dijimos antes, el hombre es siempre libre. Hace exactamente lo que quiere hacer. Esto no significa que tiene voluntad libre es decir, la capacidad para escoger el bien y el mal por igual. No posee esta clase de libertad. Porque odia a Dios, ama el pecado, y libre y voluntariamente peca sin ninguna obligación externa. Jamás puede escoger el bien, a Dios y a Cristo, porque está sometido a la esclavitud del diablo y a sus propios deseos pecaminosos. No posee libertad real.
Por naturaleza el hombre es como una persona a quien le agrada comer manzanas podridas, llenas de gusanos, tomadas del basurero, o como quien le gusta sentarse en el barro para comer tierra. Dios puede cambiar la naturaleza de esa persona de manera que le guste el filete miñón y las alcachofas, en vez de la tierra, y que ansíe comer un plato de fruta fresca, en lugar de una manzana podrida.
De manera semejante, Dios cambia el corazón del hombre de malo en bueno. Por naturaleza, al hombre le gusta pecar y le agrada todo lo que producirá infelicidad y castigo eterno. Mediante la gracia irresistible Dios no deja el corazón sin cambiar y en esa forma arrastra al hombre al cielo en contra de su voluntad. No, transformara radicalmente su índole, de manera que ahora este hombre se duele verdaderamente del pecado y ama a dios. Ahora, con su corazón cambiado, aborrece lo que antes solía hacer. Cristo es ahora para él lo más excelso. El cristianismo se convierte en algo atrayente. En forma libre y ansiosa busca a Dios.
Es así como actúa la gracia irresistible de Dios.
C. PUNTOS DE VISTA ERRÓNEOS.
A fin de aclarar todavía más lo que significa la gracia irresistible, será útil presentar el contraste que existe entre esta posición bíblica y dos puntos de vista erróneos, el pelagianismo y el Semipelagianismo.
1. PELAGIANISMO.
El pelagianismo es una herejía antigua, (Pelagio vivió en el siglo quinto), que se presenta constantemente ante nosotros bajo nombres diferentes. Es la antítesis del Calvinismo, o mejor aún, del agustinianismo, ya que Agustín fue el principal autor de su derrota dentro de la iglesia. El agustinianismo o calvinismo dice que el hombre está completamente corrompido y no es capaz de hacer ningún bien por su propia cuenta, sin la acción irresistible del Espíritu santo.
El pelagianismo, por otra parte, dice que el hombre no está corrompido, ni total ni parcialmente. Antes bien, el hombre nace siendo perfectamente bueno y puede escoger con igual capacidad entre el bien y el mal. De hecho, algunos son incluso impecables, Así pues, según el pelagianismo, no se necesita al Espíritu Santo ni su gracia irresistible para ayudar al hombre a hacer el bien.
Esta enseñanza es totalmente pagana y la iglesia cristiana la repudió por completo en el sínodo de Cartago (418), el Concilio de Éfeso (4131), y el Sínodo de Orange (529)
2. SEMIPELAGIANISMO.
Hay una posición intermedia entre el calvinismo y el pelagianismo, llamado semipelagianismo o arminianismo, esa postura no acepta el pelagianismo, porque éste afirma que el hombre puede no pecar sin la ayuda del espíritu Santo. Tampoco le agrada el agustinianismo, porque éste dice que el hombre es totalmente malo, incapaz de hacer ni una cosa buena sin la acción irresistible del espíritu santo.
Por ello los semipelagianos buscaron un punto intermedio. Enseñaron que el hombre posee algo bueno, alguna capacidad para creer en Cristo. Claro está, dicen, que el hombre natural no puede creer sin la ayuda de Dios: necesita el sostén del Espíritu santo, Pero afirman tanto el semipelagiano como el católico* y el Arminiano, que Dios no da esta fe al hombre en una forma irresistible. La palabra clave es cooperación. Dios hace su parte y el hombre la suya. Actúan juntos.
Un evangelista sostiene que esta posición dice, “Hay un campo en su vida que Dios nunca tocará, Su voluntad. Nunca lo obligará a creer. Esta es responsabilidad suya. Solamente usted puede hacerlo.” O, como escribe otro: “Debemos repudiar el punto de vista de que Dios regenera al hombre antes de que éste se convenza de pecado, se arrepienta, se convierta y cree. Este punto de vista hace que Dios, arbitrariamente, determine la salvación o la condenación de las personas basado únicamente en su propia buena voluntad soberana. Ni Dios ni nadie más nos puede convertir si no nos convertimos nosotros mismos.” Según él, el hombre primero debe arrepentirse y creer, y luego Dios regenerará al hombre.
Volvamos a hora a la pregunta del comienzo del capítulo: ¿Por qué una persona cree en Cristo, en tanto que otra que se halla en las mismas circunstancias lo rechaza? Hay básicamente dos respuestas: La voluntad del hombre o la voluntad de Dios. El Arminiano, el semipelagiano y el pelagiano dicen que la diferencia entre ambos se encuentra en la voluntad del hombre. Dios presenta el evangelio por igual a los que lo rechazan y a los que lo aceptan. Dios viene con la predicación de la palabra, la presentación de Cristo, la oferta de salvación. Pero a nadie obliga a que crea. El hombre es en último término el factor decisivo. Si el hombre no acepta a Cristo, entonces Dios no puede hacer nada en relación a ello.
El Calvinista, por otro lado, dice que en último término la diferencia radica en Dios y no en el hombre, En un determinado hombre el Espíritu no actúa en una forma salvadora. Por consiguiente, como este hombre está espiritualmente muerto, no puede creer, aun cuando oiga la predicación externa de la palabra y quizá la lea muchas veces. En otro hombre, sin embargo, el Espíritu santo actúa en forma irresistible, regenerándolo, de manera que entiende plenamente que es pecador y que necesita a Dios, y, por consiguiente desea creer y salvarse.
Así pues, según el Arminiano, la razón por la que uno acepta y el otro rechaza el evangelio es que el hombre decide; pero según el calvinista, es Dios quien decide. En un caso, la fe es el don de Dios al hombre. De ahí que tenemos dos respuestas diametralmente opuestas en cuanto a la pregunta de por qué algunos rechazan el evangelio y otros lo aceptan.
*Los Dominicos, sin embargo, se acercan más a la posición calvinista. Consúltese cualquier obra de teología Dogmática escrita por alguno de ellos.

II. SU BASE BÍBLICA

Las cinco doctrinas tienen entre sí una clara relación de interdependencia. Si la depravación total es un hecho, entonces la elección incondicional también lo es, y también lo son la expiación limitada, la gracia irresistible, y la perseverancia de los santos. Los cinco o se mantienen juntos o caen juntos. Veamos, pues, los puntos que ya hemos tratado hasta ahora, y veamos cómo la gracia irresistible depende de ellos.
A. EXPIACIÓN LIMITADA.
La Biblia enseña que desde la eternidad Dios amo de antemano a algunos, y que en consecuencia envió a su Hijo para que muriera por ellos. Como hemos visto, Jesús de hecho murió por ellos. No se limitó a dar la impresión que quitaba sus pecados. No fue teóricamente al infierno por ellos. De hecho llevó sobre sí sus pecados y eliminó su culpa. Es uno o el otro, o Jesús los salvó o no los salvó. O los sustituyó de hecho o no los sustituyó. La Biblia enseña que sí lo hizo.
Si Cristo de hecho los ha liberado de la culpa del pecado, y si la salvación llega sólo por la fe, entonces es necesario que Dios envié al Espíritu santo a sus vidas, afín de que puedan aceptar la salvación que ya se les ha conseguido en la cruz. El espíritu Santo debe actuar en una manera irresistible. No se puede dejar al hombre en forma parcial la aceptación de Cristo, porque entonces todos los rechazarían, y la expiación limitada conduce a la acción irresistible del Espíritu Santo.
B: ELECCIÓN_ INCONDICIONAL.
Si es cierto que Dios ha elegido a algunos incondicionalmente para que se salven (no vamos a repetir las innumerables pruebas que se encuentran en la Biblia y ya que se han explicado en el capítulo 2); entonces por consiguiente, el Espíritu ha de actuar en una forma irresistible. De lo contrario todos, a causa de su depravación, rechazarían a Cristo, y entonces no habría predestinación a la vida eterna. Dios no podría estar seguro de aquellos a quienes ha elegido creerían y se salvarían. La certeza de elección y confianza de su resultado y que realiza lo que Dios ha predeterminado. Sin la gracia irresistible de Dios, no podría haber predeterminación ni elección.
1. JUAN 6.37, 44.
“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le hecho fuera… Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; yo le resucitaré en el día postrero.”
Jesús dice en este pasaje que el Padre le ha dado a ciertas personas, y que cada una de ellas “vendrá a mí” No hay vaguedad. Es una sencilla afirmación declarativa: “Todo…vendrá a mí” Esto puede suceder, desde luego, sólo si Dios impulsa en forma irresistible a que vengan. Y esto es lo que Jesús dice que sucederá (V. 44). El Padre los Traerá y Jesús entonces los resucitará en el último día. La palabra “traer” es la misma que se emplea para indicar la acción de sacar una redada de peces (Jn 21.6, 11).
La red no puede oponer resistencia a Pedro que la va arrastrando hacia la orilla. Nada puede hacer; está pasivo; no puede oponerse. Es la misma palabra que se emplea en el caso de Pedro que saca la espada para cortar la oreja de Malco (Juan 18.10), en el de pablo y de Silas que son conducidos al foro (Hechos 16.19), y en el de Pablo a quien una turba lo saca del templo (Hechos 21.30). En todos estos casos, se conduce al objeto en forma irresistible. La espada no puede oponerse a Pedro, ni Pablo a la turba. Tampoco pueden hacer nada aquellos a quienes el padre ha entregado a Jesús; no pueden resistir al padre quien los conduce. Cada uno de esos que el padre omnipotente da a Jesús, vendrán a Jesús. Es tan cierto esto como lo es las palabra de Jesús.
2 .JUAN 10.16.
“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” Jesús, en forma infalible, se posesiona de todas sus ovejas. Algunas ya pertenecen al redil, pero otras no. Esas que todavía n pertenecen al redil él las conducirá hasta él mismo con toda certeza. Lo hace enviando al Espíritu Santo para que actúe en sus vidas y las traiga en forma irresistible al redil. Entonces habrá un solo rebaño y un solo pastor.
3. ROMANOS 8.29-30.
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos a estos también llamó, a estos también justificó.”
Aclaremos un par de términos. Como hemos visto antes, La palabra “antes conoció” significa “amó desde antes.” Significa lo mismo que en Génesis 4.1, donde se afirma que Adán conoció a Eva. La palabra “llamó” no se refiere sólo a un llamamiento externo, de palabra; en armonía con el resto del nuevo testamento, significa, además del llamamiento externo, la acción de Dios que produce una respuesta interna afirmativa.
Así pues, Pablo afirma con claridad que hay una sucesión inexorable de acontecimientos que comienzan con el amor eterno de Dios por los elegidos. Aquellos a quienes Dios ha amado de antemano, también los ha predestinado. Y aquellos a quienes ha predestinado también los ha llamado para que crean. Y aquellos a quienes ha llamado, y que han creído, los ha justificado (declarado justos). Y aquellos a quienes ha justificado, también los ha glorificado.
Los planes de Dios no fracasan. En todo este proceso desde el amor y predestinación de Dios hasta la glorificación final, hay un ambiente de certeza y de seguridad de éxito. Esta certeza y seguridad se pueden dar sólo si Dios actúa en forma irresistible en las vidas de aquellos a quienes ha amado de antemano.
C: DEPRAVACIÓN TOTAL.
Todas las ilustraciones Bíblicas del nuevo nacimiento, el cual propone la incapacidad o depravación total del hombre, indican que el hombre es incapaz de resistir los propósitos de Dios en la elección.
1. RESURRECCIÓN.
La Biblia afirma que el hombre natural está muerto en sus pecados. No tiene vida espiritual. El hombre muerto no puede resistir el poder de resurrección que tiene Dios. En el día del Juicio todos serán resucitados de la muerte. Algunos desearán no tener que ser resucitado. Clamarán a las montañas para que los aplasten y los aniquilen, porque tendrán miedo de enfrentarse con su Dios y juez.
Pero no pueden oponer resistencia; Dios resucitará a todos los que han muerto, buenos y malos, creyentes e incrédulos. No pueden negarse a ser resucitados del mismo modo que Dios no quebrantar su promesa de resucitar a todos. Cuando Lázaro estaba en la tumba y Cristo le devolvió la vida, no pudo permanecer muerto; tuvo que salir de la tumba. Cristo no podía ser frustrado en su deseo de darle la vida.
De la misma forma, cuando Dios resucita a alguien de la muerte espiritual, al muerto le es imposible resistir. Tiene que vivir. No está en sus manos cambiar esto.
2. NUEVO NACIMIENTO.
Otra ilustración de la acción de Dios en el corazón del hombre es el nacimiento. Obviamente resulta necio hablar de que alguien se puede negar a nacer. Las personas no pueden elegir entre nacer o no nacer. No está en sus manos. Alguien que no existe, no se puede negar a ser concebido y a nacer.
Así también, es ridículo hablar de que alguien puede resistir al nacimiento espiritual. “El viento sopla de donde quiere, Así es todo aquel que es nacido del espíritu” (Juan 3.8).
3. UNA NUEVA CREACIÓN.
Otra ilustración de la regeneración es la creación (2 Co. 5.17; Gal. 6.5; Ef. 2.10). Nada de lo que alguna vez ha sido creado se ha negado a ser creado. Al principio no había nada sino Dios. Cuando Dios decidió crear el universo, no hubo nada que le pudiera decir, “No quiero ser creado,” porque ni siquiera había nada para lo que dijera. Fue simplemente creado. Dios es omnipotente: hizo lo que quiso.
En forma semejante, en la creación espiritual nadie puede resistir el propósito de Dios. Dios espiritualmente recrea al que quiere. Y nadie puede oponérsele.
4. HECHURA.
Pablo escribe que nosotros somos “hechura suya (de Dios), creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef. 2.10). Así como una muñeca o un teléfono o un radio no pueden resistirse a ser hechos, así tampoco nosotros que somos hechura de Dios podemos negarnos a ser hechos.
Vemos pues, que todas las ilustraciones bíblicas acerca de la regeneración enseñan la depravación total y natural del hombre y su incapacidad no sólo para hacer el bien, sino también para resistirse a la acción del Espíritu santo. Para decirlo en forma positiva, pablo habla de “cuál es la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Ef. 1.19). “este poder que hay en nosotros,” sigue diciendo hebreos, “es el mismo que la fuerza poderosa que utilizó cuando resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó a su diestra en el cielo.” ¡Qué amalgama de Dios en el hombre!
EXPRESEMOS NUESTRA GRATITUD A DIOS POR SU GRACIA IRRESISTIBLE. SIN ELLA NADIE SE SALVARÍA.
A veces Dios envía adversidades a las personas. Como pobreza, desgracias, cáncer o soledad. Cuando alguien se halla en problemas, es natural que busque la ayuda de otro; y sería natural pensar que esas personas acudirían a Dios. Pero el hombre está tan depravado, que nunca acudirá a Dios a no ser que el Espíritu de Dios cambie su corazón.
A veces, Dios utiliza el azúcar en vez del vinagre. Bendice a personas con tantos bienes materiales que uno pensaría que cualquiera que tenga un mínimo de gratitud acudiría a Dios, de quien proceden todas las bendiciones. Sin embargo, hay algunos que nunca tienen que preocuparse por el dinero y que disfrutan de salud excelente que parecen volverse tanto más indiferentes y endurecidos para con Dios, cuantas más bendiciones reciben. ¿La razón de ello? El Espíritu Santo actúa en sus vidas.
Incluso resulta posible que alguien vea milagros y sin embargo no crea, si el Espíritu no está en su vida. Esto sucedió cuando los fariseos vieron al Hijo del hombre que curaba a un ciego y sin embargo lo llamaron Belcebú. Incluso si alguno volviera de la tumba, no creería, dijo Abraham al rico (Lc. 16). La razón es que el hombre natural es incapaz de aceptar las cosas de Dios a no ser que el Espíritu de dios lo cambió.
O alguien puede oír la predicación profética acerca del Día del Juicio y sin embargo burlarse del predicador, como hicieron en tiempos de Noé. O el predicador puede ser extraordinariamente elocuente, cultivado, emotivo y lógico; pero si el Espíritu no actúa, nadie creerá.
Así pues, demos gracias a Dios por su gracia irresistible. Sin ella el hombre está perdido. Si el consentimiento final para salvarse lo tiene que dar el hombre, éste se perderá; a tanto llega su maldad. El hombre se opondrá. Pero gracias a Dios por su gracia irresistible, con la que se supera la depravación total del hombre y por medio de la cual el hombre nace de nuevo y cree.
Esto le sucedió a Pablo. Odiaba tanto a Dios que se afanaba por encarcelar a todos los que creían en Cristo. Sin embargo, a pesar de todo su odio, y precisamente durante uno de sus viajes de persecución a Damasco, Dios entró en su vida en una forma irresistible. Pablo quedó abrumado. No pudo sino creer. Esto es gracia irresistible.
Cuatro siglos más tarde un africano, hijo de madre cristiana y de padre pagano trató de encontrar la paz. Al principio trato de gozarse de la vida. Vivió la vida más disipada que uno se pueda imaginar. Hizo todo lo que se le antojaba y conculcaba así los mandamientos de Dios. Probó la religión pagana del maniqueísmo. Probó la lógica y la universidad. Nada de ello le sirvió, hasta que un día que estaba en un jardín oyó una voz que le decía, “Toma y lee; toma y lee.” Salió corriendo del jardín a ver a su amigo Alipsio, cogió una Biblia. La abrió al azar en Romanos 13.13, 14 y leyó, “No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.” La paz entro en el alma de Agustín y dijo a su amigo, “He sido regenerado.”
Así actúa Dios. En medio de nuestro egoísmo y dureza de corazón, a menudo viene a la persona menos pensada y con una fuerza irresistible la regenera de manera que ésta cambia y alcanza la paz con Dios.
A menudo los cristianos dan testimonio de que ellos no acudieron a Dios. No fue así, ocurrió a pesar de sí mismos. No pudieron evitarlo. En una forma misteriosa fueron atraídos poderosamente hasta Dios (Juan 6.37, 44).
En una ocasión Pablo había estado predicando por algún tiempo en Filipos, junto al río. Una señora Tiatira, vendedora de púrpura, escucho a Pablo pero no creyó. Entonces Lucas nos dice que Dios abrió su corazón de manera que respondiera a lo que Pablo decía (hechos 16.14). Sin esa apertura del corazón, lidia no hubiera podido creer. Esto es gracia irresistible, y debemos estar agradecidos por ella. Sin ella, seguiríamos muertos en el pecado, sin regeneración ni salvación.
Es necesario añadir una palabra de cautela. Si bien es cierto que nadie puede salvarse sin la gracia irresistible de Dios, nadie debe caer en la trampa racionalista de decir que no tiene ninguna responsabilidad. No puede razonar diciendo que, como todo depende del Espíritu Santo, no tiene necesidad de creer, o que simplemente debe limitarse a esperar que el Espíritu venga él, y que no puede hacer nada para salvarse.
Sin negar ni por un momento la verdad de la gracia irresistible, a ella hemos dedicado todo éste capítulo, sin embargo es cierto que la Biblia no quiere que razonemos en forma no bíblica y digamos que vamos a esperar a que el Espíritu venga a nosotros antes de creer. La Biblia nunca autoriza esto. Nos trasmite un único mandamiento: creer en el Señor Jesucristo. Ahora bien, si usted cree, entonces puede saber por el resto de la Biblia que fue porque Dios produjo en usted tanto el querer como el hacer de acuerdo a su beneplácito (Fil. 2:13). Así pues, crea. Dios se lo manda. Si lo hace, dele gracias a Dios por haberlo hecho creer.
PREGUNTAS PARA ESTUDIO Y REFLEXION
Preguntas sobre el capítulo que usted acaba de leer:
1 ¿Qué significa la palabra gracia en la expresión gracia irresistible?
2 ¿Qué significa irresistible?
3 ¿Se podría entender mal la palabra irresistible? ¿De qué manera?
4 ¿Qué otras palabras se podría usar en vez de irresistible?
5 ¿Cuál es la “causa última” por la que alguien acepta a Cristo?
6 ¿Se podría decir que la respuesta a la pregunta anterior elimina la responsabilidad humana? ¿Por qué no?
7 Explique la posición arminiana acerca de la gracia irresistible.
        Acuda a su Biblia para contestar las siguientes preguntas:
1 ¿Qué dice Juan 6.37, 44, acerca de la gracia irresistible?
2 ¿Qué dice Juan 10.16 acerca de la gracia irresistible?
3 ¿Muestre como Romanos 8.19-30 enseña la gracia irresistible?
4 ¿De qué manera las ilustraciones de la regeneración…”Nuevo nacimiento, resurrección, creación y hechura”…muestran que el hombre no puede resistir al espíritu santo?
5 ¿De qué manera la historia de la Lidia muestra que la simple presentación eterna del evangelio no es suficiente para salvar a una persona, sino que es Necesario que ésta haya sido regenerada (Hechos 16.14)?
Fíjese en el apéndice de este libro, antes de contestar las siguientes preguntas: lea con cuidado la Sección Capítulo X de la CONFESIÓN DE WESTMINSTER sobre “El Llamamiento Eficaz”.
Ahora conteste las siguientes preguntas:
1. ¿De qué manera la elección incondicional conduce a la gracia irresistible?
2. Muestre cómo el Arminiano, a menudo, presume el hecho de la gracia irresistible en su oraciones.
3. ¿Por qué es tan maravillosa la enseñanza de la gracia irresistible? Sea personal en la respuesta.
4. ¿Puede Ud. Mencionar a ciertas personas que conoce personalmente y quienes a pesar de sí mismos se sintieron compelidos a acudir a Jesús para ser salvos?
5. Describa a una persona acerca de la cual se sienta inclinado a decir, “la única esperanza es que Dios actúe en él con la gracia irresistible”.
6. ¿Le impide la enseñanza acerca de la elección pedirle a Dios que actúe en forma irresistible? ¿Por qué?

LECCIÓN 7

5:_PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS.

I. DEFINICIÓN

A. UNA VEZ SALVO, SIEMPRE SALVO.
La descripción más sencilla y breve de la perseverancia de los santos es: una vez salvo, siempre salvo. Es uno de los pensamientos más grandiosos de la Biblia: Una vez que uno haya creído no se puede perder, nunca iré al infierno. Cristo será siempre su salvador. Se puede decidir el destino eterno, de una vez por todas, de manera que ya no haya que preocuparse por ello.
B: PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS.
La expresión Perseverancia de los santos enfatiza que los cristianos, los santos, como Pablo los llama en sus cartas, perseverarán en la confianza en Cristo como salvador. No es que a veces creerán y otras no, sino que seguirán creyendo para siempre. Por consiguiente, siempre serán salvos.
C. PERSEVERANCIA DE DIOS.
Es posible, sin embargo, emplear otro término para describir este hecho, a saber, la perseverancia de Dios. Porque en realidad la perseverancia de los santos depende de la perseverancia de Dios. Como dios persevera en su amor hacia su iglesia, la iglesia puede perseverar en su amor hacia él.
La perseverancia de los santos se podría comparar a la providencia de Dios. En el mundo natural Dios no sólo creó el universo, sino que también lo sostiene. Si retirara su poder por un instante, el universo todo caería de nuevo en la no existencia. Dios crea y sostiene el universo. Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Dios no sólo nos recreó, sino que nos mantiene vivos espiritualmente en cada instante. Si se apartara a su santo Espíritu de nosotros por un simple instante, también nosotros en forma instantánea volveríamos a nuestra naturaleza depravada.
O para emplear otra ilustración, se nos puede comparar al hombre que vive en una cámara de oxigeno. Se le mantiene vivo sólo con esta ayuda externa a él. Si se le saca de la cámara, el hombre muere.
Así también, la perseverancia constante de Dios es la base de la perseverancia de los santos.
D. PRESERVACIÓN DE LOS SANTOS.
Otro término que podría emplearse es preservación de los santos. En tanto que la expresión perseverancia de los santos enfatiza la actividad del cristiano, la expresión preservación de los santos enfatiza la actividad de Dios. La perseverancia de los santos pone de relieve que el hombre hace algo, y la perseverancia de Dios pone de relieve que dios lo hace. La perseverancia de los santos, sin embargo, enseña que Dios preserva al hombre; lo mantiene y protege de manera que nadie lo pueda arrebatar de su mano.
E. SEGURIDAD ETERNA.
En otras palabras, perseverancia de los santos significa seguridad eterna. La persona que pone sinceramente su confianza en Cristo como su salvador está segura en los brazos de Jesús. Está a salvo. Nadie la puede herir. Irá al cielo. Y así será por la eternidad. Está segura para siempre, no solo por un tiempo. Está eternamente segura.
El Arminiano enseña lo contrario; a saber, que alguien que ha nacido verdaderamente de nuevo, que ha sido salvado por la muerte de Jesús, puede perder la fe e ir al infierno. El Arminiano cree: a veces si cree y a veces no; a veces si es salvo y a veces se está perdido; a veces si es hijo, y a veces hijo del diablo; a veces si está espiritualmente vivo, y a veces muerto. ¿Quién puede decir cuál será la situación final?

II: BASE BÍBLICA

A. LA ELECCIÓN INCONDICIONAL.
Las cinco doctrinas o se sostienen juntos o caen juntos. La doctrina de la perseverancia de los santos se deduce naturalmente del bíblico de la elección incondicional. Si la doctrina de la elección es falsa, entonces también lo es esta doctrina; pero si la doctrina de le elección es verdadera, entonces esta doctrina se desprende de ella necesariamente.
Elección significa que Dios ha escogido a algunos desde la eternidad para ser salvos. Ha determinado con certeza divina que irán al cielo. Si como dice el Arminiano, fuera posible, que alguien a quien Dios ha elegido abandonara la fe después de haber empezado ya a creer entonces no hay elección. Elección significa que Dios ha predeterminado que los elegidos serán salvos. Nunca puede perecer. Ahora bien, ésta es la perseverancia de los santos.
En Romanos 8.29 Pablo dice que aquellos a quienes Dios conoció antes, es decir, amó de antemano, también los ha predestinado al cielo, y aquellos a quienes ha predestinado también los ha llamado, justificado y glorificado. Si alguien pudiera caer e ir al infierno, entonces no habría predestinación. Pero Pablo está convencido de que nada puede separar a los elegidos del amor de la elección de Cristo, No lo puede lograr la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la espada.
No, en todas estas cosas los cristianos son más que vencedores por medio de Dios que los ama. Además, dice pablo, no hay nada, nada en absoluto, que pueda separar al cristiano del amor de Dios. “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni los presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8.38, 39). Ésta es la perseverancia de los santos. No hay absolutamente nada en este mundo pasado, presente o futuro que pueda separar al creyente del amor de Dios hacia él.
En realidad la perseverancia de los santos depende de La perseverancia de Dios. Si fuera cierto que la fe del hombre proviene en último término de sí mismo y no de Dios, entonces, como el hombre es depravado, sería muy posible que debido a su volubilidad el hombre no perseverara en la fe, sino que llegará un día a rechazar a Cristo. Creyó en algún tiempo, pero quizá mañana estará emocionalmente perturbado y cambiará. Quizá se verá sometido a algunas pruebas duras y le echará la culpa a Dios por ellas. Siendo veleidoso, se levantará quizá con el pie izquierdo y se volverá en contra de Dios. Es muy comprensible, según la teoría arminiana del hombre como co-originador de su fe, que este pueda perder la fe y caer.
Pero cuando caemos en la cuenta de que la fe no es un don del hombre a Dios, sino que es más bien el don de Dios al hombre, entonces nos damos cuenta de que el hombre nunca perderá esta fe. Se puede confiar en ello porque Dios no es veleidoso. “Porque yo Jehová no cambio” (Mal. 3.6). “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13.8). Dios no es como un niño a quien hoy día le gusta el oso de juguete, pero mañana lo deja de lado en un rincón.
No es como la niña que se extasía ante el peinado que lleva hoy pero mañana se peina de forma diferente. No, Dios no es caprichoso, veleidoso ni excéntrico. Persevera en su amor. Es estable e inmutable. Este hecho hizo que pablo escribiera a los filipenses que está “persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Si Dios comienza una obra en los filipenses, entonces la concluirá en la segunda venida de Cristo. Esto no es nada más que la perseverancia de los santos. La perseverancia de los santos depende de la perseverancia de Dios.
O si se piensa que dios nos escoge para ser salvos porque hemos hecho algo bueno tal como creer en Cristo, entonces sería concebible que si Dios nos ve vacilar en la fe, cambie de pensamiento de manera que nos perdamos. Porque somos malos y depravados, y nos apartaremos de Dios a no ser que venga a nuestra vida a cada momento con su gracia renovadora y sostenedora.
Pero dios no actúa de esta forma. No nos dio gracia salvadora porque vio de antemano que íbamos a hacer el bien. Tal como creer en Cristo. Porque por naturaleza somos completamente depravados. No hay dentro (de nosotros nada que pudiera ser la causa más mínima, más microscópica de que Dios nos ame. Es lo contrario, todo lo que hay dentro de nosotros haría que nos odiara (véase cap. 1).
La causa de que nos ame se encuentra sólo en Él. Si Dios sabía desde el primer momento que no hay absolutamente nada en nosotros que nos haga dignos ni en lo más mínimo de recibir su amor y su gracia salvadora entonces no podría haber nada en nosotros, como el pecado o la incredulidad, que lo hiciera apartar su amor de nosotros y quitarnos su gracia salvadora.
Porque la causa de su amor se encuentra en Él y no en nosotros. Así pues, la doctrina bíblica de la perseverancia de los santos se funda en el amor eterno de elección de Dios.
B. EXPIACIÓN LIMITADA.
Si lo que hemos escrito en el capítulo 3 es verdadero y bíblico, si Cristo murió por los elegidos, por las ovejas de Dios, entonces de aquí se desprende la perseverancia de los santos. La pregunta crucial es: De hecho ¿qué hizo Cristo en la cruz? ¿Quito en realidad la culpa de su pueblo? ¿O hizo esto sólo en teoría? Si Jesús sufrió en verdad la maldición de Dios por los pecados de su pueblo, como Pablo dice en Gálatas 3.13, que lo hizo, si Cristo realmente llevó sobre sí los sufrimientos infernales de la cruz y fue un sustituto auténtico no sólo en teoría por todos los pecados de su pueblo tanto los pasados, como los presentes y futuros, entonces ese pueblo no puede ir al infierno y recibir castigo por sus pecados, Cristo fue castigado por ellos, esto significa que los suyos irán con toda certeza al cielo. Esto es perseverancia de los santos.
En romanos 8.33-34 Pablo razona de esa manera: dice que Cristo se entregó por todos nosotros, es decir, los elegidos. Esto es expiación limitada. Por consiguiente, pregunta Pablo, “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió” (Ro. 8.33,34). Es decir, la expiación de Cristo es otro fundamente para la confianza del cristiano de que todos aquellos por los que Cristo murió se salvarán con certeza. Esto no es otra cosa que la perseverancia de los santos.
Decimos que es otro fundamento. En realidad no lo es. Porque la expiación de Cristo por los suyos procede directamente del amor de la elección del Padre por los suyos. La expiación no hace sino implementar el amor de elección del Padre. El padre deseaba salvarlos, y Cristo si, los salva. En otras palabras, hay una unidad entre el objeto del amor del padre y el objeto del amor de la expiación de Cristo.
C. VIDA ETERNA.
Uno de los argumentos bíblicos más poderosos a favor de la seguridad eterna se encuentra en las palabras vida eterna, o vida perdurable. La Biblia emplea constantemente este término. He aquí apenas cuatro ejemplos en Juan:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3.16.
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” Juan 3.36.
“El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación” Juan 5.24.
“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” 1 Juan 5.13.
Tanto Jesús como Juan dicen que el creyente tiene vida eterna. Ante todo, adviértase el tiempo del verbo. El creyente tiene vida eterna. No es que la vaya a alcanzar en el futuro, si no que la posee desde ahora. Cualquiera que lea estas frases pude poseer, vida eterna de inmediato, sin esperar un sólo momento. Jesús lo dijo. Lo único que tiene que hacer es pedir sinceramente a Jesús que sea su salvador.
Luego obsérvese qué es vida eterna. Esto significa vida para siempre. O de otra manera, una vez salvo, siempre salvo: siempre, por siempre. Sí la teoría arminiana fuera cierta, y un creyente que ha nacido de nuevo pudiera perder la fe y decir es que el creyente posea vida eterna, Se podría decir que tiene vida buena, o vida santa, o vida sobrenatural, o vida feliz; pero nunca se podría decir que el creyente posea vida eterna. Porque según el Arminiano no posee vida eterna. Posee vida temporal, vida momentánea, vida finita, pero no una vida que nunca termina.
Ahora bien, esto se opone a la palabra de Dios. Jesús dice que “todo aquel que en él cree, no se pierde”. Pero el Arminiano dice, “No, para cierto tiempo es sólo una vida temporal.” Jesús dice, “si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre” (Jn. 6.51). El Arminiano dice, “Quizá.” Jesús dice, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn. 11.25, 26). “No morirá,” dice Jesús. “Posiblemente”, dice el Arminiano.
A pesar de los que dicen los arminianos, el empleo constante de la palabra eterna debería llenar de gozo a todo aquel que realmente cree. Porque el testimonio inequívoco de la Biblia es que el que confía en Jesús no morirá sino que tendrá vida eterna, que nunca, nunca, terminará. Gracias a Dios por la vida eterna.
D._JUAN 6. 39.
“Y ésta es la voluntad del Padre, el que me envió: que todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.”
Jesús acaba de decir que todos aquellos que el Padre le ha dado vendrán a Él (v. 37). Es cierto. Además, ha venido para hacer la voluntad del Padre, y ésta es su voluntad: no perder “nadie de todos los que el me diere”, y que “lo resucite en el día postrero”. Y en el versículo 44 dice que “le resucitaré”. El “día postrero” se refiere al ultimo día en la tierra, al día del juicio. En otras palabras, todos los que están con Jesús serán resucitados en el “ultimo día para ir al cielo. Jesús no perderá a ninguno de ellos. Esto es la perseverancia de los santos.
E._JUAN 10.28-29.
Al hablar de sus ovejas, Jesús dice, “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
Si hay algún pasaje que enseñe claramente la seguridad eterna, es este. Veamos cómo se desarrolla el argumento de Jesús:
1. “VIDA ETERNA”
Sólo este término es suficiente para probar la perseverancia de los santos. Porque si una persona se aparta de la fe una vez que ha creído, entonces no hay nada eterno acerca de la vida que Jesús le promete. Hay una vida breve, corta, pero no eterna. Pero Jesús dice que es vida eterna.
2. “NO PERECERÁN JAMÁS”.
Si, como dice el Arminiano, el creyente puede Perder la fe, entonces, en realidad perecerá. Pero Jesús dice que nunca perecerá. La prueba a favor de la perseverancia de los santos difícilmente podría ser más clara; pero sólo en caso que todavía hubiere algunos Tomases que dudaran, Jesús añade una tercera afirmación que elimina el último vestigio de temor.
3. “NADIE LAS ARREBATARÁ DE MI MANO”.
¡Cuán preciso es Jesús! Nadie puede hacer que una sola de sus ovejas se pierda. No lo puede el diablo. No lo pueden los maestros. No lo pueden los amigos. Ni siquiera uno mismo se puede arrebatar a sí mismo de las manos de Jesús. Es imposible. Nadie puede hacerlo. Con esto ya debería acabarse para siempre el dudar en cuanto a la enseñanza de Jesús sobre la seguridad eterna. Estas tres afirmaciones inequívocas son concluyentes. Pero para que no queden malos entendidos, Jesús añade una cuarta afirmación.
4. “MI PADRE QUE ME LAS DIO, ES MAYOR QUE TODOS, Y NADIE LAS PUEDE ARREBATAR DE LA MANO DE MI PADRE”.
El Padre es omnipotente. Es mayor y más poderoso que toda la gente y los demonios juntos. Por consiguiente, la conclusión ineludible es que nadie puede arrebatar a las ovejas de Dios de su mano. ¡Qué conclusión y reafirmación tan poderosa de la perseverancia de los santos! Si alguien continúa sin creer en la seguridad eterna, está ciego.
F. EFESIOS 1.13, 14.
“habiendo creído en Él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia.”
En la época del nuevo testamento, se sellaban las cartas o los objetos, tales como la tumba de Jesús (Mt. 27.66). Se utilizaba el sello para garantizar la genuinidad del artículo, para indicar que pertenecía a alguien, y para protegerlo. Por ello la posesión del Espíritu Santo era el sello de Dios, el inicio de que el creyente pertenecía Dios y que sería protegido contra todo daño. En Efesios 1.13-14 y 4.30 Pablo dice que este sello o protección seguirá en acción hasta el día de la redención. El Espíritu Santo es la garantía de que el creyente no se perderá.
Luego Pablo emplea otra ilustración notable para enseñar la seguridad eterna. Dice que el espíritu santo es las arras de la herencia completa que habrá de llegar (Ef. 1.14). La palabra griega traducida “arras” es término ordinario que se usaba en las operaciones de negocios u otros acuerdos. Se hacía un primer pago, como se hace hoy al comprar a crédito; y ese pago era promesa de que se pagará el resto. Así pues el Espíritu santo es la promesa de Dios de que seguirá la herencia completa. Esto es lo mismo que decir que una vez que se tiene al Espíritu santo, siempre se tendrá al espíritu santo. Una vez salvo, siempre salvo.
G. 1 PEDRO 1.4, 5.
Para una herencia incorruptible reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.”
Pedro tiene palabras muy confortadoras acerca de la certeza eterna de nuestra salvación. Dice que el cristiano posee una herencia y que esa herencia se guarda en el cielo para él. Pero quizá alguien se puede preocupar de que, aunque la herencia esté allá, nunca la alcanzará para disfrutarla. Piensa que es un cristiano demasiado débil.
Para descartar tal idea Pedro dice que el cristiano es guardado para alcanzar la salvación. La palabra “guardado” es la misma que se emplea para indicar la protección o cuidado de una ciudad a cargo de soldados (2 Co. 11.32). Pero Pedro pone de relieve que el cristiano no es guardado por elementos humanos débiles como los soldados. No, los protege Dios mismo. Y Dios es omnipotente. Y por si no fuera suficiente decir simplemente “Dios”, Pedro remacha el clavo en cuanto a la omnipotencia de Dios añadiendo la palabra “poder”. Al cristiano lo guarda “el poder de Dios”.
Quizá alguien pueda estar de acuerdo en que Pedro quiso decir efectivamente que al cristiano lo guarda el poder de Dios, pero que esto pude ser por un tiempo corto. Pedro refuta esa idea rápidamente al añadir que Dios lo guarda para salvación que se manifestará en el tiempo postrero, en el Día del Juicio. La preservación de los santos no es algo temporal, sino para siempre, hasta el día postrero.

II. ALGUNAS OBJECCIONES TRADICIONALES

A. ¿Acaso todos nosotros no conocemos personas que en un momento expresaron fe en Cristo? Iban a la iglesia, leían la palabra de Dios, oraban y parecían cristianos genuinos. Luego sucedió algo y poco a poco se fueron apartando de la fe hasta que hoy día no quieren saber nada de la iglesia, ni de Cristo, ni de Dios. ¿Acaso estos hechos no prueban que la perseverancia de los santos no es cierta?
En respuesta a esta objeción, dividamos nuestro argumento en dos partes:
1. CRISTIANOS.
Es cierto que los cristianos pueden echarse para atrás. Todos nosotros lo hemos experimentado en algún grado. A veces nos parece que no estamos tan cerca de Dios como deberíamos. Nos enfriamos espiritualmente en mayor o menor grado. Y algunos cristianos hacen cosas bastante malas. Difícilmente sabría uno que son cristianos. Hay Divides que cometen adulterios y asesinatos, Pedros que niegan a Cristo, y pablos que hacen cosas que no deberían hacer.
Pero la doctrina de la perseverancia de los santos no quiere decir que los cristianos sean impecables. La Biblia nos enseña que el cristiano pecará y en algunos casos retrocederá mucho. Pero si ha nacido de nuevo verdaderamente, si el espíritu santo estuvo realmente en él para hacerlo creer, entonces el Espíritu es el pago inicial de su herencia total. Entonces realmente tiene vida eterna, la cual significa que se salvará eternamente.
La Biblia no promete que la vida del cristiano será siempre en línea recta y ascendente. Antes bien, quizá sea como la del niño que se encarama por una ladera nevada. A menudo resbala nevada. A menudo resbala, pero al final consigue llegar a la cima.
La vida del cristiano es como la línea que describe la economía de un país durante un periodo de cien años. La línea del diagrama empieza en el rincón izquierdo más bajo y se va elevando hacia el extremo derecho superior. Hay altos y bajos, hay recesiones y depresiones casi catastróficas. La línea es quebrada y no recta en su ascensión; pero si se la considera globalmente, en ese período de cien años, es fácil ver que a pesar de los retrocesos temporales, al final hay ganancia, y que la economía de ahora es muy superior a la del siglo diecinueve.
O como dijo el gran predicador Charles Spurgeon, al que va a bordo del barco quizá las olas lo derriben en cubierta una y otra vez, pero nunca lo arrastraran hasta el mar.
Pablo afirma este hecho de los altibajos de la vida cristiana al mismo tiempo que la perseverancia de los santos, cuando, en esa misma sección de Romanos donde escribe acerca de los pecados graves que han entrado en la vida del cristiano, dice que a pesar de estos retrocesos, “el pecado no se enseñoreará de vosotros” (6. 14). En otras palabras, el cristiano quizá sufra derrotas momentáneas, pero el pecado nunca se enseñoreará de él por completo. Siempre habrá lucha contra el pecado aunque se sienta débil.
Esto es así porque Dios no ha retirado a su santo espíritu Santo del cristiano. Así pues, el hecho de que el cristiano siga luchando contra el pecado y a veces caiga no significa que un día Dios lo abandonará para que quede bajo el dominio completo del pecado. Pablo lo dice claramente: “El pecado no se enseñoreará de vosotros.”
Así pues, una respuesta a este problema de la evidente deserción de la fe cristiana es que en algunos de los retrocesos que vemos quizá sean sólo temporales marchas hacia atrás de un cristiano que tambalea, y quien, por la gracia del Espíritu Santo, llegará a su tiempo a reincorporarse a la fe que parece haber negado.
2. NO CRISTIANOS.
Otra explicación, es que las personas que niegan a Cristo quizá nunca fueron cristianos. No todos los que dicen, “Señor, Señor,” son cristianos. Algunos tienen algún aspecto de la religiosidad, pero niegan el poder de Dios (2 Ti. 3.5). Algunos, como Judas, incluso predican el evangelio y realizan milagros y sin embargo están perdidos. Otros se aparecen como ángeles de luz, pero en realidad son diablos (2 Co. 11.14). Algunos dirán, “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Pero Jesús les contestará, “Apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7.22-23).
Parte de la semilla cae en terreno superficial. En seguida echa raíces y brota, pero el sol lo abrasa rápidamente y muere. Algunas personas oyen el mensaje cristiano, se emocionan, pasan gozosos al frente en respuesta al llamamiento que se les hace, y luego al cabo de dos meses se olvidan de que se les hace, luego al cabo de dos meses se olvidan de que se entregaron a Cristo.
Estos casos en lugar de probar que el cristiano puede apartarse de la fe, nos ponen sobre aviso en cuanto a que debemos asegurarnos de nuestro llamamiento y elección (2ª P. 1.10). Señalan el hecho de que es posible pertenecer a una iglesia, bautizarse, compartir la Cena del señor y sin embargo ir al infierno. “No todos los que descienden de Israel son israelitas” (Ro. 9.6). No todos los que están en la iglesia pertenecen a la verdadera iglesia. Debemos asegurarnos de que hemos nacido de nuevo, de que estamos arrepentidos del pecado, y de que sinceramente pedimos a Cristo que sea nuestro salvador.
Así pues, estos ejemplos vivos de personas que retroceden no se oponen a la enseñanza bíblica de la preservación de los santos. Es decir, estas personas son, o cristianos que retroceden temporalmente, pero que serán restaurados plenamente a la fe, o son hipócritas, que nunca fueron cristianos verdaderos. El hecho es la evidencia bíblica, es demasiado abrumadora a favor del “una vez salvo, siempre salvo.
B. ¿Acaso el creer en la perseverancia de los santos no hará que algunos se vuelvan licenciosos? ¿No razonarán acaso que sí están seguros eternamente y no se pueden perder, pueden hacer lo que quieran? ¿Pueden dedicarse por completo a la vida de pecado, porque a fin de cuentas se salvarán?
Para el que piensa de esta forma le tengo algunas noticias: esa persona no demuestra que es cristiana, y si persevera en esa manera de pensar, ira al infierno en vez de ir al cielo. Porque es imposible que el cristiano genuino asuma tal actitud. El espíritu Santo no se lo permitirá. Si Dios ha comenzado una buena obra en alguien, no lo abandonará a toda clase de pecados. “El pecado no se enseñoreará de vosotros. (Ro. 6.14). Es una contradicción intrínseca hablar de un cristiano que puede hacer todo lo que su vieja naturaleza pecaminosa desee. Cuando Dios predestina a alguien, lo predestina a la santidad, no al pecado (Ef. 1.4). Si alguien dice que no importa lo que haga porque Dios lo ha predestinado; porque los predestinados nunca actúan en una manera tan pecaminosa.
Cuando decimos una vez salvo, siempre salvo,” esto no quiere decir solamente haber sido salvado de la culpa del pecado, de manera que el salvo no vaya a sufrir las iras del infierno. Significa también ser salvo del poder del pecado. La salvación nunca es simplemente salvación de la culpa del pecado sino del poder del pecado. Pero tampoco sólo del poder del pecado. Es ambas cosas. Es imposible que alguien sea salvo de la culpa del pecado sin serlo del poder del pecado.
La perseverancia de los santos significa que los santos perseverarán en la fe. Y esta fe se compone de pesar y arrepentimiento por el pecado. Si alguien no está arrepentido de sus pecados y se abandona a ellos entonces, nunca poseyó fe y no es salvo.
El término preservación de los santos significa que Dios preservará, protegerá, y guardará a los santos hasta el día postrero en que se les revele la salvación. Esa salvación no quiere decir simplemente que han sido salvados del infierno y que ahora pueden pecar todo lo que se les antoje. Una situación así sería un infierno en el cielo, y esto es imposible.
Además, es precisamente cuando el cristiano cae plenamente en la cuenta de la verdad bíblica de la perseverancia de los santos que no se inclinará ya más hacia el pecado sino hacia la santidad. Porque querrá mostrar agradecimiento a Dios por mantenerlo en la fe, y la mejor forma de hacerlo es guardando los mandamientos de Dios, cuando el cristiano se da cuenta de que por naturaleza no es buena persona, si no más bien enemiga de Dios; cuando cae en la cuenta
Además de que la fe que tiene procede de Dios; y cuando ve que la única razón de que persevere en la fe en Dios es que Dios persevera en enviarle al Espíritu, entonces no desea pecar; sino que desea dar gracias a Dios por no interrumpir nunca esa buena obra que empezó en él (Fil. 1.6).
Por tanto, afirmar que la doctrina de la perseverancia de los santos conduce al pecado es hacer una caricatura de la fe cristiana. Lo opuesto a esto es lo verdadero.
CONCLUSIÓN.
La enseñanza de “una vez salvo, siempre salvo” es una de las enseñanzas más grandiosas de la Biblia. No permita que nadie le quite el gozo de saber que será salvo para siempre. Es una bendición el poder hacer, una vez por todas, una decisión que fijará su destino eterno. Es muy alentador el poder entregar la vida a Cristo, y saber que al hacerlo, de inmediato, es uno salvo y será salvo para siempre y que el poder de dios lo guardará para la salvación total que se revelará cuando Cristo regrese.
Alabemos a Dios de quien proceden todas las bendiciones. Alabemos al Padre por su amor de elección. Alabemos al Espíritu Santo por su acción irresistible. Alabemos al Dios trino al preservarnos hasta el fin. ¡Gloria a Dios!
PRENGUNTAS PARA ESTUDIO Y REFLEXION
     Preguntas sobre el capítulo que usted acaba de leer:
1. Comente el significado de los siguientes términos:
1. 1. Seguridad eterna
1. 2. Preservación de los santos
1. 3. Perseverancia de Dios
1. 4. Perseverancia de los santos.
2. ¿Cómo se relacionan entre sí los cuatro términos anteriores?
3. ¿Por qué la perseverancia de los santos debe ser tal que si la expiación de Cristo se limita a los elegidos y es vicaria?
 Acuda a su Biblia para contestar las siguientes preguntas:
1. Lea Romanos 8.29, 30, 38 y 39; muestre cómo la elección incondicional conduce, necesariamente, a la perseverancia de los santos.
2. ¿De qué manera prueban esta doctrina los muchos textos bíblicos que hablan de la vida eterna y perdurable?
3. lea Juan 10.28-29 y muestre cuatro maneras en las que este texto afirma que “Una vez salvo, siempre salvo”.
4. ¿Cómo se reconcilia la preservación de los santos con el pecado que no tiene perdón mencionado en hebreos 6. 4-6 y Mateo 12.31?
Fíjese en el apéndice de este libro, antes de proseguir con las siguientes preguntas: Lea Capítulo XVII La perseverancia de los santos de la Confesión De Fe De Westminster.
1. Si el texto bíblico afirma que “Una vez salvo, siempre salvo”, ¿Por qué algunos que parecen ser cristianos se van para atrás?
2. ¿Acaso el hecho de que algunos que parecían cristianos como Judas, Meneo y Alejandro llegaran a rechazar el evangelio van en contra de la perseverancia de los santos? ¿Por qué?
3. ¿Qué es lo que se puede aprender de los ejemplos citados?
4. ¿Cómo le respondería Usted a una persona que le dijera, “Si la perseverancia de los santos es verdadera, entonces por qué no pecar todo lo que uno quiere, ya que al final uno se salva de todas maneras”?
5. Si alguien le dijera, “Ojala pudiera estar seguro de que siempre seré salvo”. ¿Cómo podría ayudarlo?
6. ¿De qué manera el conocimiento del hecho de la perseverancia de los santos puede constituir un motivo de gran gozo para Usted?
7. Conoce a alguien que parece ser cristiano, pero que ahora niega a Cristo de palabra o de hecho o de ambas maneras? Cuente detalles. ¿Cómo se lo explica? ¿Le puede suceder a Usted? ¿Por qué?
8. ¿Cómo puede tener seguridad de su salvación eterna?

LECCIÓN: 8

6:_EL GRAN MISTERIO

I. EL PROBLEMA

En los cinco capítulos anteriores se ha enfatizado la soberanía de Dios.
La doctrina bíblica de la depravación total pone de relieve que el hombre natural, no regenerado, nunca puede hacer nada bueno ni por una fracción de segundo. Esta muerto a las obras buenas. Para creer, o hacer algo bueno depende de que Dios se lo haga hacer.
La elección incondicional enseña la soberanía de Dios al poner de relieve que la elección del hombre por parte de Dios para la vida eterna no se basa en nada que haya en el hombre. Esta elección no está condicionada por el conocimiento previo que tiene de quién cooperará con él y aceptará el sacrificio de Cristo. Es una elección incondicional. La razón de la elección soberana se encuentra sólo en Dios y no en nada que haga o sea el hombre.
Vemos la soberanía de Dios en la expiación limitada cuando caemos en la cuenta de que Cristo no ofreció una expiación que salva a todo el mundo, sino más bien una expiación que salva sólo a aquellos que han sido escogidos por el Padre. Hay unidad completa entre el propósito del padre y del hijo. El hijo murió por aquellos a quienes el Padre amó.
Cuando observamos la selectividad de la gracia irresistible, vemos otra vez la soberanía de Dios. Así como la nada no puede negarse a ser creada o a nacer, así tampoco el muerto no puede resistir a que se le dé vida, y el que está espiritualmente muerto o no ha nacido espiritualmente no puede resistir al Espíritu omnipotente de Dios al hacerle nacer de nuevo. Y si alguien posee vida espiritual, es porque el Espíritu lleva a cabo la selección soberana del Padre. El hombre nada puede hacer en cuanto a nacer de nuevo.
Hay unidad entre las tres personas de la trinidad. El padre escoge a los elegidos, Cristo muere por ellos, y el Espíritu santo lleva a cabo la voluntad de ambos haciendo, en forma irresistible, que los elegidos crean y se salven.
La perseverancia de los santos revela la soberanía de Dios en cuanto es continuación de su soberanía que se ve en los aspectos anteriores de depravación total, elección incondicional, expiación limitada y gracia irresistible.
Para poner más relieve todavía la soberanía de Dios, es necesario señalar que Dios lo predestina todo. Dios no sólo es omnipotente, de modo que para él las naciones no son más que una gota en el océano o una ligera capa de polvo en una báscula (Is. 40), sino que también “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1.11). Es incluso bíblico decir que Dios la predeterminado el pecado.
Si el pecado estuviera fuera de los planes de Dios, entonces ninguno de los asuntos importantes de la vida estaría bajo la soberanía de Dios. Porque ¿qué acciones del hombre son perfectamente buenas? Toda la historia estaría fuera de la predeterminación de Dios: la caída de Adán, la crucifixión de Cristo, las conquistas del Imperio Romano, la Reforma, la Revolución Francesa, Waterloo, las guerras de independencia americanas, las dos guerras mundiales, los asesinatos presidenciales, las violencias de toda índole, y el surgimiento y caída de las naciones.
Hay dos instancias en que la Biblia enseña en forma especialmente clara que todo incluso el pecado, ha sido ordenado por Dios: la venta de José y la crucifixión de Cristo.
En el primer ejemplo, advirtamos el pecado que conlleva. Los hermanos de José lo odiaban. Planearon cuidadosamente cómo librarse de Él, lo arrojaron a una cisterna, y luego lo vendieron como esclavo a gente extraña que se dirigía a Egipto. Luego se fueron a la casa con la ropa de José manchada de sangre de animal y mintieron cruelmente a su padre, quien, quien tenía un amor especial por José. No se puede dudar de que pecaran.
Pero ahora adviértase lo que dice José acerca de ellos cuando más tarde van a Egipto para comprar comida. Dice: “No me enviasteis acá vosotros”
(Gn. 45.8). En un sentido, esto no es correcto. Sus hermanos sí lo hicieron. En forma deliberada, maliciosa y odiosa lo vendieron como esclavo. Pero José dice que no lo hicieron. José no estaba equivocado, sino que sólo trata de decir en una forma poderosa y convincente que Dios estaba en realidad detrás de todo ello. El acto pecaminoso de venderlo no había estado a merced de la casualidad o de la voluntad pecaminosa del hombre. Dios había determinado que José fuera a Egipto. Por eso dice, “No me enviasteis acá vosotros,” y luego de inmediato afirma lo que la mayor parte de la gente nunca se atrevería a afirmar: “sino Dios”. Dios se aseguró de que José fuera vendido a Egipto.
Más tarde, José reconoce en una manera más explicita que sus hermanos cometieron pecado, cuando les dice, “Vosotros pensasteis mal contra mí.” Pero agrega, “Dios lo encaminó a bien” (Gn. 50.20). El uso del mismo verbo en el caso de José y en el de Dios destaca más la paradoja. Dios está envuelto en una forma real en las acciones de los hermanos. Dios quería asegurarse de que su pueblo elegido de Israel tuviera un amigo especial en Egipto que lo ayudara en la época de sequía y hambre.
Porque de este pueblo iba a salir el salvador del mundo. Para conseguir; pues este objetivo de continuar el linaje de Abraham, Dios no podía dejar los acontecimientos al azar. Por eso ordenó el pecado de los hermanos de José: “sino Dios (me envió)”; “Dios los encamino a bien.” En otras palabras, Dios se aseguró de que los hermanos de José pecaran; pero lo hizo en una forma tal que la responsabilidad es de los hermanos y no de Dios. Porque Dios es sólo santidad y luz, y no hay tinieblas en él.
Un segundo ejemplo claro de la predeterminación del pecado es la crucifixión de Cristo. Este fue el pecado más odioso de todos porque constituyó el epítome del odio del hombre contra Dios.
Sin embargo este pecado lo predeterminó Dios. Dios no dejó la muerte de su Hijo y por consiguiente la salvación de su pueblo a merced del hombre pecador. Supongamos que Judas y los líderes judíos hubieran cambiado de pensamiento y hubieran decidido no matar a Jesús. Supongamos que Jesús hubiera envejecido y hubiera muerto de muerte natural o no hubiera muerto nunca. Entonces no hubiera habido expiación del pecado y no hubiera habido cielo. En ese caso los planes de Dios de lección y salvación se hubieran frustrado.
Dios no dejó al azar la salvación del mundo. Por ello, como Pedro dijo en Pentecostés, Jesús fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2.2). Y más adelante la iglesia, al hablar de la muerte de Jesús, confesó a Dios, que Herodes, Pilatos, los gentiles y los judíos se habían unido “para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera2 (Hch. 4.28). En otras palabras, el pecado lo predetermina Dios.*
*Compare Josué 11.20; 1 Samuel 16. 23, 2 Samuel 12. 11-12; 16. 10-11; 1 Reyes 22.22-30; Job 1.21; Isaías 10.5; 2 Tesalonicenses 2.11; y Apocalipsis 17.17. Lea el Artículo XIII de La Confesión Belga de fe, afirmación magnifica referente a la predeterminación de Dios (pág. 171).
Así pues una vez más confesamos con todo vigor la soberanía absoluta de Dios. Él predestina, elige y preordena.
Pero, si alguien ha estado reflexionando verdaderamente, es muy probable que se le haya suscitado muchas veces una objeción muy grave. En forma involuntaria, la persona corriente se rebela y casi muestra hostil ante algunas de estas ideas. Retrocede ante el pensamiento de que todo ha sido planeado y determinado por Dios desde hace muchísimo tiempo. Esto lo perturba.
Porque, ¿dónde está la santidad de Dios? Si predeterminó el pecado de los hermanos de José y el pecado de Judas, ¿cómo puede una persona racional decir que Dios es santo? ¿Acaso la culpa no es de Dios? O, para decirlo de otro modo, ¿dónde está la libertad del hombre? ¿Acaso el hombre no es más que un muñeco que Dios manipula? ¿No es más que un juguete mecánico con una cuerda en la espalda que lo hace funcionar? ¿No es más que un computador al que le introduce algunos datos y luego en forma mecánica realiza su labor? ¿Dónde está la responsabilidad del hombre si dios ha preordenado todas las cosas? ¿Acaso, si esto es así, el ladrón no deja de ser responsable por robar? La culpa es de Dios.
He aquí el gran misterio, el título de este capítulo: Cómo resolver este problema abrumador de reconciliar la predeterminación de Dios con la libertad del hombre. Es el misterio de la soberanía divina y la responsabilidad humana, de la libertad de Dios y la libertad del hombre, del amor de Dios y la omnipotencia de Dios.
¿Cómo reconciliar ambas cosas?

II. SOLUCIONES

A. ARMINIANISMO.
Hay dos modos de resolver el problema: una es racionalista y la otra bíblica. El Arminiano a pesar de recurrir tanto a la Biblia, es notable que en el punto de la soberanía de Dios él recurre a la razón, en vez de hacerlo a la Biblia. Ve el problema correctamente: reconciliar las dos fuerzas opuestas a la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre.
Pero para resolver el problema coloca la razón del hombre en lugar de la Biblia. Razona que lógicamente no se puede reconciliar estos dos hechos evidentemente contradictorios. Por ello retiene un conjunto de hechos y niega el otro.
Retiene la libertad del hombre y restringe la soberanía de Dios. De esta manera el problema racional se resuelve. La contradicción se disuelve.
B. HIPER-CALVINISMO.
Opuesto completamente al arminiano se encuentra el híper-calvinista. Contempla ambas series de hechos, la soberanía de Dios y la libertad del hombre, y como el arminiano, dice que no se pueden reconciliar estas dos fuerzas evidentemente contradictorias. Al igual que el arminiano, trata el problema en una forma racionalista, negando un aspecto del problema. En tanto que el arminiano niega la soberanía de Dios, el híper-calvinista niega la responsabilidad del hombre. Considera tan claras las afirmaciones bíblicas respecto a la predeterminación por parte de dios que se aferra a ellas. Pero al no poder reconciliar lógicamente la predeterminación con la responsabilidad del hombre, niega esta última. Así pues, el arminiano y el híper-calvinista, aunque diametralmente opuestos, se parecen mucho en su racionalismo.
C: CALVINISMO.
1. Paradoja. Frente a estos puntos de vista humanistas, el calvinista acepta ambos lados de la antinomia. Se da cuenta de lo que él mismo defiende es ridículo. Simplemente resulta imposible para el hombre armonizar estas dos series de hechos. ¿Decir por un lado que Dios hace que todas las cosas sucedan, y sin embargo decir que el hombre es responsable por lo que hace? ¡Insensatez! Debe ser o una cosa o la otra cosa, pero no ambas. ¿Decir que Dios predetermina el pecado de Judas y sin embargo Judas es responsable? ¡Necedad! Dios no puede predeterminar el robo y luego echarle la culpa al ladrón.
El calvinista admite abiertamente que su posición es ilógica, ridícula, sin sentido y necia. Esto está de acuerdo con lo que dice Pablo, “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden” (1 Co. 1.18). Los griegos buscan la sabiduría y la lógica, y para ellos el calvinismo es irracional. El calvinista defiende dos posiciones evidentemente contradictorias. * Dice por un lado que Dios ha predeterminado todas las cosas. Luego se da la vuelta y le dice a cada hombre, “La salvación depende de ti. Debes creer. Es tu deber y responsabilidad. Si no crees, no puedes echarle la culpa a Dios. Debes echarte la culpa a ti mismo. Pero si crees, recuerda que Dios es quien realizó en ti tanto el creer como el hacer según su beneplácito” (Fil. 2.12., 13). “Recuerda que si te esfuerzas por conseguir el objetivo de la vida, fue Cristo quien te asió a fin de que lo puedas conseguir” (Fil. 3.12.) Frente a la lógica, el calvinista dice que si el hombre hace algo bueno, toda la gloria es para Dios; y que si el hombre hace algo malo, el hombre debe pagar con el reproche. El hombre siempre pierde.
* Debe enfatizarse que la contradicción sólo es aparente y no rea. El hombre no puede armonizar las dos posiciones al parecer contradictorias, pero Dios si puede.
Para muchos esta posición resulta necia. Es irrazonable. Por esto el calvinista debe decidir: ¿cuál es su autoridad? ¿Su propia razón o la palabra de Dios?
Si responde qué es el poder de raciocinio del hombre, entonces. Al igual que el arminiano y el híper-calvinista, tendrá que excluir una de las dos fuerzas paralelas. Pero no lo puede hacer, porque cree que la Biblia es la Palabra de Dios y que el Espíritu Santo la inspiró. Confía enteramente en Dios, sabiendo que su palabra no se puede conculcar. Es infalible e inerrante.
Con esa creencia firme y la voluntad de creer todo lo que se encuentra en la Biblia, acepta esta paradoja de la soberanía divina y la responsabilidad humana. No puede reconciliar ambas cosas; pero al ver que la Biblia enseña claramente ambas, las acepta.
2. Misterio. Y no lo perturba el que no pueda entender todo lo que se refiere a Dios. Después de todo, los caminos de Dios son más elevados que sus caminos, al igual que el cielo está por encima de la tierra (Is. 55.9). Si lo pudiera entender todo, tal como el problema del mal, entonces su inteligencia será tan grande como la de Dios. Recuerda las preguntas que Dios le hizo a Job, cuando éste no podía entender muchas cosas y tenía problemas y dudas acerca de la bondad de Dios. Dios le preguntó a Job: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia.” Y luego agrega sarcásticamente, “¡Tú lo sabes!” Dios pasa a mostrar la pequeñez de Job cuando pregunta, “¿Has mandado tú a la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar? ¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, y has andado escudriñando el abismo? Declara si sabes todo esto… ¿Por dónde va el camino a la habitación de la luz, y dónde está el lugar de las tinieblas?” “¡Tú lo sabes,” agrega Dios sarcásticamente, “Pues entonces ya habías nacido, y es grande al número de tus días!” (Job 38).
Lo que Dios quiere al interrogar a Job es mostrarle que es insignificante y que El es infinitamente mayor. Por consiguiente, no sorprende que Job no tenga todas las respuestas. Después de todo hay algunas cosas que Dios conoce y el hombre nunca puede ni vislumbrar, porque Dios es infinita y cualitativamente mayor que el hombre. El lema del calvinista es Deuteronomio 29.29 donde Moisés dice que “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.” Hay ciertos asuntos que son demasiado profundos para el hombre. No puede comprenderlos ni nunca los comprenderá. El hombre es finito y Dios es infinito. Uno de estos asuntos es la paradoja aparente de la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. Este asunto secreto le pertenece al Señor nuestro Dios, y esto debería bastarnos. No deberíamos tratar de averiguar ese concejo secreto de Dios.
Pero hay muchos aspectos de la voluntad de Dios que nos han sido revelados, tales como el mandamiento de creer, la ley moral, los Diez Mandamientos, el Sermón del Monte, y la forma de santificarse. Acerca de estos asuntos no hay dudas, y el hombre debería aprenderlos, enseñarlos a sus hijos y obedecerlos.
Esta es, pues, la humildad religiosa del calvinista. Confiesa: No sé.* No lo puedo entender todo, pero como encuentro en la Biblia que Dios es ciento por ciento soberano y aun así yo sigo siendo responsable, lo creo. Y trataré de hacer todas esas cosas que se mandan.
3. Aplicación. Esto significa que si bien el hombre está totalmente corrompido y es incapaz de creer, y que si bien la fe es un don de Dios creado en el pecador por la acción irresistible del espíritu santo, sin embargo, depende del hombre el creer. Tiene el deber de obedecer el mandamiento de Dios de que creamos.
Quiere decir que si bien la santificación es un don de Dios, y si bien es Dios quien opera e nosotros para que hagamos todo lo bueno, sin embargo es nuestra responsabilidad utilizar los medios de la gracia, y no esperar a que Dios nos mueva.
Quiere decir que si bien Dios ha predeterminado todas las cosas, sin embargo la oración es eficaz, y el hombre debería orar, sabiendo que la oración ferviente del hombre justo es poderosa (Stg. 5.16).
Quiere decir que si bien Dios no ha elegido a todos, y que si bien Cristo no ha muerto por todos, sin embargo debemos mostrar celo en seguir el mandato de Cristo de ir por todo el mundo, haciendo discípulos en todas las naciones
(Mt. 28.19).
Porque ésta es la pauta bíblica, combinar los dos elementos: la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. Es notable la forma en que Pablo los une.
Por ejemplo, antes y después de su gran pasaje acerca de la elección divina (Ro. 9-11), Pablo presupone la responsabilidad humana. Los capítulos 6 y 7 están llenos de mandatos, tales como, “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal” y “Tampoco presentéis vuestros miembros al pecado”
Y en el mismo versículo que sigue al pasaje de la elección, comienza con, “Así que, hermanos, os ruego por las misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación” (Ro. 12.1). Adviértase que la
*El cristiano nunca debe avergonzarse de decir, “No sé” de hecho la ignorancia aprendida es más sabia que la sabiduría de los burlones. Calvino escribió: “De esas cosas que no ha sido dado conocer ni es legitimo conocer la ignorancia es aprendida; al ansia de conocerlas es una especie de locura” (Instituto de la Religión Cristiana, III, XXXIII, 8). “Aquellos que tratan de conocer más de lo que Dios ha revelado don locos. Por consiguiente, deleitémonos más en una ignorancia sabia que en una curiosidad inmoderada e intoxicada de saber más que lo que Dios permite” (“La Predestinación Eterna de Dios” en El calvinismo de Calvino).  
Base para el vigoroso llamamiento a la acción de Israel por parte de Dios. Para pablo, la elección no mata la iniciativa, sino que el fundamento es el fundamento de la misma.
Obsérvese la misma combinación de la soberanía de Dios y de la responsabilidad del hombre en Colosenses 3.12. Pablo alienta a los colosenses a que se revistan de un corazón de compasión, amabilidad, humildad, gentileza y paz. La razón que les da es que han sido elegidos para ser buenos y santos, deben vivir de acuerdo con lo que se espera de ellos.
En 1 Tesalonicenses 5.8-9 razona de la misma forma. Incita a los tesalonicenses a que se dominen, “porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación.”
Y En 2 tesalonicenses 2.15 exhorta a sus lectores a que se mantengan firmes porque dios los ha escogido desde el principio para ser salvos (2.13-14).
En otras palabras, para pablo, la elección, en lugar de matar la iniciativa, ere un gran estímulo para buenas obras.

III. LA PRÁCTICA

Está bien tener la teoría, pero también es provechoso observar la práctica. ¿Mata el calvinismo el incentivo a las acciones buenas? Si una persona sabe que ha sido elegida, ¿no se apagará su deseo de esforzarse por Dios? La respuesta se puede encontrar en las vidas de dos que creyeron en la soberanía de Dios con todo su ser: Juan Calvino y Pablo.
A. CALVINO.
La energía y celo de Calvino fueron increíbles, He ahí un hombre que creyó tanto en la soberanía de dios que generaciones más tarde casi se ha identificado su nombre con la predestinación. Sin embargo, véase su vida, su energía y celo por la acción.
El biógrafo Stockelberger escribe lo siguiente acerca de su vida en Ginebra: “Era predicador incansable de la palabra. Además del servicio religioso dominical, cada otra semana dirigía los servicios diurnos. Se conservan más de dos mil de estos sermones. Además de predicar, daba conferencias teológicas durante la semana. Visitaba a los miembros enfermos e indiferentes. Los jueves presidía el consejo de ancianos, y los viernes la reunión de predicadores en la que se discutía la Sagrada Escritura. No había día en que no lo visitarán personas extrañas para recibir su aliento. Las noches las dedicaba más a escribir que a dormir.”
Un Biógrafo católico hostil escribe: “Es casi increíble cómo un hombre que tuvo que luchar constantemente contra enfermedades corporales graves fuera capaz de desarrollar una actividad tan variada y fatigosa. Sus contemporáneos lo han comparado muy bien con el arco que siempre está tenso. Se privaba del sueño a fin de dedicar tiempo a trabajar y fatigaba incluso a sus secretarias con dictados constantes. Tenía la casa siempre abierta a cualquiera que buscara consejo. Estaba siempre informado acerca de todos los asuntos de la iglesia y del estado, incluso en detalles insignificantes. Si bien mantenía poco contacto con el mundo exterior, casi conocía a cada uno de los ciudadanos.”
Este gigantesco trabajo resulta aún más abrumador si se considera lo enfermo que estaba Calvino. Stickelberger escribe: “Como consecuencia de sus privaciones y vigilias durante la juventud, en edad temprana se vio afligido por dolores persistentes en un lado de la cabeza, los cuales le continuaron durante casi toda la vida. Estos dolores solían desarrollar su excitación emotiva hasta tal punto que muchas noches se sentía atormentado por ellos.
“Enfermo de la tráquea, escupía sangre con dolor cuando había utilizado demasiado la voz en el púlpito. Varios ataques de pleuresía fueron preparando el terreno para la consunción de la que fue victima en la edad de cincuenta y un años. Constantemente sufría de la vena hemorroidal, cuyos dolores se vieron incrementados hasta un punto intolerable con un absceso interno que se resistía a la curación.
En varias ocasiones la fiebre intermitente se apodero de él, minando su fortaleza y reduciéndola paulatinamente. Tuvo piedras en la vejiga y en los riñones, además de calambres de estómago e influencias intestinales. A todo ello se le añadió por fin artritis. No exagero cuando a modo de paréntesis escribió en una carta, “Si mi condición no fuera una lucha constante con la muerte”
Recuérdese que toda esta energía y acción la desarrolló el hombre cuyo nombre más que ningún otro en la historia va asociado con la predestinación. Su vida es una contradicción de la afirmación de que la predestinación mata el incentivo del hombre para trabajar. Sería difícil mencionar otra persona que haya trabajado en forma tan infatigable como Juan Calvino.
Esta aparente paradoja entre la predestinación y confianza humilde en Jesucristo se sintetiza en forma muy bella en el testamento de Calvino, que dictó poco antes de morir:
“En el nombre de Dios, yo, Juan Calvino, siervo de Dios en la iglesia de Ginebra, debilitado por muchas enfermedades doy gracias a Dios por haberme mostrado no sólo misericordia, a mí su pobre criatura, y por haberme soportado en todos los pecados y debilidades y lo que es mucho más por haberme hecho partícipe de su gracia para servirle por medio de mi obra.
Confieso vivir y morir en esta fe que me ha dado, y no tengo otra esperanza ni refugio que su predestinación en la que se basa toda mi salvación. Acepto la gracia que se me ha ofrecido en nuestro Señor Jesucristo y acepto los méritos de su sufrimiento y muerte ya que por medio de ellos han sido sepultados todos mis pecados; y humildemente le suplico que me lave y purifique. Con la sangre de nuestro gran Redentor; que fue derramada por todos los pobres pecadores de modo que yo, cuando me presente delante de su rostro, pueda mostrarme semejante a él.
“Además, declaro que me he esforzado en enseñar su palabra incontaminada y en explicar la Sagrada Escritura fielmente, según la medida de la gracia que él me ha dado. En todas las discusiones que he tenido contra los enemigos de la verdad, no empleo ni astucias ni sofismas, sino que he luchado por su causa con honestidad. Pero, oh, mi voluntad, mi celo fueron tan fríos y flojos que me reconozco culpable en todos los aspectos; sin su infinita bondad, todos mis esfuerzos apasionados serían humo, más aún, la gracia misma que me dio me haría resultar más culpable; por ello mi única confianza en que él Padre de misericordia quien como tal desea revelarse a mí, miserable pecador.
“En cuento a los demás, deseo que después de la muerte mi cuerpo sea sepultado según la forma acostumbrada, en espera del día de la bendita resurrección.”
¡Oh Dios, concédenos que todos podamos poseer una confianza tan sencilla en nuestro único Salvador Jesucristo!
B. PABLO.
Pero no nos detengamos en este gigante de la historia de la iglesia. Remontémonos al que fue la fuente del pensamiento de Calvino, el inspirado apóstol pablo. Él fue quien dijo que aquellos a quienes Dios ama de antemano los predestina, y aquellos a quienes predestina llama, y aquellos a quienes llama justifica y glorifica. Fue Pablo quien dijo, “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia,” y quien cita a Dios diciendo: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.”
De quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.” “Mas antes, oh hombre, ¿quien eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro?” Fue pablo quien habló de aquellos que han sido escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo para ser santos y sin mancha, habiendo sido predestinados para la adopción como hijos.
Y sin embargo, ¿Quién podría afirmar siquiera por un momento, con honestidad, que este gran defensor de la predestinación no estuvo enardecido por el Señor? ¿No exclamó acaso, “Ay de mí si no anunciare el evangelio de Jesucristo”? De hecho, ¿no fue acaso el conocimiento mismo que Pablo obtuvo por medio de la visión, de que el Señor tenía mucha gente en Corinto, el estímulo que necesitaba para permanecer en esa ciudad durante un año y medio, para trabajar diligentemente, a fin de que aquellos a quienes el señor poseía pudieran oír el evangelio y salvarse? ¿Suenan acaso las afirmaciones constantes de pablo referentes a que el oraba de día y noche sin cesar por las iglesias recién fundadas como si la elección hubiera mitigado su entusiasmo? ¿Acaso sus trabajos de tres años en Éfeso con lagrimas no revelan el espíritu de un hombre que no puede hacer los suficiente por su señor?
¿Acaso no fue Pablo quien dijo que consideraba que su vida no valía nada con tal de poder testificar de la gracia de Dios? ¿Consideraría que no tiene celo por la causa de una persona que fue azotada tres veces con varas, una apedreada, tres veces sufrió naufragio; que pasó veinticuatro horas en alta mar; que viajó tanto, con peligros de ríos, peligro de ladrones, peligro de gentiles, peligros de los de su nación, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligro entre falsos hermanos, en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez? ¿Es ese acaso un Espíritu frío, frígido, inanimado, apagado, sin celo ni iniciativa?
Se ve pues que la Biblia y la historia misma de la iglesia desmienten las opiniones de aquellos que acusan al calvinismo de ser una influencia mortal, algo que debería ocultarse y de lo que no se debería hablar, algo en lo que hay que pensar cuando nadie nos escucha.
Por consiguiente, en vez de temer las grandes verdades de la soberanía de dios, extasiémonos en gratitud para con Dios por su amor de predestinación, el cual, a pesar de la rebelión completa de todo hombre contra Dios y del odio hacia él, se empeño en salvar a algunos. Y demos gracias a dios de que incluso nuestra fe proceda de Él y se nos haya dado en una forma irresistible. Porque sabemos que por naturaleza somos tan depravados que si Dios no hubiera actuado en esta forma irresistible y preciosa, nunca hubiéramos creído, Además, demos gracias a Dios de que Cristo no muriera en una manera insulsa y débil por todos los hombres, de manera que no se tuviera seguridad de la salvación de ninguno, sino que su realización quedara en manos de los totalmente depravados.
Demos más bien gracias a Dios de que la muerte de Cristo fuera una garantía absoluta de que todos y cada uno de los elegidos se salvarían. Y una vez salvados, demos gracias a Dios de que no tenemos que temblar por temor de que mañana podamos apostatar y perdernos eternamente, sino más bien, de que una vez salvos, siempre seremos salvos. En otras palabras, “Bendito sea el dios y Padre de nuestro señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el amado” (Ef. 1.3-6).
Y finalmente, no se olviden de “hacer firme vuestra vocación y elección” (2P. 1.10). Porque es posible saberlo todo acerca de la predestinación y sin embargo ir al infierno, y todo por no acudir sinceramente a Jesús en arrepentimiento y pedirle que le salve de sus pecados. Así pues, en el nombre de Dios, les mandó e invito: crean en el Señor Jesucristo. Depende de ustedes. Pero si creen, entonces den gracias a Dios por haberles hecho desear creer Soli deo gratia: A Dios sólo sean dada las gracias.
PREGUNTAS PARA SU ESTUDIO Y REFLEXION
1. ¿Todo ha sido decretado por Dios? Demuestre su respuesta con la Biblia.
2. Si el pecado no ha sido decretado por Dios, mencione las acciones humanas y los acontecimientos históricos que sí lo han sido.
3.